ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


30 de marzo de 2008

Selene. Capítulo VIII.

CAPÍTULO VIII: ¡TÚ!

- ¡Por fin es viernes! – Dice Imna. - ¿Quedamos esta noche?, podemos ir a cenar a… - Se queda pensativa. – Bueno, ¡da igual! A cenar y a divertirnos un rato, ¿qué os parece?

- Yo no voy. – Contesta Lucía. – He quedado con Roberto esta noche.

- A veces pareces tonta. – Le replica Selene apoyada en la mesa del aula. – Ten cuidado con él que no es trigo limpio.

- ¡Estás celosa! No puedes aguantar que se haya venido conmigo.

- Si por celosa quieres decir que intento avisarte. Si estoy celosa. – Coge la maleta, la carpeta y se dirige al resto. - ¿Quién se apunta?, a parte de Lucía que ha quedado con un mequetrefe, y tienes cosas mejores que hacer. – Dice dándole la espalda a la enamorada. – ¡Venga que hoy empiezo a trabajar y sólo tengo hasta las doce!

- Bueno, nos vemos en el bufet chino del centro, el de siempre. – Dice Virginia. – Nos vemos en la puerta y luego ya veremos que hacemos ¿vale?

- A las 9 y media. – Mira el reloj. – No, mejor a las en punto, así apareceremos todas a la misma hora.

- Vale. – Dicen todas a la vez

De camino al aparcamiento se encuentra con Sergio y Roberto, tienen sus motos, justo al lado del coche de Selene. El primero se queda sentado en una de las motocicletas; el segundo se acerca a ella con una rosa en la mano. La chica no puede evitarlo, esta apoyado justo en la puerta del conductor y se acerca a ella.

- Hola Selene, vengo a darte esto. – Le ofrece la rosa, Selene la coge.

- ¿Esto a qué viene? - Desvía la mirada por encima del hombro de Roberto. – Hola Sergio, ¿qué tal tu garganta? ¿todavía sigue dolorida?

- Está mejor, no tenías porqué preocuparte, gracias. – Responde con voz tímida y tocando sus arañazos en el cuello. – ¡Zorra! – Dice en voz muy baja, por suerte la persona a la que dirigía el insulto parece que no lo ha escuchado.

- Quiero que me perdones, me gustas mucho. ¡Dame otra oportunidad! – Dice el chico desesperado. - ¿Qué dices? Si tienes que pensártelo, lo entiendo.

- ¿No habías quedado con Lucía esta noche o me lo he imaginado?

- Ella no significa nada para mí. Sólo es una más.

- Bien, te acabas de contestar tú solo. – Mira el reloj, le estrella la rosa contra el pecho, pulsa el botón de cierre del coche, y entra por la puerta del pasajero. – Se me ocurre una idea. – Dice bajando un poco la ventanilla. – Dile a mi amiga lo mismo que me has contado a mí, a ver ¿qué le parece?

Selene da marcha atrás, sale del aparcamiento Sergio intenta cortarle el paso con la moto, pero lo esquiva. Mientras se aleja, Roberto se siente desesperado, los celos no han funcionado y no conoce alguna otra forma para que Selene, su diosa particular, vuelva a su lado. Tira la maltrecha rosa al suelo y se sube a la moto muy enfadado.

- Selene será mía, cueste lo que me cueste. – Se pone el casco y se va, seguido por su amigo.
Son las nueve y media en punto, como siempre ninguna lleva esperando más de cinco minutos al resto. Desde el punto de encuentro, se dirigen a un restaurante italiano donde comen, se ríen, cuentan chistes y cotilleos. Todavía no han salido del lugar, cuando ya son casi las doce. Por lo que Selene, se despide de todas y sale corriendo hacia el bar, por suerte está a pocas calles a paso muy ligero.

- ¿No decías que siempre llegabas a tu hora? – Escucha justo cuando cruza la puerta del bar.

- No, decía que siempre me iba a mi hora, ¿por qué? – Contesta una cabeza de pelo azabache, tez blanca y esmeraldas en los ojos. - Todavía no he empezado y ya tengo problemas.

