ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


16 de marzo de 2009

LA MÁSCARA DE LA OBSESIÓN.

La calle del cementerio estaba completamente sola a esas horas, nada parecía turbar su paz, y así era. La noche se acercaba y la luna bañaba las tumbas de los cuerpos que allí reposaban. Nadie se había percatado de una pequeña diferencia. Allí a lo lejos, justo al lado de la séptima tumba ubicada en el suelo, un pequeño cuerpo, semiinconsciente de un gusano blanco y rechoncho, reposaba bajo la luz nocturna tras su ardua tarea por volver a la superficie. Otros habrían preferido quedarse comiendo aquella deliciosa carne pútrida y con eflujos de embalsamamiento, que descansaba varios metros, dirección al infierno.

Todavía quedaban algunos recuerdos en aquel minúsculo cerebro que poseía, algo hacía estragos en él, un pequeño sistema nervioso, movidos por efluvios de supervivencia, estaba inquieto y dolorido por lo que fue y lo que era ahora. ¿Cómo podía pensar un simple gusano? Eso no puede ser – pensaréis todos, lo cierto es que la carencia de ciertas conciencias motoras y la existencia del mero instinto por alimentarse y reproducirse, es lo único que se ha reconocido en ellos.

Exhausto por el esfuerzo, dejó que su musculoso y blanco cuerpo reposara sobre aquella piedra pulida que hacía de baldosa y se dejó morir.

“Consulta psiquiátrica del doctor Ramírez, especialista en fobias.” Según contaban los labios de todo aquel que se ponía en sus manos, era el mejor de todos curando aquellas afecciones psicológicas que inculcaban un miedo irracional hacia algún animal o cosa. Aunque Anselmo no lo pensaba así, llevaba asistiendo a sus terapias varios meses y lo único que había conseguido de todo ello era el tener su cuenta bancaria en números rojos.

Debido a su trabajo, tenía que cruzarse con aquellos seres diariamente y ni siquiera un intento sobrehumano por que despareciera su fobia, había conseguido hacer siquiera, que tolerara a ciertas criaturas como parte del mundo y componentes del mismo. Conocía bien sus funciones, formas de reproducción, tipos, hábitos, en qué animal se transformaban algunos de ellos,… Sabía que si querías vencer al enemigo había que conocer todas sus costumbres y lo hacía, sin embargo, esto sólo le sirvió para tener aún más terror. El poder reconocerlo en todo lugar y momentos, no hacía más que regenerar en él nuevas tendencias maniáticas. Se había convertido en una persona dominada por el temor de salir a la calle, comer, beber agua, vestirse, relacionarse con gente….

- Buenos días Anselmo – dice el doctor desde su sillón. - ¿Cómo nos hemos levantado esta mañana?

Al otro lado de la habitación, un ser vestido con ropas plásticas, guantes de látex, los cuales sobresalían por los puños de la camiseta, una mascarilla, gorro y botas altas con un sistema de ajuste a la pantorrilla, cierra la puerta con el mango de un palo, antes de dirigirse hacia el cómodo sillón preparado para él. La maniobra para descansar era siempre la misma, sacaba de su bolsillo una gran sábana plástica y la colocaba sobre los cómodos cojines.

- Ah, ah – le dice el psiquiatra al verlo moviendo el dedo. – Usted sabe que eso no es necesario.

- Pero… - replica el paciente.

- Siéntese y guarde esa cosa.

No hubo más que hablar, Anselmo tomó asiento y miró sigilosamente el doctor. Este, ojeaba cientos de informes sobre sus múltiples visitas. De entre tantos folios, una gráfica hecha con los adelantos del paciente amaneció, parecía la caída de una montaña rusa, iba empicada desde el inicio del tratamiento, a penas unos simples picos de subida, denotaban una leve mejoría que se describía como una especie de preparación para volver a bajar varios escalones hacia la demencia total. Aquel paciente era una gran incógnita para él, no poseía ninguna causa fiable para ese trauma y, sin embargo, su afección era muy grave, más de la que muchos de sus visitantes diarios poseían con conocimiento de causa. Ellos querían curarse, pero Anselmo no, por lo menos esa era la conclusión a la que había llegado Ramírez.

La mente de Anselmo viajaba por sus conocimientos sobre aquellos indeseables que podían esconderse entre los cientos de tomos de libros, allí presentes. Una hoja en blanco se presentaba ante él, ocultando la cara de insatisfacción de su reconocido y prestigioso terapeuta.

- Bien – por fin se rompió el silencio. – Anselmo, no le voy a mentir – le dice quitándose las gafas. – Sólo me queda una cosa más por probar.

- ¿El qué? – responde su paciente con ojos de desesperanza.

- El electroshock – le dice Ramírez. – Viendo sus nulos progresos con terapia y medicación esto es lo único que me queda por probar – continúa hablando. – La técnica es muy simple, se colocan algunos electrodos en zonas determinadas de su cabeza y se elimina el recuerdo hacia la afección que tiene – respira hondo. – Puede perder algunas cosas más y es arriesgado, pero no me queda otra alternativa.

- Haré lo que sea – responde Anselmo desesperado.

