ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


30 de marzo de 2008

Selene. Capítulo VIII.

CAPÍTULO VIII: ¡TÚ!

- ¡Por fin es viernes! – Dice Imna. - ¿Quedamos esta noche?, podemos ir a cenar a… - Se queda pensativa. – Bueno, ¡da igual! A cenar y a divertirnos un rato, ¿qué os parece?

- Yo no voy. – Contesta Lucía. – He quedado con Roberto esta noche.

- A veces pareces tonta. – Le replica Selene apoyada en la mesa del aula. – Ten cuidado con él que no es trigo limpio.

- ¡Estás celosa! No puedes aguantar que se haya venido conmigo.

- Si por celosa quieres decir que intento avisarte. Si estoy celosa. – Coge la maleta, la carpeta y se dirige al resto. - ¿Quién se apunta?, a parte de Lucía que ha quedado con un mequetrefe, y tienes cosas mejores que hacer. – Dice dándole la espalda a la enamorada. – ¡Venga que hoy empiezo a trabajar y sólo tengo hasta las doce!

- Bueno, nos vemos en el bufet chino del centro, el de siempre. – Dice Virginia. – Nos vemos en la puerta y luego ya veremos que hacemos ¿vale?

- A las 9 y media. – Mira el reloj. – No, mejor a las en punto, así apareceremos todas a la misma hora.

- Vale. – Dicen todas a la vez

De camino al aparcamiento se encuentra con Sergio y Roberto, tienen sus motos, justo al lado del coche de Selene. El primero se queda sentado en una de las motocicletas; el segundo se acerca a ella con una rosa en la mano. La chica no puede evitarlo, esta apoyado justo en la puerta del conductor y se acerca a ella.

- Hola Selene, vengo a darte esto. – Le ofrece la rosa, Selene la coge.

- ¿Esto a qué viene? - Desvía la mirada por encima del hombro de Roberto. – Hola Sergio, ¿qué tal tu garganta? ¿todavía sigue dolorida?

- Está mejor, no tenías porqué preocuparte, gracias. – Responde con voz tímida y tocando sus arañazos en el cuello. – ¡Zorra! – Dice en voz muy baja, por suerte la persona a la que dirigía el insulto parece que no lo ha escuchado.

- Quiero que me perdones, me gustas mucho. ¡Dame otra oportunidad! – Dice el chico desesperado. - ¿Qué dices? Si tienes que pensártelo, lo entiendo.

- ¿No habías quedado con Lucía esta noche o me lo he imaginado?

- Ella no significa nada para mí. Sólo es una más.

- Bien, te acabas de contestar tú solo. – Mira el reloj, le estrella la rosa contra el pecho, pulsa el botón de cierre del coche, y entra por la puerta del pasajero. – Se me ocurre una idea. – Dice bajando un poco la ventanilla. – Dile a mi amiga lo mismo que me has contado a mí, a ver ¿qué le parece?

Selene da marcha atrás, sale del aparcamiento Sergio intenta cortarle el paso con la moto, pero lo esquiva. Mientras se aleja, Roberto se siente desesperado, los celos no han funcionado y no conoce alguna otra forma para que Selene, su diosa particular, vuelva a su lado. Tira la maltrecha rosa al suelo y se sube a la moto muy enfadado.

- Selene será mía, cueste lo que me cueste. – Se pone el casco y se va, seguido por su amigo.
Son las nueve y media en punto, como siempre ninguna lleva esperando más de cinco minutos al resto. Desde el punto de encuentro, se dirigen a un restaurante italiano donde comen, se ríen, cuentan chistes y cotilleos. Todavía no han salido del lugar, cuando ya son casi las doce. Por lo que Selene, se despide de todas y sale corriendo hacia el bar, por suerte está a pocas calles a paso muy ligero.

- ¿No decías que siempre llegabas a tu hora? – Escucha justo cuando cruza la puerta del bar.

- No, decía que siempre me iba a mi hora, ¿por qué? – Contesta una cabeza de pelo azabache, tez blanca y esmeraldas en los ojos. - Todavía no he empezado y ya tengo problemas.

- Has llegado dos minutos antes. – Le dice el dueño mientras mezcla el tabaco con una sustancia achocolatada.

- Eso no volverá a pasar, te lo aseguro. – Selene toma aliento. - La próxima vez llegaré después de las doce y, para compensarlo, hoy me iré unos minutos antes.

- Me gusta tu estilo, toma. – Fepico, el dueño del bar, le lanza unas llaves. – Perteneces a la caja fuerte que hay en el almacén, detrás de esta cortina. – Señala sin darse la vuelta sujetando el cigarro casero entre los labios. - Desde ahora será tu taquilla, seguro que tu bolso será lo más valioso que ha guardado desde que la compré.

La chica se dirigió a cruzar un trozo de tela, poseía más cantidad de mierda que tela habían usado para su confección, tenía quemaduras de cigarrillos y partes de la tela pútrida se habían desprendido de su unidad. El almacén era frío, húmedo, lleno de moho y de cientos de cajas de diferentes tipos de bebidas, justo a la entrada estaba la su “taquilla”, la abrió, colocó su bolo y vio un delantal negro muy limpio en su interior, en el bolsillo del mismo se escondían un bolígrafo y una libreta donde ponía:”Suerte en tu primer día y procura no pegar a los clientes, Fepico”. Con una sonrisa se colocó el delantal y se dirigió a la barra.

Era ya muy entrada la madrugada cuando un grupo de muchachos entró por la puerta, Selene estaba sirviendo las copas, llevaba mucha prisa, colocó las bebidas en su bandeja y salió de la barra para servirlas cuando algo la empujó por la espalda, la chica calló al suelo formando un gran estruendo.

- Lo siento, perdona ¿te has hecho daño? – Le dice el extraño con el que ha tropezado mientras se agacha para ayudarla a volver a levantarse.

- ¡Tú! – Dice Selene al verle la cara. – Ya es la segunda vez que me tiras al suelo. – Le dice acusándole con el dedo, mientras un amigo del chico levanta a Selene.

- Eres.... – Se queda pensativo unos instantes. – ¡Ah, si! Aquella chica con la que tropecé hace unos meses de camino al trabajo.

- ¡Me rompiste el paraguas!

- Sigues tan simpática como la primera vez que nos vimos. – Le dice burlonamente. - ¿Vienes mucho por aquí?

- Trabajo aquí, ¿tú que crees? – Responde con la coleta desecha. – Anda, vete a tu mesa que ahora mismo voy.

El chico se sienta con sus amigos, están fumando, bebiendo cerveza a destajo y riéndose. Aquel torpe personaje, ve como la camarera no para de dar vueltas por el local. De pronto su mirada se cruza con la de ella, sus ojos son de un verde intenso y brillante. Quizás fue por las cervezas, el olor a humo, el ambiente… Pero el nombre de aquella chica comienza a rebotar en su cabeza, como la primera vez que lo oyó.

- Selene. – Exhala antes de dar el último sorbo a la botella. – ¿Puedes traernos otra ronda? – Selene se dirige a coger la comanda del chico.

- Oye, ¿quién es esa tía tan borde? – Le pregunta uno de sus amigos.

- Sólo es una chica con la que tropecé hace ya un tiempo. – Responde mientras coge el cigarrillo que le están ofreciendo.

- Pues no te tiene mucho aprecio. – Le comenta otro de sus amigos. - ¡Tenía una cara..!

