ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


5 de marzo de 2008

Selene. Capítulo IV.

CAPÍTULO IV: CINCO METROS DE ESLORA.
- Selene.

- Dime. – Contesta dirigiéndose a su compañera de trabajo.

- ¿Puedes colocar esta mercancía en su sitio?

- Vale, ahora voy.

- Ahora no, ¡ya!- Le contesta Sonia, su compañera.

- Cuando termine. – Contesta ella, sin desviar la atención de lo que está haciendo.

No se que se ha podido pensar, la única diferencia que hay es el tiempo que lleva en el puesto. Ni que fuera la jefa. De todas formas no pienso durar mucho aquí. El suficiente hasta que encuentre otra cosa, o hasta que me canse.” - Piensa Selene para sus adentros, mientras se dirige a colocar unas copas de cristal de bohemia, sobre un largo y fino estante de cristal. Las coloca en hilera, perfectamente alineadas, por orden de tamaño y organizadas, según el tipo de bebida que se va a servir en ellas.

Tras unas dos horas sacando copas de las cajas, desembalándolas, dándoles brillo y situándolas correctamente, mira desde la punta derecha de la mesa de cristal. Los bordes de las mismas brillan al destello de la luz artificial y, algunas de ellas, desprenden rayos de colores. En ese momento todo está en calma, no hay nadie en la tienda, por lo que puede permitirse un momento de tranquilidad, antes de seguir con su labor.

- Me ha costado, pero ha quedado estupendo. A ver cuanto tiempo dura bien colocado. – Dice, para sí misma, en voz alta mientras se quita el sudor de la frente.

- Selene. – Vuelve a escuchar la voz de Sonia.

- Hay un cliente para una devolución. ¡Atiéndelo tú!

- ¿Y tú....? – le dirige una mirada con desdén - ¿No tienes manos para hacerlo? A ver si te enteras de una vez, no eres mi jefa y yo, por si no te ha quedado claro, tampoco soy tu secretaria, así que ¡hazlo tu!.

Sonia, insultada y con cara de pocos amigos, se da la vuelta y se va. Mientras, Selene, toma aire, mueve el cuello de un lado hacia el otro, mientras se lo toca con la mano derecha, y, termina el ejercicio, mirando al techo y espirando; relaja los hombros y sonríe. Se nota tensa, fuera de lugar y cansada, de la situación que está viviendo, día tras día.

- Oye, te he dicho que colocaras el material. – Sonia vuelve a la carga.

- Y que he hecho, ¿tocarle las palmas a ver si, por arte de magia, se colocaban en su sitio, como la película?

- No tienen el precio puesto. Así que tienes que ponerle la etiqueta a cada uno de ellos. – Le dice Sonia mientras le da unas hojas con los precios.- Es que se me ha olvidado decírtelo antes.

- Y a mí, se me ha olvidado decirte que se los pongas tú, ¡bonita!. Estoy harta de ti, ¿por qué no me dejas un rato tranquila? Hoy no tengo el horno para bollos. Y los límites de mi paciencia contigo, se están agotando. – La mira desafiante.

- Si tú eres una inepta para este trabajo, no es mi culpa.

- Un momento, no te vayas. Enseguida vuelvo. – Dice mientras mira el reloj.

Selene coge su bolso y entra por la puerta de personal. Cuando vuelve a entrar, lo hace por la de clientes, se ha cambiado de ropa y sus ojos exponen llamaradas. Se dirige a su jefe y habla tranquilamente con él, mientras le entrega un papel.

- Ya he llamado para que hagan la transferencia. - Le dice Selene a Ilario y a Sebastián, los responsables.

- De acuerdo, entonces sólo falta que me llamen y podrás llevarte el material.- En ese momento Sebastián, coge el móvil. – Si, si está aquí, de acuerdo, siento mucho lo que ha pasado y la confusión. Si señor, no volverá a pasar.

- A delante. – Le dice el gerente de planta, haciendo un gesto con la mano, a Selene.

En ese momento se dirige hacia la parte de cristalería, allí se encuentra Sonia, poniendo los precios.

- Ahora vas a servirme tú, yo soy la que manda. – Se escucha una voz enfurecida.

- Ah, ya has vuelto. ¿Te vas?, yo estoy ocupada y no puedo atenderte, que lo haga….

- Por si no lo sabes, el cliente es lo primero.

- No me digas lo que tengo o no que hacer. – Sonia se levanta. – Sigues siendo una inútil.

- Toma. – Selene le coloca una hoja en la mano.

- ¿Esto es lo que vas a gastarte en la tienda? ¡Es mucho dinero!

Selene ya no puede contestar, la rabia la invade. Desde el suelo hasta sus brazos, la recorre un río de fuerza. Una luz, casi imperceptible ilumina sus ojos, su razón se ciega, intenta controlarse, pero es imposible. Ha estado demasiado tiempo fingiendo ser sumisa, como para serlo ahora, prometió que nunca más.

Aquella chica, de complexión pequeña y esbelta, agarra un mechón de pelo de la dependienta e impulsa hacia delante su cara. Hace que choque su cabeza contra la cristalera de las copas, rompiéndole los labios y saltándoles un incisivo. Con una fuerza, sobrehumana, la pasa desde una punta del soporte hasta el otro. No se escucha gritar a la víctima, la voz de Selene sobresale. Cando llega a su tramo final, la deja caer al suelo, junto con el resto de la cristalería, no ha dejado ni un vaso sano.

- Esta es la indemnización por daños y prejuicios. – Le responde Selene, observando aquél amasijo de pelos, hueso y carne, que aún se encuentra en estado de shock. Mira el reloj – Uy, me voy que llego tarde ¡Qué te vaya!

Tranquila y relajada, se acerca hasta los jefes, se despide de ellos y desaparece. Se dirige a la última planta, quiere comprarse unas sales de baño y un buen perfume.

- ¿Tina? – Dice al micrófono de su teléfono móvil. – Oye…, ¿dónde estáis? Que aún puedo llegar para comer con vosotras.

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