Días después un pequeño volante, sujetado por unas manos embutidas en guantes de plástico grueso, entrega el parte de ingreso en un psiquiátrico a las afueras de la ciudad. Ya había firmado todo el papeleo, sólo le quedaba lo peor, pasar por la mesa de operaciones y esperar que todo saliera bien.

- Buenas tardes Anselmo – dice una cara escondida tras una máscara. - ¿Está cómodo?

- Estaría mejor con mi ropa.

- Sabe que eso no puede ser - responde su médico. – Cuando se despierte no recordará nada y será feliz.

- Eso espero – dice antes de comenzar con la terapia.

Unos minutos más tarde, unos minúsculos ojos se abren, está chillando, pero nadie lo escucha, la oscuridad es total. Unos tremendos golpes procedentes de algún lugar toman sentido en un rincón de su mente, está aterrado, mira hacia todos lados pero no ve nada. Sin embargo, el crepitar de varios cuerpos mordiendo una materia blanda y el reptar de algunos cuerpos, le hace perder los nervios. Están ahí, los nota, los siente, puede percibir como rozan su piel y se amontonan por millares a su alrededor.

Respira hondo, parece que todo le da vueltas y casi no entra aire aprovechable en sus pulmones. ¿Dónde está? - se pegunta así mismo - ¿La operación ha salido bien? Él mismo sabe la respuesta, no ha podido olvidarse de aquellos seres tan repugnantes, tendrá que buscar otro matasanos para que lo hunda todavía más en su desgracia.

Intenta moverse, pero sólo consigue arrastrarse por aquella cubierta. La tela de la sábana lo agobia, intenta desprenderse de ella para ver la luz, pero no encuentra su límite. Se vuelve hacia un lado, pero es imposible, cocha con otro cuerpo, algo baboso y rechoncho. Este la propina un bocado a la altura de la cadera, sus dientes no son humanos, unos colmillos bien afilados han traspasado su carne a modo de advertencia.

El temor completamente, no puede quedarse donde está, imposible, ha ido a parar al infierno. La operación no salió bien, de eso está ahora completamente seguro, pero los resultados han sido completamente nefastos. Está muerto, ahora lo sabe, a pesar de todo, respira y siente como si eso no hubiera acontecido. El sudor le llena por todas partes, intenta quitase una gota furtiva de sudor de la cara, pero no puede mover las manos, mueve la cabeza bruscamente para deshacerse de ella, lo único que consigue es el golpear unas pequeñas masas gelatinosas a su alrededor.

Una salida – quiere pensar para si. Se eleva sobre su tronco y comienza a roer la sábana, tras ella, una cubierta fibrosa y dura intenta parar su camino. Está demasiado asustado para detenerse, continúa su camino abriéndose paso a bocados. No quiere pensar, no desea pararse para ver si un resquicio de luz puede mostrarle la visión ciega en la estaba sumergido. Tiene pánico y no está dispuesto a quedarse para averiguar qué ha sido todo aquello. Continúa su camino, una cubierta térrea y blanda es ahora su cubículo. Descansa unos minutos para tomar aire, entonces piensa – esto es la cataplasma para tranquilízame – quiere creer aunque no consigue autoconvencerse.

Tras horas de interminable trabajo sale a la superficie, en todo es tremendamente gigantesco. A su alrededor miles de gusanos, recién eclosionados, penetran por el mismo camino que él ha hecho para salir. Grita de pavor, esta vez son más grandes, pero no se escucha nada - ¿qué tipo de terapia es esta? – vuelve a pensar en voz alta, pero no escucha nada, a penas el ruido de dos mandíbulas deformes chocar entre ellas.

Sigue reptando, su cuerpo largo y gordo está cansado por el esfuerzo, pero consigue llegar hasta el camino empedrado, allí intenta llorar mientras los pocos recuerdos, que un minúsculo cerebro puede almacenar, desaparecen en una completa metamorfosis. La luna llena como compañera, delata su posición. Ahora lo entiende, jamás ha tenido miedo a ser lo que es, era a la muerte y el ser devorado, deseó tanto ser inmortal desde edades muy tempranas, que se convirtió en una obsesión oculta tras una fobia infundada. Mira su cuerpo, clava sus dientes sobre si mismo y, mal herido, deja que este descanse por fin en paz, a admitido su error, su obsesión, está curado ya puede descansar.

7 cosas que decirte:

Ignotus dijo...

Muy buena historia, me ha gustado, además es de las del tipo de relatos a los cuales tengo afición, mis felicitaciones.

sangreybesos dijo...

Ya sabes que la historia siempre me ha encantado, y me gusta mucho cómo la has desarrollado.

¡Chapó!

Silderia dijo...

La he cambiado un poco amor, pero es que me gustaba más así, por fin. Tras tantos meses de deliberación sobre como desarrollarla me ha salido.

Ignotus, gracias por dejarte ver por aqui, me alegro de que te haga gustado la historia.

Ignotus dijo...

De nada, mi señora. Ojala sigas con otras como esa.

Silderia dijo...

Lo haré

Melvin de Gats dijo...

Realmente se agradece que lo hagas ^_^

Silderia dijo...

A ver que es lo próximo que se me ocurre