La conversación se corta, el objeto de la conversación ha hecho acto de presencia con el elixir dorado. Se dispone a colocar las botellas sobre la mesa y a retirar las vacías, que no son pocas. El desafortunado la mira fijamente mientras deja el pitillo en el cenicero.

- ¡Hay! – Se queja la camarera. – También me quieres quemar, ¿no tienes bastante con tirarme al suelo?

- ¡Tan poco fue para tanto!, un paraguas roto no tiene importancia.

- Y un moratón en el culo. – Responde muy seria. – No pude sentarme en una semana. No me digas que te parece poco. – Termina de colocar la última copa en la mesa y se va.

- Como iba diciendo, tropecé con ella camino al trabajo hace ya un tiempo. – Da un sorbo a la copa y coge unos cacahuetes.

- Pues parece que tuviste el día movidito. – Le dice el amigo sentado frente a él.

- No es lo que estáis pensando. – Expresa mientras señala, con los mismos dedos que sujeta su cigarro, a todos los componentes de la velada. – Del golpe se cayó al suelo de culo, su paraguas salió volando y, seguramente, se haría daño.

Aquel grupo de amigos estuvo bebiendo un buen rato, hasta que todos decidieron que sus fuerzas se habían agotado. El alba los sorprendería pronto y tenían que volver al lugar donde reposan todos los guerreros. Pidieron la cuenta, antes de dar el último trago, se despidieron y todos menos “el despistao”, como lo había bautizado Selene. Este se acercó a la barra, la chica estaba recogiendo ya los vasos limpios y casi le quedaba poco para abandonar su puesto hasta la noche siguiente.

- Oye, perdona. – Dice él llamando la atención de Selene. – Sé que no hemos empezado con buen pie, pero este bar me gusta ¿sabes? Llevo viniendo aquí desde que lo abrieron, se ha convertido en mi antro particular, es como mi club personal.

- Y... con eso ¿qué quieres decir? – Dice ella haciéndose la intrigada.

- Pues que no me gustaría llevarme mal con la camarera. – Mira la hora en el móvil, que ha sacado de su bolsillo. – Odiaría pensar que cada vez que le doy un sorbo a mi copa tú hayas escupido en ella.- La chica sonríe, aquel extraño había conseguido que su cara se relajara, sus ojos dieran un pequeño atisbo de alegría y todas sus facciones se iluminaran. – ¡Ves! Así estás más guapa. – Le sonríe a la camarera mientras observa cómo se aparta un mechón rebelde de la cara. – Para celebrarlo te voy a invitar a un chupito. ¡Pon dos tequilas!

Sin decir nada saca dos vasos, para la ocasión, los rellena con el brebaje, saca la sal y corta unas rodajas de limón. Selene chupa el dorso de su mano, entre el dedo pulgar y el índice, echa la sal, coge el vaso, con esa misma mano y con la otra sujeta el limón.

- Me llamo Luis. – Le dice mientras levanta el vaso a la altura de los ojos.

- Selene. – Dice ella mientras suena un ruido cristalino.

Tras el brindis la chica clavó sus ojos en los de él, en un gesto sensual lamió la sal, su lengua prosiguió su recorrido hasta que sus labios tocaron el borde del chupito, levantó el brazo y, con un movimiento rápido, introdujo la bebida en su interior. Esa imagen hipnotizó a Luis, sus ojos se incrustaron en su cerebro, sus movimientos eran finos, suaves y eróticos. Su visión era tan fuerte y atrayente que la mirada de él se desvió, notó como algo se movió en su interior, su pulso se aceleró, pagó la cuenta y se dirigió a la salida.

- ¿Quién es ese muchacho? – Le preguntó el dueño.

- Alguien que acabo de conocer y con el que tropecé, hace ya mucho tiempo.

Desde la acera de enfrente, escondido de cualquier mirada furtiva, Luis la estaba observando tras la cristalera. Aquella sonrisa, dibujada por unos carnosos labios carmesí, sus ojos profundos y penetrantes, su carácter impulsivo y su sencillez, a la vez de simple femenina y atrayente, habían causado estragos en él, aunque sólo era capas de intuirlo. Esta vez, aquella extraña le había provocado un recuerdo más duradero, el suficiente hasta que llegó a la puerta de su casa, cogió algo de la nevera y pasar el día durmiendo entre sábanas de algodón blancas.

24 de marzo de 2008

Piercing. Capítulo I.

DÍA CERO: EL COMENTARIO
Susana y una amiga, están tomando un refresco, en una cafetería. A ella le ronda una idea por la cabeza, es algo que está decidida a hacer, pero que desea comentar con Inma, su amiga íntima desde la universidad, y con la cual comparte todos los cotilleos que le llegan:

- Inma, ¿te acuerdas de aquello que me pidió Manuel que hiciera, que él me lo iba a regalar? – le comenta Susana mientras se introduce en la boca un trozo de tarta de manzana.

- Si, lo del pendiente. – Le afirma su compañera de mesa – Pero eso es una zona muy delicada, ¿de verdad que piensas hacértelo?

- Si, ¿porqué no? Y…. a demás paga él. – Da un sorbo al té. - Sólo le tengo que decir que vallamos a la clínica y listo.

- ¿Pero tú te has pensado bien, lo que vas a hacer? – Le dice su amiga un poco horrorizada, ante la locura que piensa llevar a cabo Susana.

- Si. – Coge una servilleta. - A demás, el tiene ese capricho desde hace mucho tiempo, y se lo voy a conceder – Da otro sorbo al vaso – Él ha hecho muchas cosas por mí, yo ¿por qué no puedo hacer algo por él?

- Pero eso es algo muy bestia, por lo menos para mí – le dice un poco asombrada – ¿no te parece que es una locura?

- ¿Cuántas locuras se han hecho por amor? – le responde su amiga de forma pícara.

- Bueno….., cambiemos de tema, sabes que Lidia está buscando curro – le comenta con voz burlona.

- No lo sabía, pero si espera que le digamos que en nuestra sección de la oficina hay una plaza libre las tiene cruda. – Dice mientras mueve la mano, arriba y abajo – Bastantes putadas nos hizo durante la carrera.

- Bueno, no hay que ser tan rencorosa, pero es una para disfrutar. – Apura el último sorbo del refresco. - Dspués de que nos intentara dejar como incompetentes, en las prácticas, para que le dieran a ella el trabajo – dice Inma.

- Por eso mismo, brindemos mientras que nos dure la suerte, no se puede disfrutar de esto todos los días – Contesta Susana, mientras busca al camarero para que les sirva otra ronda. – A lo mejor le decimos que tenemos un puesto libre de secretaria en la planta. – El camarero trae las bebidas.

- Por nosotras – dicen las dos a la vez

Las dos amigas se miran como cómplices y brindan, con sus refrescos durante una tranquila velada, en la cafetería en un centro comercial. A pesar de que se ha cambiado el tema, Susana piensa muy detenidamente lo que le ha comentado a su amiga. Sabe que es una locura, pero la decisión está tomada.

23 de marzo de 2008

Selene. Capítulo VII.

CAPÍTULO VII: EL PUB PUT.

Selene estaba bailando, en aquel escenario de madera negra y mohosa, agarrada a Virginia y a Tina, cuando Roberto y Sergio se acercaron a la mesa, donde se encontraba el resto del grupo.

- Hola Lucía, ¿qué hacéis aquí? – Dice Roberto muy amablemente.

