ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


19 de enero de 2008

Hay caldito

Por fin había llegado el momento, estaba a punto de ir a casa del chico más guapo de la facultad a dejarle unos apuntes que él le había pedido dos días atrás.



Estaba loca por él, bueno ella y la gran parte de las chicas de la facultad, y lo mejor de todo era que no tenía novia. Era su oportunidad de intentar algo.
Llegó hasta el portal de la casa, antes de pegar se atusó el pelo, se repasó los labios y respiró hondo. Una voz le respondió al otro lado del portero automático, parecía que la estaban esperando.

Subió las escaleras muy lentamente, no quería parecer que estaba desesperada o que tenía prisa por irse, pegó a la puerta y una señora muy amable le abrió.

- Hola, tú eres la compañera de mi hijo. Está en su cuarto repasando, pasa no te quedes ahí. – le dijo aquella mujer haciendo el gesto de invitarla a pasar. – Ve a su cuarto, te está esperando.
- Gracias – le dijo ella muy tímidamente.

Avanzó por la casa hasta el cuarto del chico, su corazón latía rápidamente, estaba loca por verlo. Pegó a la puerta suavemente.

- ¿Quién es? – se escuchó desde el otro lado.

- Vengo a traerte los apuntes que me pediste y a que me expliques como va la teoría que explicó la profe ayer.

- A si, pasa.

Cuando la puerta se abrió, la chica esbozaba una sonrisa en su cara, por fin iba a estar a solas con él. Y lo mejor de todo, sin interrupciones por parte del resto de las buitres de la clase, que sólo intentaban captar su atención.

Lo cierto es que él nunca había mostrado interés por ninguna persona, pasaba de todo y solamente estaba enamorado de sus estudios y de su carrera. Muchacho con muchos amigos y nadie que posea su corazón, el típico tío duro que derretía a todas la mujeres con las que se cruzaba en su camino, era el inalcanzable. El soltero de oro, nadie sabía de su vida privada, pero en la mente de todas las chicas y chicos, era una especie de rompecorazones que podía estar con la que quisiera en el momento que apeteciera. Aunque la soledad no parecía preocuparle en lo más mínimo, era un artista enamorado de arte.

Pero ella lo había conseguido, había captado su atención. Estaba allí, en su casa, en su mismo santuario, había penetrado hasta las mismas entrañas de su cueva más profunda donde él permanecía días y días sin salir.
El cuarto estaba oscuro, tenía la persiana echada, los muebles de madera noble, las paredes eran de color blanco, por lo menos lo poco que se veía de esta, y una estrepitosa música salía del ordenador. Pues todo estaba lleno de estanterías repletas de libros, todo menos una de ellas donde se exhibía un ejércitos de figuras de plomo, algunas de ellas a medio pintar. “Friky”, pensó ella para sus adentros, por lo demás era el típico cuarto de un chico, completamente desordenado. Aunque había algo que le llamaba mucho la atención, una de las paredes estaba llena de máscaras y objetos muy raros, ella se quedó mirándolos muy fijamente.

- ¿Te gusta? – le preguntó él con una media sonrisa en la cara.

- Son cosas muy raras ¿no? – preguntó ella sin mirarlo a la cara.

- Algunos de ellos son muy valiosos y difíciles de encontrar en el país, algunos me los han traído mis amigos de sus viajes y otros los he conseguido por internet o los he comprado en otros países a donde he viajado. Por ejemplo, ese puñal engastado con cristales se lo compré a un árabe en Bagdag, o aquella cabeza reducida fue un recuerdo que me trajo un amigo de África. Es falsa, pero a mí me gusta.

Algunos de esos objetos eran bastante raros, de ciertas piezas de la colección ignoraba su existencia y otros eran tan bonitos parecía imposible retirar la mirada de ellos. Aquella persona estaba enamorada del mundo.

- Se me olvidaba aquí tienes los apuntes que me pediste, es una copia de los míos por lo que te los puedes quedar – le dijo mientras le daba la carpeta.

- Bueno, por lo menos dime cuanto te debo – respondió el buscando la cartera sobre el escritorio encriptado en papeles.

- No nada, me debes una explicación sobre la teoría que explicó ayer la profesora. Pero mira qué tarde es he de irme.

En ese momento la madre del chico apareció por la puerta.

- Oye guapa ¿quieres algo?, este niño mío no te ha ofrecido siquiera un refresco

- No gracias señora, tengo que irme a estudiar para los exámenes. – contestó ella amigablemente.

