ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


19 de octubre de 2010

UN CAFÉ LLAMADO…

Puede que hoy no sea un buen día, aunque no creo que sea mejor que los demás que he pasado últimamente. Mi vida, aquel infierno convertido desde la más absoluta tranquilidad a un caos absoluto.

Todo comenzó hace pocos días, estaba tomando tranquilamente un café en aquel bar de la esquina. ¡Lo odio! Y, sin embargo, cada mañana, aquel suelo pegajoso se incrusta en la suela de mis zapatos haciendo esa especie de chasquido al levantar mi pie; llego a la barra y, en un estúpido intento por llamar la atención del camarero, este siempre me pone lo mismo. Un amargo café, parece que es lo único que sirven en aquel lugar, ni bollos ni nada que se le parezca para acompañar al dolor de estómago de aquel brebaje propio de un rito de brujería.

Puede que fuera un mal día, pero no como el resto de los malos días que acompañan el resto de mi vida, aquella criatura estaba junto a mí. No había nunca a ese lugar, puedo asegurarlo, ese antro no es para visitantes nuevos en la ciudad, a penas cambian los clientes, por eso el único empleado de allí nunca habla con los clientes, sabe lo que quieren y se los pone, no entabla conversación con nadie, pero aquel día lo hizo.

- ¿Qué le sirvo? – dijo la voz más chillona que había escuchado nunca.

- Un café con leche – respondió una voz penetrante justo a mi lado.

Miré de reojo a aquel ser, parecía humano, pero algo en sus ojos me hacía notar que se alejaba mucho de este término.

- ¿Quiere algo? - me dijo sin despegar la vista de la barra y dejando el café en el plato.

- No – respondí cortante -. Nada… - agregué sin creer que hubiera notado que lo observaba.

- El café es tremendamente malo – dijo mientras olía el vaso todavía humeante.

- Si – respondí todavía no sé por qué -. Lo cierto es que no se por qué lo pago.

- Porque le gusta seguir un ritual que no le saque de su vida – dijo volviendo la cabeza hacia mí -. Por que odia su vida y esto le recuerda lo que es día tras día – acercaba su cabeza hacia mí penetrándome con aquellos ojos monstruosos -. Tú eres como este café, un resto malo de una máquina que nunca limpian y que funcionaría mejor si cambiara de oficio.

- Cierto – contesté asombrado.

No podía creerme que le siguiera el juego, le proporcionaba respuestas a todas sus insinuaciones, contestaba a todas sus preguntas y me sentía humillado cada vez que me dejaba a la altura de aquel suelo que sólo se mantenía en pie por la mugre que contenía.

- Puedo cambiarlo – respondió el.

- ¿Eres mi hada madrina? – pude decir por fin sin tapujo, ¿o quizás no?

- Di mejor el genio de la lámpara – dijo acercándose un poco más -. ¡Deséalo!

Y así lo hice, lo pensé con todas mis fuerzas, incluso lo grité a viva voz y, aquí estoy, formando parte de los miles de granos de aquella máquina que sirve café. Mejor dicho, almas muertas como la mía.

Cada vez que se activa, uno de nosotros chilla. El ruido de triturador sigue a esto y el chillido del vapor sale por la máquina.

Yo no deseé esto, aquel genio, es que podía llamarse así, me engañó. Sólo deseaba desaparecer para dejar de sufrir. Sin embargo, ¿dónde van los cuerpos perdidos del mundo? A la máquina de café del infierno donde son triturados y bebidos por otros infelices haciendo que ellos absorban sus desgracias.

¿Debería intentar escapar? No lo sé, no tengo nada que perder aquí, solo soy un grano de café. Sin embargo, aquellas cuchillas todavía me dan miedo.

4 cosas que decirte:

Mai Puvin dijo...

Si lo pensás bien... los granos de café huelen maravillosamente y una vez hecho son compañía de millares de soñadores...

Un abrazo.

Mai Puvin dijo...

Mil disculpas... Me fui sin decir que el relato es maravilloso, tu imaginación única!

Beso.

sangreybesos dijo...

A veces un cambio de aires puede resultar contraproducente...

Silderia dijo...

Mai: los granos de café son fantásticos, su aroma despierta miles de sensaciones y recuerdos.

Me alegro que te gustara el relato, creo que se me está pegando algo de sangreybesos, en cuestión de dejar volar la imaginación.

Besos, guapa.

Cariño: Los aires cambian cada dos por tres.