- Has llegado dos minutos antes. – Le dice el dueño mientras mezcla el tabaco con una sustancia achocolatada.

- Eso no volverá a pasar, te lo aseguro. – Selene toma aliento. - La próxima vez llegaré después de las doce y, para compensarlo, hoy me iré unos minutos antes.

- Me gusta tu estilo, toma. – Fepico, el dueño del bar, le lanza unas llaves. – Perteneces a la caja fuerte que hay en el almacén, detrás de esta cortina. – Señala sin darse la vuelta sujetando el cigarro casero entre los labios. - Desde ahora será tu taquilla, seguro que tu bolso será lo más valioso que ha guardado desde que la compré.

La chica se dirigió a cruzar un trozo de tela, poseía más cantidad de mierda que tela habían usado para su confección, tenía quemaduras de cigarrillos y partes de la tela pútrida se habían desprendido de su unidad. El almacén era frío, húmedo, lleno de moho y de cientos de cajas de diferentes tipos de bebidas, justo a la entrada estaba la su “taquilla”, la abrió, colocó su bolo y vio un delantal negro muy limpio en su interior, en el bolsillo del mismo se escondían un bolígrafo y una libreta donde ponía:”Suerte en tu primer día y procura no pegar a los clientes, Fepico”. Con una sonrisa se colocó el delantal y se dirigió a la barra.

Era ya muy entrada la madrugada cuando un grupo de muchachos entró por la puerta, Selene estaba sirviendo las copas, llevaba mucha prisa, colocó las bebidas en su bandeja y salió de la barra para servirlas cuando algo la empujó por la espalda, la chica calló al suelo formando un gran estruendo.

- Lo siento, perdona ¿te has hecho daño? – Le dice el extraño con el que ha tropezado mientras se agacha para ayudarla a volver a levantarse.

- ¡Tú! – Dice Selene al verle la cara. – Ya es la segunda vez que me tiras al suelo. – Le dice acusándole con el dedo, mientras un amigo del chico levanta a Selene.

- Eres.... – Se queda pensativo unos instantes. – ¡Ah, si! Aquella chica con la que tropecé hace unos meses de camino al trabajo.

- ¡Me rompiste el paraguas!

- Sigues tan simpática como la primera vez que nos vimos. – Le dice burlonamente. - ¿Vienes mucho por aquí?

- Trabajo aquí, ¿tú que crees? – Responde con la coleta desecha. – Anda, vete a tu mesa que ahora mismo voy.

El chico se sienta con sus amigos, están fumando, bebiendo cerveza a destajo y riéndose. Aquel torpe personaje, ve como la camarera no para de dar vueltas por el local. De pronto su mirada se cruza con la de ella, sus ojos son de un verde intenso y brillante. Quizás fue por las cervezas, el olor a humo, el ambiente… Pero el nombre de aquella chica comienza a rebotar en su cabeza, como la primera vez que lo oyó.

- Selene. – Exhala antes de dar el último sorbo a la botella. – ¿Puedes traernos otra ronda? – Selene se dirige a coger la comanda del chico.

- Oye, ¿quién es esa tía tan borde? – Le pregunta uno de sus amigos.

- Sólo es una chica con la que tropecé hace ya un tiempo. – Responde mientras coge el cigarrillo que le están ofreciendo.

- Pues no te tiene mucho aprecio. – Le comenta otro de sus amigos. - ¡Tenía una cara..!

La conversación se corta, el objeto de la conversación ha hecho acto de presencia con el elixir dorado. Se dispone a colocar las botellas sobre la mesa y a retirar las vacías, que no son pocas. El desafortunado la mira fijamente mientras deja el pitillo en el cenicero.

- ¡Hay! – Se queja la camarera. – También me quieres quemar, ¿no tienes bastante con tirarme al suelo?

- ¡Tan poco fue para tanto!, un paraguas roto no tiene importancia.