- Hemos venido a divertirnos. – Responde ella con una sonrisa tonta.

- ¿Puedo sentarme a tu lado, guapa? – Vuelve a preguntar sin esperar respuesta, aunque por la cara de la chica, tampoco le hacía falta.

Pocos minutos después, las bailarinas a parecen para reclamar su sitio. La escena que se contempla es penosa, por lo menos para Selene. Roberto está liándose con Lucía, bajo la mirada atónita del resto y la sonrisa maliciosa de Sergio.

- ¿Celosa? – Le dice sin cambiar la expresión de su cara.

- Nada más lejos de la realidad. ¿Qué hacéis aquí? ¿llevo un GPS, o algo por el estilo, y no me he enterado? – Mientras echa la verborrea, se sienta enciende un cigarrillo y continúa con el interrogatorio. - ¿No había otro sitio donde ir?

- ¿Por qué eres tan simpática? – Le dice Tina.

- ¿Y vosotras tan tontas? – Le da una calada al pitillo y lo deja descansando en el cenicero, dejando ver su mano temblorosa, está incómoda. – Lucía, ¡acompáñame al servicio! – Coge a su amiga del brazo y la rapta, hacia el pasillo de entrada al inodoro. – Oye, lo primero, no estoy celosa; y lo segundo, ¡ándate con mucho ojo! Ya os he dicho que no es como pensáis Aunque tú puedes hacer lo que te de la gana.

- ¡Vale! – Responde alegremente y se va eufórica.

Selene necesita entrar al baño, antes de volver tiene que serenarse un poco, está demasiado mosqueada, y casi no puede contener sus nervios. Se echa agua en la nuca, respira hondo, se dice algo, así misma, en aquello que parece un espejo, estira los brazos y sale. Al abrir la puerta, se encuentra que Sergio, esta allí esperándola, se acerca a ella y la aprisiona contra la pared.

- No te pongas celosa, Roberto es así. Un día está con una, y otro con la siguiente. No te cueles por él, es un alma libre. – Le va diciendo, hasta que su cuerpo queda a pocos milímetros de la chica. – ¿Sabes?, yo soy mejor que él, y te lo voy a demostrar. – Mientras una mano le corta el paso, la otra comienza a acariciarle la cara a Selene.

Desde la otra punta del pasillo, alguien los observa, no sabe si interrumpir la escena o dejarlos, ha llegado demasiado tarde para saber lo que realmente pasa. Mira como la chica sonríe, le habla, le pone ojitos tiernos y acepta de buena gana sus besos cortos y repetidos. Es una típica escena de amor, pero algo le hace permanecer allí, inmóvil entre las sombras, la rigidez de la chica y los movimientos violentos de él, le dicen que no es una escena de pasión entre jóvenes.

Sergio esta cada vez más confiado, por lo deja que sus barreras cedan, poco a poco. Cuando sus defensas bajan lo suficiente, nota como una mano le agarra del cuello, clavándole las uñas en la carne, justo en la yugular. Ha sido un golpe limpio, de una sola vez, la chica, ha conseguido pegarlo a la pared contraria, esta vez el que no tiene salida es él. La dueña del brazo permanece como una estatua de piedra maciza, es imposible salir del abrazo de sus dedos. Sus ojos brillan en la oscuridad del pasillo, un destello blanco hace resaltar su furia, la luz tenue destaca sus facciones, y deja entre ver, una bonita media luna plateada, que lleva adornando su pequeña nariz.

Se puede apreciar un segundo movimiento, es limpio, como el primero, y muy rápido. La rodilla de la chica pega, donde todo macho guarda su virilidad, el golpe es seco y certero, ha dado justo en el centro, sin apenas desviación. Los ojos del chico sueltan lágrimas de dolor y, su grito, se ve ahogado por la música de la sala.

- Veo que Roberto no te ha contado la verdad. Ahora puede que te la imagines.

La mano opresora se abre, dejando caer a su víctima al suelo. Esta atónito, desorientado, dolorido e intenta asimilar lo que ha pasado, a penas hace unos segundos. Mira hacia la salida y ve como Selene se aleja, el ruido de sus tacones se vuelve como el de las trompetas de una cacería. El silencioso espectador ha desaparecido, nadie se ha percatado de su presencia. Se esfumó, antes de que la amazona pudiera verlo. Retiró su mirada morbosa antes del golpe final, no necesitaba ver cómo acababa la historia, por una vez, todo concluía, de una forma diferente a la acostumbrada, pero tampoco poseía mayor interés. En el interior de su mente, sentía pena por aquel infeliz.

- Me da la cuenta, ¿por favor? – Dice Selene, al camarero de la barra, mientras saca el monedero. – Han sido dos refrescos y tres cubatas.

Una figura pequeña, vestido con un chaleco de cuero, una cinta en la cabeza, calvo y dos rastas, en el cogote, se vuelve hacia ella. Tiene el pelo blanco, múltiples tatuajes y fuma un cigarrillo aliñado, una de sus uñas es considerablemente más largas que las demás. Está limpiando un vaso con un trapo mohoso.

- Te costará una cosa u otra, dependiendo lo que me respondas a una pregunta

- No hago obras de caridad, si es lo que estás pensando. ¿Cuánto?

- He visto lo que eres capaz de hacer. Tienes bastante fuerza física, a pesar de lo poca cosa que pareces, y tienes mal carácter. – Expresa mientras sigue limpiando el vaso. - A demás, me hace falta alguien que me ayude aquí. – Da una calada al porro, que guarda debajo de la barra. - ¡Te contrato!, los viernes y sábados de doce a seis de la mañana.

- No bailo y, mucho menos, hago striptease. – Apunta con el dedo a la barra del escenario. - No aguanto babosos y me voy a mi hora justa.

- De acuerdo. – Suelta el trapo y limpia sus manos, en la pernera del pantalón.

- ¿Salario?

- Una mierda, como el todo el mundo. Pero puedes beber e invitar al que quieras.

- Acepto.

- Entonces las copas son gratis. Te veo el viernes a las doce. – Pronuncia mientras se dan la mano. - Otra cosa, pago por noche, quizás vengas un día y veas que esto ya no está abierto.

- Nos vemos en unos días.

Se dirige a su mesa, Lucía y Roberto han desaparecido, todas cogen sus cosas y se van, prefieren continuar la noche en casa de Selene, allí estarán mucho más tranquilas.

- Oye, ¿habéis visto a Sergio? – Dice Inma – No ha vuelto a la mesa.

- Habrá encontrado plan, como Roberto. – Responde Rebeca.

- Es muy raro, se ha dejado su tabaco y la chaqueta. – Añade Tina.

- Quizás la chica, que ha encontrado, le ha causado estragos, y ha sido tan fuerte la impresión, que se ha olvidado del resto del mundo. – Dicen unos labios rojos carmesí, dibujando una sonrisa maliciosa.

18 de marzo de 2008

Selene. Capítlo VI.

CAPÍTULO VI: LAS COSAS CLARAS Y EL CHOCOLATE ESPESO.

- Hola, buenos días. – Dice Selene, ataviada con una bata blanca, mientras se acerca a sus amigas. - ¿Qué estamos haciendo?

- Estamos identificando bacterias, mira esta la hemos tintado. – Le contesta Tina, dejándole el sitio del telescopio. – Por ahora lo que sabemos es que es gran negativa.

- Negativa está mi vista, no veo nada, has manchado la lente de sudor. – le contesta Selene.