- Anda quédate y así te explico lo de ayer y no perdemos tiempo – le respondió él.
Su mirada era tan penetrante y bonita que no pudo resistirse, así que aceptó la invitación para comer.

- Bueno, ahora os traigo algo de comida.

- No hace falta mamá, vamos nosotros y nos la traemos al cuarto – contestó su hijo. - ¿vienes?

La chica lo siguió hasta la cocina, estaba preparando un buen plato de palomitas en una bandeja.

- Porqué no coges la coca cola que está en el frigorífico mientras voy cogiendo los vasos - le pidió él.
- Vale.


Algo la turbó en ese momento, en el frigorífico, justo frente a ella, se había un bote grande lleno de una sustancia amarillenta con una cabeza de gato dentro. El animalito tenía una de las orejas raídas y la boca abierta, mostrando sus pequeñas y afiladas fauces. Sus ojos abiertos la miraban fijamente de forma amenazadora, parecía que aquella criatura no había muerto de forma apacible.

Un escalofrío recorrió su espalda y sus músculos se tensaron en menos de un segundo, estaba recta, como si le hubieran atado un palo a la espalda. Cogió la botella de refresco que estaba justo al lado del frasco. Lo hizo sin mirarla, como si fuera una autómata. No podía quitar la vista de aquella cabeza negra y blanca, estaba completamente hipnotizada por aquella imagen, abstraída en otro mundo lejano.

Una gota de sudor frío la despertó de su macabro éxtasis. Cerró la puerta del electrodoméstico rápidamente y, dirigiéndose hacia la mesa, colocó suavemente el envase en la bandeja que llevarían al cuarto.

La tarde pasó tranquila, ella seguía un poco pálida y tensa. No hubo más sobresaltos en toda la tarde. A pesar de ello, no pudo concentrarse en las explicaciones del sex simbol de la clase. No era por su penetrante mirada, su cuerpo corpulento o su pasotismo habitual. Aquel gato y el morboso interés de cómo habría sido su muerte la abstraían completamente. A lo mejor era una broma pesada que le estaba gastando, pero se hubiera reído en el momento de coger la botella.
Vagaba por parajes inhóspitos para ella, de pronto estaba en un paraje oscuro, pétreo y con ojos de gato mirándola fijamente.

Miles de árboles sin hojas escupían ramas empolvadas sobres u pelo, la voz dulce y suave de él, se había vuelto un alarido sutil como el viento dentro de los entresijos de su alma.

No podía captar ningún tipo de explicación de esa manera, por lo que miró el reloj para decir algo. No le dio tiempo a ello, la puerta se abrió estrepitosamente.

- Hola chicos, ya es muy tarde, espero que os haya cundido la hora de estudio. Guapa, te ¿quieres quedar a cenar y así llegas a tu casa directa para la cama? – dijo la madre del chico mientras le acariciaba la cabeza a su niño. – Hay caldito para cenar.

De pronto el corazón de la chica comenzó a latir, parecía que se le iba a salir del pecho, su mente volvió a la línea entre la cordura y la completa neurosis. “Caldito”, pensaba y relacionaba el caldo con la horrible visión de horas más tarde. Un nudo en la garganta evitó que le saliera palabra alguna.

Las palomitas comenzaron a saltar, querían salir, golpeaban las paredes de su estómago como la bolsa donde habían sido cocidas. El gas de la coca cola, hizo estrépitos ruidos.

- Yo…., cenar……, bueno,….- No pudo decir más.

- Las sopas de mi madre están buenísimas. Tienen un sabor inmejorable y unos tropezones de carne estupendos.

Pero la imaginación de la chica volaba más rápidamente que su lógica. No se atrevía preguntar nada sobre su descubrimiento, ya era demasiado tarde para ello. Podían sentirse ofendidos, tanto si era verdad lo que se le estaba pasando por la cabeza como si no. Lo cierto es que no se iba a quedar para averiguarlo.

- Bueno, no me encuentro bien, he de irme – consiguió decir – mi madre me estará esperando.

Una vez había salido por la puerta dijo la madre.

- Cariño, a ver si te buscas amigas menos raras.

Su hijo la miró con cara de pocos amigos en ese momento.

- Cielo, no enfades. – le sonrió - A todo esto, han llamado para decirnos que mañana traen el frigorífico para tu cuarto, a ver si me quitas todas esas porquerías que me tienes metidas en el frigorífico.

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