- Y un moratón en el culo. – Responde muy seria. – No pude sentarme en una semana. No me digas que te parece poco. – Termina de colocar la última copa en la mesa y se va.

- Como iba diciendo, tropecé con ella camino al trabajo hace ya un tiempo. – Da un sorbo a la copa y coge unos cacahuetes.

- Pues parece que tuviste el día movidito. – Le dice el amigo sentado frente a él.

- No es lo que estáis pensando. – Expresa mientras señala, con los mismos dedos que sujeta su cigarro, a todos los componentes de la velada. – Del golpe se cayó al suelo de culo, su paraguas salió volando y, seguramente, se haría daño.

Aquel grupo de amigos estuvo bebiendo un buen rato, hasta que todos decidieron que sus fuerzas se habían agotado. El alba los sorprendería pronto y tenían que volver al lugar donde reposan todos los guerreros. Pidieron la cuenta, antes de dar el último trago, se despidieron y todos menos “el despistao”, como lo había bautizado Selene. Este se acercó a la barra, la chica estaba recogiendo ya los vasos limpios y casi le quedaba poco para abandonar su puesto hasta la noche siguiente.

- Oye, perdona. – Dice él llamando la atención de Selene. – Sé que no hemos empezado con buen pie, pero este bar me gusta ¿sabes? Llevo viniendo aquí desde que lo abrieron, se ha convertido en mi antro particular, es como mi club personal.

- Y... con eso ¿qué quieres decir? – Dice ella haciéndose la intrigada.

- Pues que no me gustaría llevarme mal con la camarera. – Mira la hora en el móvil, que ha sacado de su bolsillo. – Odiaría pensar que cada vez que le doy un sorbo a mi copa tú hayas escupido en ella.- La chica sonríe, aquel extraño había conseguido que su cara se relajara, sus ojos dieran un pequeño atisbo de alegría y todas sus facciones se iluminaran. – ¡Ves! Así estás más guapa. – Le sonríe a la camarera mientras observa cómo se aparta un mechón rebelde de la cara. – Para celebrarlo te voy a invitar a un chupito. ¡Pon dos tequilas!

Sin decir nada saca dos vasos, para la ocasión, los rellena con el brebaje, saca la sal y corta unas rodajas de limón. Selene chupa el dorso de su mano, entre el dedo pulgar y el índice, echa la sal, coge el vaso, con esa misma mano y con la otra sujeta el limón.

- Me llamo Luis. – Le dice mientras levanta el vaso a la altura de los ojos.

- Selene. – Dice ella mientras suena un ruido cristalino.

Tras el brindis la chica clavó sus ojos en los de él, en un gesto sensual lamió la sal, su lengua prosiguió su recorrido hasta que sus labios tocaron el borde del chupito, levantó el brazo y, con un movimiento rápido, introdujo la bebida en su interior. Esa imagen hipnotizó a Luis, sus ojos se incrustaron en su cerebro, sus movimientos eran finos, suaves y eróticos. Su visión era tan fuerte y atrayente que la mirada de él se desvió, notó como algo se movió en su interior, su pulso se aceleró, pagó la cuenta y se dirigió a la salida.

- ¿Quién es ese muchacho? – Le preguntó el dueño.

- Alguien que acabo de conocer y con el que tropecé, hace ya mucho tiempo.

Desde la acera de enfrente, escondido de cualquier mirada furtiva, Luis la estaba observando tras la cristalera. Aquella sonrisa, dibujada por unos carnosos labios carmesí, sus ojos profundos y penetrantes, su carácter impulsivo y su sencillez, a la vez de simple femenina y atrayente, habían causado estragos en él, aunque sólo era capas de intuirlo. Esta vez, aquella extraña le había provocado un recuerdo más duradero, el suficiente hasta que llegó a la puerta de su casa, cogió algo de la nevera y pasar el día durmiendo entre sábanas de algodón blancas.

1 cosas que decirte:

sangreybesos dijo...

Vale, vale, todo muy bien, el tequila, la caja fuerte y tal, pero... ¿en que antro que se precie ningún camarero se pone un delantal?