- Oye, ¿cómo te fue tu cita con Roberto? – Le pregunta Rebeca. – ¿Hiciste algo interesante?

- Si por interesante tomas: repasar el examen de bioquímica, salir a cenar y a tomar unas copas, si. – Contesta mientras limpia la lente del microscopio con la bata y mira por él. – Me lo pasé bien, aunque no fue nada del otro mundo.

- ¿Habéis vuelto a quedar?

- No. – Expresa mientras regula la lente. – Aunque tampoco me interesa, su conversación es mala y repetitiva. Lo cierto es que no es mi tipo. – Le dice a Virginia, sin dejar de mirar.

Se escucha la puerta de nuevo, es Roberto, como siempre llega tarde. Su sonrisa en la cara, no tiene nada que ver con su expresión del viernes por la noche, mira a un lado y a otro, nota como todas las chicas de la clase lo están mirando. Todas le intentan hacer un hueco para que forme parte de su grupo de prácticas.

Roberto otea la clase, busca algún sitio que realmente le interese. Nota como Selene, no le hace ni caso, sigue a lo suyo, poco le importa quién ha entrado y menos aún si es él. Eso le da al chico guapo de la clase, la excusa perfecta para incorporarse a su grupo de amigos, situados junto a de ella.

- Hola. – Dice mientras pasa al lado del grupo de Selene, sus amigas lo miran, un tanto envidiosas por lo del viernes.

- Ese Robertooooo…… - Le recibe Sergio, dándole una palmada en la espalda. - ¿Cómo te ha ido el fin de semana?

- Interesante. – Se vuelve a Selene, toca su hombro hasta que ella se vuelve. – Hola Selene, espero que no te molestara que no te haya llamado.

- Ah, hola. No, lo cierto es que ni esperaba que me llamaras. – Continúa con su tarea.

Una hora después la práctica ha terminado y todos se dirigen hacia la cafetería, es la hora de descansar, comer algo y volver a clase. Roberto se acerca de nuevo a Selene.

- Ven conmigo, te invito a comer.

- Ni lo sueñes, ¿cómo puedes tener tanta cara?

- Sólo quiero hablar contigo. – Le ruega, con voz triste. – Necesito que aclaremos lo del viernes, por favor, si no te convenzo, después de esto, no vuelvas a hablarme, pero escúchame.

Selene, si algo ha aprendido, y no fue por las buenas, es que todo el mundo tiene derecho a que le escuchen. Sólo que esta vez, ella no estaba muy dispuesta a ello, sin embargo cede a las súplicas. Se adelanta un momento para hablar con Rebeca y se va, lejos del recinto. No quiere espectadores. Millones de cotilleos aparecen en el aire, los comentarios comienzan a salir de una boca, para tergiversarse, en los pocos centímetros, que separan unos labios acusadores, de una oreja que apenas oye. Esta vez no hay complicidad, Roberto vuelve a ofrecerle su brazo, a lo ella responde ignorando su gesto de invitación.

- Bueno, quería disculparme por lo de la noche del viernes. Estaba bebido y no sabía lo que estaba haciendo. – Comienza a disculparse, después que el camarero haya servido dos cafés. – Me gustas mucho, y no quiero que todo se estropee por una tontería así. – Continúa mientras se busca algo en el bolsillo de la chaqueta, colgada en el respaldo de la silla. – Te he traído esto para que me perdones, ¡cógelo! Sabes que para mí eres como una diosa.

- No te molestes, puedes guardarlo. – Sus ojos observan un bonito anillo, con un hada de plata que sujeta una piedrecita brillante. – No lo quiero. – Acaba la frase mientras aplasta el cigarro contra el cenicero. – Si crees que te voy a perdonar vas listo. No ibas borracho, te pasaste toda la noche bebiendo coca – cola, tampoco te intereso, por lo menos como me quieres hacer entender, sólo quieres un polvo, y yo no te lo voy a dar. Si tú estas acostumbrado, a follar con cualquier chica que se te antoje, no te has cruzado todavía con una como yo. – Hace una pausa, se pone a recordar. – Por eso querías que bebiera, no puedo creer que sea tan tonta. Te has equivocado conmigo.

- Creo que me merezco otra oportunidad. ¡No seas tan inmadura!, estas son cosas que pasan.

- Los dioses no conceden segundas oportunidades, y dan castigos desmedidos por cosas más insignificantes, que las que has hecho tú, así que no juegues con fuego. Todavía puedo clavarte un rayo en el culo.

La conversación ha terminado, por lo menos para ella, se levanta dejando al chico con la palabra en la boca y se va. Había escuchado cosas ridículas, pero como estas ninguna. Se había terminado de descubrir. Selene estaba furiosa, quería chillar y salir huyendo de allí, sabía que estas eran las cosas amargas, de haber salido de los algodones de casa.

Pocos minutos después estaba de nuevo con sus amigas, se había suspendido la primera clase de la tarde, por lo que decidieron darse el resto libre. Estuvieron de compras, en el cine y le mostraron a su amiga, la pueblerina, parte de la ciudad. La tarde acabó en casa de Selene, la noche estaba entrando y, allí estaban, sentadas todas en el suelo, alrededor de la mesa del salón, cenando comida china.

- Selene, parece que lo tuyo con Roberto va bien ¿no?

- ¿Lo mío con Roberto? ¿de qué me estás hablando, Inma?

- Si, todo el mundo lo comenta en clase y, por lo que dicen sus amigos, el viernes hubo tema.

- ¿Que hubo qué? – Responde el centro de la conversación anonadada. – Creo que te equivocas. – Aclara antes de dar un sorbo, a la pajita de su bebida. – ¡Ah sí!, por supuesto. Me besó.

- Pues eso no es lo que se dice. – Añade Rebeca. – Anda, no te hagas la tonta, el viernes hubo tema.

- ¿Cómo?, a ver,… ¡espérate! – Selene suelta el paquete con los rollitos de primavera en la mesa.- ¿Qué ha pasado, que yo todavía no me he enterado?

- Como siempre llegas tarde a clase, – lucía se integra en la conversación, – no te enteraste de los comentarios de los amigos de Roberto. Por lo visto, según él, pasó algo más aquella noche, después del beso.

- Creo que te estás equivocando. – Dice el centro de la conversación, que ha recuperado la calma, y toma unos tallarines. – Sólo me besó, le corté el rollo y se fue un poco molesto. – Enuncia mientras se dirige a todas y a ninguna en concreto. – Pero yo, ¿Por qué tengo que daros explicaciones? No tengo necesidad de excusarme con vosotras. No pasó nada y punto, y el que diga lo contrario miente.

- Vamos. – Añade Lucía. – La cita del año, la rara y el sex simbol, de la clase quedan una noche.

- Fue una tarde, y para estudiar, ¡qué no se te olvide! – Dice acusando con el dedo y sin sacar la pajita de su boca.

- Buenoooo…. Una tarde, y la cita acaba de madrugada. ¿A quién quieres engañar? – Continúa, una vez corregido el error.

- Yo a nadie, pero ¿por qué no pensáis un poco? Si me hubiera acostado con Roberto, no se hubiera ido de madrugada corriendo a contárselo a un amigo, hubiera esperado a la mañana siguiente, en mi cama, para echar otro. Como dice él que le gusta hacer. – Coge la servilleta y se limpia la boca. – De todas formas, me da igual lo que penséis, pero ni aquella noche pasó nada, ni Roberto es un caballero. Sino, ¿a qué viene lo de contar lo del viernes?, un verdadero galán, no cuenta sus conquista. – Selene amontona los paquetes de cartón vacíos. - Bueno, aclaradas ya las cosas, se terminó la conversación.

Desde aquella noche, no volvió a comentarse nada, por lo menos delante de Selene, se ponía bastante molesta con el tema. Y no era para menos, había descubierto que el “gran amante” era sólo una imagen creada, a base de espejismos y caretas de cartón. No le gustaría que nadie tuviera que pasar por un mal trago como el suyo, pero prefirió no desvelar la verdad. Aquellas chicas, se habían convertido en sus amigas, pero si algo sabía, con demasiada certeza, es que las bocas hablan demasiado rápido, miles de veces por delante del pensamiento, y, que cualquier persona, podría decir algo que le supusiera un problema en el futuro. Roberto tenía demasiados seguidores, por lo que lo dejaría correr, además ya había dejado las cosas claras con él, o por lo menos, parecía que había entendido que no quería volver a verle.

Para aplacar las aguas, y aprovechando que el día siguiente era festivo, propusieron ir al pub Put, a Selene no le importó, era lo único bueno que había sacado de la velada del viernes. Y así hicieron, en menos de una hora se encontraban todas en aquel bareto, el último refugio de los noctámbulos. Ya llevaban un rato allí cuando Roberto y Sergio hicieron su aparición. Sólo Lucía se dio cuenta de aquello, y, muy pronto, lo haría el resto. Iban directos hacia ellas.

12 de marzo de 2008

Selene. Capítulo V.

CAPÍTULO V: RECUERDOS DEL SUBCONSCIENTE.


>> Una estructura secundaria es la disposición de la secuencia de aminoácidos o estructura primaria en el espacio. Los aminoácidos, gracias a la capacidad de giro de enlace, adquieren una disposición espacial estable, la estructura secundaria. Estas estructuras son tres:

- Alfa - hélice, que se forma al enrollarse helicoidalmente sobre sí misma la estructura primaria.

- Hélice de colágeno, que posee una disposición en hélice especial, debido a la abundancia de hidroxiprolina.

- Y la conformación – Beta, cuya estructura primaria es una proteína, también puede adoptar una disposición . Donde los aminoácidos no forman una hélice, sino una cadena en forma de zigzag. Esto se debe a la no existencia de enlaces de hidrógeno entre los aminoácidos próximos a la cadena polipeptídica.

Esta lámina en zigzag, es muy estable, dando lugar a la - lámina plegada. <<>

- Selene. Es un poco tarde ya, ¿no? Estoy cansado ya de tanto grupo carboxilo. – Provocó que se dibujara una sonrisa, en la pálida cara de su víctima.

- Bueno, como quieras, pero ahora te toca pagarme las clases. No vale que me des las gracias o que me digas que me las pagas en carnes. – Le contesta acusándole con el dedo índice, mientras su aprendiz exhala una carcajada. – Mis tripas suenan, eso quiere decir que tengo hambre y se me apetece un argentino.

- Voy, voy, no me atosigues a ver a donde podemos ir.

- ¿Ir?

- Si a cenar, así que termina de coger tus cosas y nos vamos al argentino de la esquina junto al pub Put.

Selene sonrió, estaba contenta, entró al cuarto de baño, unos minutos, se pintó los labios, retocó la línea de sus ojos, arregló su coleta, cogió su bolso, su abrigo y se fueron. Roberto estaba también muy contento, dos horas de explicaciones intensas le habían servido para conseguir su objetivo. Llevaba tiempo fijándose en ella, le atraía mucho y, por fin, había tenido el valor, de hablarle y quedar con ella. Aunque su cita quedara enmascarada por una tarde de estudio.

Eran ya entradas las 11 de la noche, cuando Roberto, junto a su acompañante femenina, salieron del restaurante. El chico tenía bastante labia, por lo que fue capaz de mantener una agradable conversación, durante toda la velada. Ahora era su oportunidad, no podía dejarla escapar. Cierto era que le estaba costando trabajo, y que Selene no era una chica de risa fácil o a la que cualquier conversación le pudiera interesar, pero tanto trabajo merecía un poco más de esfuerzo. Su sonrisa era preciosa y su piel blanca, deslumbraba en la noche como la misma luna, aquella diosa merecía unos halagos más, antes de acabar la noche.

- Oye, ¿dónde vamos? – Le pregunta Selene. – Mi casa está por allí.

- Si, pero aún no hemos terminado. Ya hemos cenado, pero la noche todavía no ha terminado. – Le dice Roberto acercándose a ella para cogerle el brazo. – Una cena no está completa sin la copa de después, además tu explicación se la merece.

- De acuerdo, lo hago porque mañana no tengo que ira trabajar. – Selene se coge del brazo de Roberto, el cual sonríe, y se encaminan al pub Put.

Allí hablan, beben, sonríen y se divierten. Hacen una bonita pareja, la complexión musculosa y la gran altura de Roberto, contrasta con la figura pequeña y esbelta de Selene. Dentro de pub sólo hay caras alegres, canciones y bailes, aliñan la velada. La madrugada se adentra y la chica rendida y un poco contenta, quizás por la bebida o porque, por un pequeño instante en su vida, había conseguido olvidarse de todo, relajarse y disfrutar el momento.

- Estoy muy cansada, Roberto, me apetece irme. – Le dice ella.

- Vale, te acompaño a casa, no me gustaría que te pasara nada. Me encanta esa sonrisa que pones cuando te digo algo, deberías de hacerlo más a menudo. ¿Vamos?

Los dos se deciden a salir del pub. Roberto vuelve a ofrecerle su brazo, que ella coge con gusto y salen a la calle. Justo en el marco de la puerta se cruzan con alguien, es sólo un extraño sin importancia, que va acompañado de sus amigos, buscando un último refugio, antes de que el alba los atrape.

Uno de los muchachos se vuelve al escuchar una risa, le parece familiar. Por un impulso innato, vuelve su cabeza, la curiosidad le puede, e inconscientemente tiene que satisfacerla. Reconoce la forma que ve alejarse a lo lejos, aunque no consigue rescatar de su mente, dónde la ha visto antes. Puede ver como se retira, mientras se tambalea y, poco a poco, se va adentrando por las calles del centro de la ciudad. Dura un instante, no desea pensar más, poco le importa quién era, si lo conoce realmente o simplemente le ha parecido familiar ese aroma, la voz estridente y la forma ondulante de guitarra, que acaba de ver. Abre de nuevo la puerta del bar, mira donde están sus amigos y se sienta junto a ellos, para acabar su velada nocturna.

Selene se vuelve, ha tenido el mismo impulso, pero no ve a nadie. Sólo mantiene su atención un pequeño letrero colgado en la cristalera – Se necesita camarera para fines de semana, dejar currículum -, lo retiene en su mente unos instantes, lo suficiente para poder rescatarlos cuando se encuentre en apuros, mira a Roberto, el cual le devuelve la mirada, mientras le acaricia la mejilla, sonrojada por el frío, con la mano libre, y se dirigen a su portal.

- Bueno, ya hemos llegado. – Afirma Selene, en el marco de entrada a su guarida. - Espera que te doy los apuntes. – Ella se da la vuelta, coge la carpeta de la mesa y se lo entrega. – Que pases un buen fin de semana. Nos vemos el lunes en clase.

Roberto no responde a ello, la coge de la cintura y la besa fuertemente. Selene reacciona bien, continua con el juego de besos de su acompañante hasta que este intenta entrar en la casa.

- ¿Qué haces? – Dice mientras se quita a Roberto de encima. - ¿Qué te crees que estás haciendo?

- Pues entrar. ¿O es que te crees he hecho todo esto porque me apetecía?

- ¿Cómo? Me parece que no te entiendo. – Da un paso atrás un poco aturdida, todavía no puede creerse lo que acaba de escuchar. – Si te crees que soy como cualquier otra de tus amiguitas, vas por muy mal camino.

- ¡Vamos!, ¡no te hagas la estrecha y déjame pasar! – Roberto vuelve a intentar penetrar al interior del piso.

No hubo respuesta, no le dio tiempo a realizar su acto cuando, la puerta se cerró a pocos milímetros de la nariz, del fantástico atleta. Era la primera vez que le fallaba el plan, estaba muy enfadado. Su reacción, en ese momento, fue la de aporrear la puerta y gritar a la inquilina del piso, hasta que se le hinchó la mano.

- ¡O paras o llamo a la policía! – Se escuchaba una voz a través de la fuerte barrera de madera.

El amante rechazado se fue, estaba herido en el orgullo, creía que había trabajado bastante en su labor, para conseguir un fin tan estrepitoso como este, pero todo tenía solución. Cogió la carpeta del suelo, hizo una llamada de teléfono y se fue, el sitio no importaba, sabía que había gente esperándole. Así que, tras confirmar su siguiente cita, anduvo sólo por las calles hasta llegar a su destino final.

11 de marzo de 2008

Cómo espantar a la novia de mi hermano. Capítulos y 1/2

CAPÍTULO 3 Y ½: UNA VISITA INESPERADA.

Arual, vuelve a levantarse, de la misma forma enigmática, que hace uno minutos. Pero toma un desvío antes de llegar a su habitación, va hacia la cocina. Dentro de la misma se empiezan a escuchar ruidos extraños, entre ellos el cacareo de una gallina.

- Elisabeth, ¿a qué se dedican tus padres? – Le pregunta Charo.

- Bueno, mi madre es traductora y mi padre médico.

La conversación se ve interrumpida por el chirriante sonido del timbre. La madre de Iñaki se levanta y, por un momento, Elisabeth se relaja junto a su novio.

Una vez que abre la puerta, se encuentra dos hombres vestidos con traje de chaqueta, unos libros en la mano, una mochila a los hombros y unas placas, donde puede identificarse que son testigos de Jehová.

- Hola señora, tenemos un mensaje de dios - Dice uno de los discípulos.

En pocos segundos, aparecen unos dedos que recorren la puerta, desde el borde superior, hasta la mitad. Son de color blanco mortecino y uñas negras, algunos de ellos poseen pintas rojas, y se mueven como si caminaran independientemente. Los testigos se vuelven expectantes, parece que algo ha callado su verborrea.

De pronto, y sin más aviso, aparece la cabeza de Arual. Está llena de arañazos y moratones, el pelo despeinado y hacia atrás, junto con la mirada extraviada, hacen que, los dos extraños, den un pequeño salto hacia atrás.

- Hola bonita. – Las palabras casi no le salen – Hemos traído un mensaje de Dios, a ti y a tu familia.
- ¿Y de Satán no lo traéis? – dice la cabeza sin dejar ver el resto de su cuerpo.

- No – Responde entrecortadamente uno de ellos.

- Entonces puede mandarlo por e – mail. – Le responde Arual.

Los mensajeros divinos, están asustados, aún así intentan mantener la compostura. Quieren evitar que se les note su horror ante tal expresión, pero es casi imposible. A pesar de todo, a Charo, parece que se lo ha pasado por alto.

- Cariño, te he dicho que todo el mundo tiene derecho a la libertad de culto. No puedes ponerte tan nerviosa, esperando noticias de ese ser de color rojo, - Charo le acaricia la cabeza, de donde Arual expresa una sonrisa, - cada vez que alguien pegue a la puerta diciendo que trae un mensaje de otro mundo.

Por fin, Arual compadece de cuerpo completo ante la inesperada visita. Por supuesto esa ropa negra y rasgada, los crucifijos invertidos, y demás símbolos colgados de su cuello, los anillos gigantes y, en general, toda ella, causabas más terror de cuerpo entero que sólo su cabeza, aunque, ya de por sí les resultaba algo difícil de mirar.

- Anda, vete al salón y déjame seguir hablando con estos señores. A ver que quieren.

- Mamá yo sólo quería decirte una cosa. – Pone cara de niña buena, si eso es posible en ella, mientras se lleva los dedos a los labios y se encoje, un poco, hacia atrás, escondiendo su cara entre su enmarañado pelo. - ¿Qué hago con el gallo, espero que se pare o lo intento agarrar?

- ¿Donde está la cabeza del gallo? – Le pregunta su madre.

- Aquí mamá – Arual saca una cabeza de gallo negro, atada a una cuerda, de su delantal a rayas rojas discordantes.

- Mira que lo tenía escondido – Le dice Charo en forma de reprimenda – ¡Cómo te gustan los cuchillos! ¿No podías haberle cogido las patas, por lo menos, antes de cortarle el cuello con….. – Mira al interior de la cocina y ve unas tijeras de podar, ensangrentadas, encima de la mesa. – ¡Te he dicho que las tijeras de papá no son para eso! ¡Ya puedes ir a coger a ese bicho, que mi cocina es de color blanca! Lo va a poner todo perdido. – Señala con la mano la cocina, a lo que Arual reacciona y se dirige a ella corriendo. – Lo siento, ya saben como son los adolescentes. Como les de por una cosa…. no paran, hasta que se les olvida. – Los mira con una gran sonrisa. - ¿Qué me estaban comentando?

Al fondo, justo detrás de Charo, se puede observar cómo Arual coge las tijeras de podar, las abres y lame la sangre de sus bordes cortantes. Luego, mira hacia la puerta de la calle, mientras abre y cierra el instrumento de jardinería. Algo se remueve dentro de sus vísceras, que les hace retorcerse y temblar.

- No señora, disculpe por interrumpirle. – Dice uno de ellos.

- Si no es molestia ¿Quieren explicármelo en el salón?, ahora mismo estábamos tomando un café y pastas. – Les replica Charo.

- De verdad señora, aún tenemos que visitar muchas casas, vendremos otro día.

Mientras la niña se acerca hacia la puerta, su paso es firme, rápido y pesado. Se acerca cada vez más y más, pero Charo no quiere acabar la conversación. A forma de auxilio, uno de los dos jovencitos coge el pomo exterior de la puerta, y cierra rápidamente, dando un portazo. Charo se queda con la palabra en la boca, mira a su espalda y todo está en calma, el pollo muerto encima de la mesa, las tijeras de podar dentro del fregadero y Arual en su cuarto. Todo parece normal.

En el exterior del portal se escuchan pasos acelerados, seguidos de un estrepitosa caída, un silencio y el ruido de la puerta, de entrada al bloque.

- Es la primera vez que se van de esta manera. Bueno – Se dirige hacia su sitio en el sofá, toma la taza de café…. - Elisabeth, ¿qué me estabas contando?

6 de marzo de 2008

Historias de la infancia. El cuento del dentista

Cuando yo aún contaba con los dientes de leche, de eso hace ya unos añitos. Ahora tengo el esmalte desgastado, me han extirpado un par de muelas y otras tantas las tengo empastadas, aunque eso ahora mismo no viene a cuento.

Bueno, como iba diciendo, por aquella época, mis padres me llevaban regularmente al dentista, bien para una revisión o para que me quitara un diente juguetón, que había empezado a balancearse en mi boca y yo no me atrevía a quitarlo, aunque voluntarios tenía para ello.

La voluntaria más insistente, mi abuela. Efectivamente, aquella adorable mujer, es implacable cuando se propone algo, por supuesto su tremenda tozudez venía cuando, infortunada de mí. Uno de mis incisivos inferiores (y digo esto porque fue el único diente que pilló), comenzó a moverse. Parecía una tabla, como la de las vayas de los dibujos.

Todos los fines de semana me iba a dormir a la casa de mi abuela, por el camino me iba moviendo el diente con la lengua, ¡qué feliz era en mi ignorancia! Me llevé todo el fin de semana huyendo de ella. Que si me lo quería atar con una cuerda y hacer que saliera cuando, de un portazo, el otro extremo de la misma, atado al picaporte, tirara de mi infortunada dentición. Se le ocurrió que me fuera dando vueltas al diente con un trapo limpio, quería que comiera cosas duras (quizás si me hubiera ofrecido tacos de jamón, hubiera aceptado la oferta). Era imposible, no podía quitármela de encima, lo raro es que no se acercara, mientras dormía a arrancarme el diente, porque eso si, mi abuela, de mujer delicada, no tiene nada.

Total, a lo que iba. Día segundo, comida en el salón, me da por abrir la boca, mientras me introduzco el tenedor en la boca y……¡qué me encuentro!, la mano de mi abuela. Había corrido más que mi mano, había observado y calculado, con una precisión casi exacta, el momento justo para conseguir su objetivo, extirparme el diente. Y así lo hizo, me dio la comida, lo llené todo de sangre y, para colmo de males, tuve que aguantar los “remedios de la abuela”, me hizo enjuagarme la boca con vinagre rebajado con agua, aunque ese término no era de su comprensión.

Como comprenderéis, era muy normal que yo, desde un primer instante, prefiriera ir al dentista, por mucho miedo que le tuviera. Era mejor esquivar a mi abuela y hacer gárgaras con vinagre.

Bueno pues, por supuesto iba bastante a ver a la doctora Ramos. Ella me quitaba los dientes con anestesia, en spray, no me daba vinagre para cortar la hemorragia y utilizaba unas pinzas para despojar el diente de mi encía. Mi madre dice que era un bicho, por lo visto a la dentista le costaba mucho hacer su labor, ya que no callaba ni debajo del agua. La solución era simple, el soborno. Sólo cuando mi padre me enseñaba las llaves del coche, y mi madre me prometía, que iríamos a comprarlo, en cuanto terminábamos, me dejaba hacer.

Lo que más me gustaba era cuando llegaba la hora de salir. Estaréis pensando, ¡cómo a todo el mundo!, si pero cuando mi padre le daba el dinero de la consulta, la doctora metía el dinero en mi bolsillo.

- Toma, esto para que te compres un pony. – Me decía con risita cómplice.

Un pony, si señores. Los famosos de la serie, de los cuales conseguí unos 75, entre revisiones y dientes quitados.

Bueno pues, esa es la leyenda urbana de todos los niños de mi barrio, que van a ver a la doctora Ramos. La leyenda del pony, y eso que hace ya muchos años. Ahora no los conservo, los tiene alguien que los necesita más que yo, seguro que, sea quien sea, les dará un buen uso. Lo que si hice fue disfrutarlos, algunos los vestía, otros llegué a pelarlos y mil virguerías más que les hacía, como no se quejaban.

Así nació una leyenda urbana, dentro de la consulta de los médicos. Una anécdota que, por lo que he escuchado, ha salido de aquellas cuatro paredes.

5 de marzo de 2008

Selene. Capítulo IV.

CAPÍTULO IV: CINCO METROS DE ESLORA.
- Selene.

- Dime. – Contesta dirigiéndose a su compañera de trabajo.

- ¿Puedes colocar esta mercancía en su sitio?

- Vale, ahora voy.

- Ahora no, ¡ya!- Le contesta Sonia, su compañera.

- Cuando termine. – Contesta ella, sin desviar la atención de lo que está haciendo.

No se que se ha podido pensar, la única diferencia que hay es el tiempo que lleva en el puesto. Ni que fuera la jefa. De todas formas no pienso durar mucho aquí. El suficiente hasta que encuentre otra cosa, o hasta que me canse.” - Piensa Selene para sus adentros, mientras se dirige a colocar unas copas de cristal de bohemia, sobre un largo y fino estante de cristal. Las coloca en hilera, perfectamente alineadas, por orden de tamaño y organizadas, según el tipo de bebida que se va a servir en ellas.

Tras unas dos horas sacando copas de las cajas, desembalándolas, dándoles brillo y situándolas correctamente, mira desde la punta derecha de la mesa de cristal. Los bordes de las mismas brillan al destello de la luz artificial y, algunas de ellas, desprenden rayos de colores. En ese momento todo está en calma, no hay nadie en la tienda, por lo que puede permitirse un momento de tranquilidad, antes de seguir con su labor.

- Me ha costado, pero ha quedado estupendo. A ver cuanto tiempo dura bien colocado. – Dice, para sí misma, en voz alta mientras se quita el sudor de la frente.

- Selene. – Vuelve a escuchar la voz de Sonia.

- Hay un cliente para una devolución. ¡Atiéndelo tú!

- ¿Y tú....? – le dirige una mirada con desdén - ¿No tienes manos para hacerlo? A ver si te enteras de una vez, no eres mi jefa y yo, por si no te ha quedado claro, tampoco soy tu secretaria, así que ¡hazlo tu!.

Sonia, insultada y con cara de pocos amigos, se da la vuelta y se va. Mientras, Selene, toma aire, mueve el cuello de un lado hacia el otro, mientras se lo toca con la mano derecha, y, termina el ejercicio, mirando al techo y espirando; relaja los hombros y sonríe. Se nota tensa, fuera de lugar y cansada, de la situación que está viviendo, día tras día.

- Oye, te he dicho que colocaras el material. – Sonia vuelve a la carga.

- Y que he hecho, ¿tocarle las palmas a ver si, por arte de magia, se colocaban en su sitio, como la película?

- No tienen el precio puesto. Así que tienes que ponerle la etiqueta a cada uno de ellos. – Le dice Sonia mientras le da unas hojas con los precios.- Es que se me ha olvidado decírtelo antes.

- Y a mí, se me ha olvidado decirte que se los pongas tú, ¡bonita!. Estoy harta de ti, ¿por qué no me dejas un rato tranquila? Hoy no tengo el horno para bollos. Y los límites de mi paciencia contigo, se están agotando. – La mira desafiante.

- Si tú eres una inepta para este trabajo, no es mi culpa.

- Un momento, no te vayas. Enseguida vuelvo. – Dice mientras mira el reloj.

Selene coge su bolso y entra por la puerta de personal. Cuando vuelve a entrar, lo hace por la de clientes, se ha cambiado de ropa y sus ojos exponen llamaradas. Se dirige a su jefe y habla tranquilamente con él, mientras le entrega un papel.

- Ya he llamado para que hagan la transferencia. - Le dice Selene a Ilario y a Sebastián, los responsables.

- De acuerdo, entonces sólo falta que me llamen y podrás llevarte el material.- En ese momento Sebastián, coge el móvil. – Si, si está aquí, de acuerdo, siento mucho lo que ha pasado y la confusión. Si señor, no volverá a pasar.

- A delante. – Le dice el gerente de planta, haciendo un gesto con la mano, a Selene.

En ese momento se dirige hacia la parte de cristalería, allí se encuentra Sonia, poniendo los precios.

- Ahora vas a servirme tú, yo soy la que manda. – Se escucha una voz enfurecida.

- Ah, ya has vuelto. ¿Te vas?, yo estoy ocupada y no puedo atenderte, que lo haga….

- Por si no lo sabes, el cliente es lo primero.

- No me digas lo que tengo o no que hacer. – Sonia se levanta. – Sigues siendo una inútil.

- Toma. – Selene le coloca una hoja en la mano.

- ¿Esto es lo que vas a gastarte en la tienda? ¡Es mucho dinero!

Selene ya no puede contestar, la rabia la invade. Desde el suelo hasta sus brazos, la recorre un río de fuerza. Una luz, casi imperceptible ilumina sus ojos, su razón se ciega, intenta controlarse, pero es imposible. Ha estado demasiado tiempo fingiendo ser sumisa, como para serlo ahora, prometió que nunca más.

Aquella chica, de complexión pequeña y esbelta, agarra un mechón de pelo de la dependienta e impulsa hacia delante su cara. Hace que choque su cabeza contra la cristalera de las copas, rompiéndole los labios y saltándoles un incisivo. Con una fuerza, sobrehumana, la pasa desde una punta del soporte hasta el otro. No se escucha gritar a la víctima, la voz de Selene sobresale. Cando llega a su tramo final, la deja caer al suelo, junto con el resto de la cristalería, no ha dejado ni un vaso sano.

- Esta es la indemnización por daños y prejuicios. – Le responde Selene, observando aquél amasijo de pelos, hueso y carne, que aún se encuentra en estado de shock. Mira el reloj – Uy, me voy que llego tarde ¡Qué te vaya!

Tranquila y relajada, se acerca hasta los jefes, se despide de ellos y desaparece. Se dirige a la última planta, quiere comprarse unas sales de baño y un buen perfume.

- ¿Tina? – Dice al micrófono de su teléfono móvil. – Oye…, ¿dónde estáis? Que aún puedo llegar para comer con vosotras.

4 de marzo de 2008

Cómo espantar a la novia de mi hermano. Capítulo 4

En el capítulo anterior:

Hemos dejado a Elisabeth, desmayada en al salón de Iñaki, tras un gran impresión, a la pobre le ha dado un buen síncope.

Esto le ha sobrevenido debido a, una importante impresión, provocadas por la terrorífica imagen de Arual, portando un cuchillo de unos 25cm de largo, mientras lo levantaba por encima de la cabeza y goteaba sangre, según declaraciones de la propia loca: “ son debidas a que he cortado filetes de cerdo para mi madre.” Aclara la niña. “No me gusta la carne pasada por eso mi madre la compra viva.” añade.


CAPÍTULO IV: LA PRESENTACIÓN.

Tras unos meses como pareja, Iñaki y Elisabeth, deciden dar un paso más en su relación. La madre del novio ha preparado una comida de bienvenida a la familia.

Todo estaba preparado, ella estaba vestida con un bonito conjunto, comprado especialmente para la ocasión. Pronto llegaron al portal, cuando notó como un inquieto gusanito bailaba el mambo dentro de su estómago. Sentía vértigo ante esa situación, era la primera vez que la presentaban formalmente.

Llegaron a la puerta de la casa, el chico pegó al timbre. Tras ella se encontraba Charo, una mujer, no muy mayor, con una cara apacible y risueña.

- Hola Elizabeth, me alegro de verte. Iñaki nos ha hablado mucho de ti. – Le comenta Charo, mientras se acerca a ella para darle dos besos.

- Encantada – Le responde Elisabeth, con una gran sonrisa.

- Este es mi padre, se llama Alfonso. – Le dice Iñaki, dirigiéndose a su padre.

- Pasa mujer, no te quedes en la puerta, te estábamos esperando – Le contesta su padre amablemente.

- Encantada de conocerlo. – Le contesta Elisabeth.

- Ah… Esa es mi hermana Arual –Le dice señalando hacia ella.

- Encantada de conocerte – Suena una voz dulce y tranquila.

Está sudando, y no sabe porqué. Sabe que algo pasa, pero no consigue rescatar de su mente lo que es. La chica es completamente normal, va bien vestida, maquillada y peinada, parece simpática.

- Lo mismo digo. – Le responde a su futura cuñada.

La comida acaba de empezar, la mesa está sutilmente ataviada y, los platos, repletos de manjares, han sido colocados estratégicamente, para que todos puedan acceder a ellos, con la mayor facilidad.

- Oye Arual, ¿saliste anoche? – Le dice Elisabeth.

- Si, salí con unos amigos a cenar y a bailar a una discoteca, estaba hasta los topes.


En ese momento, la hermana de Iñaki coge aceituna. La cara de la invitada de honor, se torna completamente blanca, desencajada, con la boca completamente abierta. Arual, ha hecho un gesto muy raro, ha sido un movimiento muy rápido, casi imperceptible, pero lo suficiente como para que la imagen de una sonrisa maléfica y el sonido etéreo, de una voz distorsionada, le resuenen en la cabeza. Elisabeth está aterrada, el corazón comienza a latir fuertemente, pero intenta mantener el tipo. “Es sólo producto de mi imaginación”, dice para sus adentros.

Minutos después Arual, sentada frente a ella, va a pinchar una croqueta con el tenedor. Parece que nada está fuera de lo normal, pero en una milésima de segundo, Elisabeth, un poco sulfurada por la situación, ve unos ojos oscuros y profundos, un corte en la mejilla derecha, escucha una voz de ultratumba, el cubierto se le cae al suelo….

- Cariño, ¿qué te pasa? ¿te encuentras bien? – Le dice su novio asustado.

No puede mediar palabra, han sucedido un cierto número de imágenes en su cabeza que le hacen recordar lo acontecido, unos minutos antes de penetrar en aquella casa. Se levanta, eleva las manos a la altura de la cabeza, mientras deja caer la servilleta de su regazo, y chilla como una despavorida. Coge un cuchillo y apunta a Arual.

- ¡No te acerques a mi!, eres un demonio, ¡aléjate!

Como un ladrón se acerca a la puerta, sin perder a ninguno de los componentes de la familia de vista. Con la mano libre toca la cerradura y, a tientas, la abre. Entonces suelta el cuchillo y sale corriendo, no para de chillar, no presta atención, simplemente corre y expulsa tremendos alaridos.

Iñaki está confuso, no sabe reaccionar.

- Un vinito para digerir la comida. – Dice Alfonso, con el sacacorchos en la mano.

- Esa niña no te conviene. – Le dice Charo a su hijo y tomando una copa de vino, recién servido.


Arual desencaja su cara, despeina sus cabellos y corre su pintura de ojos. Comienza a reírse y, poco a poco, su voz se torna ronca y profunda. Mira a su hermano y los dos comparten una sonrisa maléfica. Mientras, los gritos de la pobre infeliz, se van alejando, se escucha un ruido metálico y todo vuelve a quedar en silencio. La comida se reanuda y todos disfrutan de “una apacible comida.”