ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


24 de octubre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (VII)

Continúo ojeándola fijamente, su mirada me penetra hasta el fondo del alma. Un sudor frío comienza entonces a manar por mi cuerpo. El miedo es descomunal y, sin embargo, inconsciente de mí, decido coger aquel trozo de mi cuerpo colocado en el centro de la sala.

Ahora lo sé, no es un reflejo. No mueve su cuerpo a la vez que el mío y, mucho menos, sigue el mismo camino que yo. Ha cogido algo de su espalda, pero ¿qué? Sigo con mi arrebato infantil en el que deseo, ahora más que nunca, tomar posesión de lo que es mío. El cayado me acompaña en el camino, se tambalea en mi mano al mismo ritmo que el columpio en el que se pasea un niño. Por fin llego, la tomo en mi mano libre y… ¡No pude ser! ¿Cómo la coloco en su sitio? No se ninguna fórmula mágica para hacerlo. Pruebo una y otra vez, es imposible. Estoy condenada a quedarme sin ella para el resto de mi vida. Esa persona que me vigila al otro lado del pedestal, continúa erguida con una mano tras la espalda ¿qué estará esperando que haga? ¿Será mi imaginación? No se que puede estar pasando, esto es ridículo. Estoy intentando colocar una nariz en un lugar que, aparentemente, ya no le corresponde. ¡Cómo he podido ser tan sumamente ilusa! Quizás esperaba algo bondadoso de este mundo, sin embargo es tan frío y solitario como el lugar del que vengo. Eso sí, por lo menos no tengo engaños desagradables ya que estoy igual de sola que al principio, nadie ha intentado solventar mis dudas con engaños y, mucho menos, embargarme con una falsa amabilidad. Aunque ahora mismo no sé que es peor.

Abatida por la desesperación y tras múltiples intentos, un ruido seco, procedente de mi bastón, hace notar que he caído al suelo derrumbada y de rodillas. No puedo más. Dejo aquel trozo de carne inerte en mi regazo y tapo mi cara, aquellas facciones serias y severas, provocadas por los incidentes y la desconfianza, ahora se desprende en unas muecas hundidas y curvas, que dejan manar ríos de desesperación. En medio de tanto llanto, algunas van a tocar mi vara, esta se ilumina y comienza de nueva a cantar, ¿qué le estará pasando? En unos instantes, todo aquel desborde de ira y lágrimas, se corta para dejar paso a unos ojos curiosos. La veo envuelta en luz blanca, está cubriéndose de una finas tiras de luz, como si de un bonito ovillo de mariposa se tratara, pero yo soy una de las que van a formar parte de aquella gran crisálida. Aterrada intento huir con un movimiento rápido, corro. Ya es demasiado tarde, aquellas hebras de seda me han atrapado las piernas y caigo al suelo.

La tranquilidad se hace a mi alrededor. No veo absolutamente nada. ¿Dónde estoy ahora? Si es que me he movido del salón de espejos. No puedo moverme, los hilos me aprietan todo el cuerpo, mis brazos se han doblado dejando las palmas de mis manos a la altura de mi cara. Un mechón furtivo cae sobre mi mejilla, con esfuerzo, intento quitarlo y, para mi sorpresa, mi nariz está en su sitio. ¡Bien!, tengo lo que estaba buscando y ahora no puedo moverme. Un cambio estupendo – pienso para mis adentros. Si tan siquiera supiera la forma de hacer funcionar este maldito palo, pero ¿dónde está? Desisto, paso de pensar nada más. Eso sólo me ha traído quebraderos de cabeza. En este mundo el pensar mucho significa no comprender nada.

Cierro los ojos, respiro tranquila mientras canto a la misma vez que la melodía que escucho. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Por lo menos me entretengo de sufrir una agonía autoinducida por mi posición.

Un ruido de pasos me hace cerrar la boca, estoy en silencio y noto como da vueltas alrededor de mi cubierta. La toca, lo sé, puedo sentirlo como si fuera mi propia piel. ¡Mierda! He mirado hacia abajo. ¿Dónde está mi ropa? ¿Cómo la he perdido? Bonito loock para caminar por estos parajes – vuelvo a pensar en voz alta. Todo sigue en su posición inicial, creo que sigo en pie, no floto y los pasos continúan aconteciéndose. Sé que no es un buen momento para desearlo, pero, o me queda aquí hasta quién sabe cuando, o me arriesgo a que eso sea algo poco amigable. Y por su forma lo era.

¡Ahi!... Me ha pinchado con algo – Pero… ¡Qué demonios! – vuelve a escapárseme un leve hilo de voz. Tengo que pensar en algo. Nó, me he prometido que no lo haría, estoy muy mal acostumbrada a ello. ¡Ahi!... – exclamo de nuevo – podría quedarse quietecita con eso – ¿pero qué estoy diciendo? No estoy en posición de amenazar a nadie. Siempre igual, me pierde la ira. Me enfado, mucho, tanto que chillo con todas mis fuerzas, mientras empujo con mis brazos y mi cuerpo en un intento por romper esa tela o capullo, o lo que sea que me esté envolviendo.
Este comienza a temblar ¡Está cediendo! Por desgracia sólo lo hace hasta que me coloco en una posición más cómoda. A penas medio metro me separa de él. De buenas a primeras, mi cayado aparece, está brillando como antes de meterme aquí.

- ¡Anda!..que en buen lío me has metido – le hablo. - ¿Crees que esto es una defensa contra eso que está fuera? – sigo replicándole.

¿Qué estoy haciendo? Hablo con un palo inanimado, confirmado, he perdido completamente la razón. La soledad y el no decir una sola palabra en días me hace hablar con cosas inertes. También podría hablar con lo de ahí fuera, pero creo que se negaría a escucharme. Estoy perdido, y no sé porqué motivo, eso no me preocupa lo más mínimo. Lo he decidido, voy a salir de aquí, de una vez por todas. Y si eso significa que tengo que pelear, lo haré. No me queda otro remedio.

Con ambas manos tomo mi bastón coronado. Este me impregna de un gran cosquilleo, tiemblo y gimo a la vez. Mis ojos se tornan blancos, mientras un halo de oscuridad toma mi piel como su posesión. Deseo morir en esos instantes y, sin embargo, simplemente he perdido la conciencia durante un lapsus de tiempo.

Aturdida me levanto del suelo, sigo en la sala de reflejos imperfectos. El podio central ha desaparecido.

- ¿Te has despertado? – dice una de la imagen del fondo - ¿Preparada? – sin mediar palabra se lanza hacia mí con un monstruoso cuchillo en sus manos.

Un reflejo de supervivencia me hace esquivar el primer intento. Me he fijado en su cara. ¡Soy yo! No se porqué me asombro, toco mi cintura, algo está colgado en ella. Es mi… ¿mi espada? Tiene en la punta la perla que apresé en el estadio anterior, si es que esto puedo considerarlo como la subida a distintos niveles. Aunque yo preferiría denominarlo una baja al infierno.
- ¿Pero cómo…? – No me de tiempo a pensar más

Desenfundo mi arma, parando aquella arma afilada de una estocada. ¿Cómo lo he hecho? Tampoco me importa ahora. Es momento de actuar. ¿Lista?

2 cosas que decirte:

sangreybesos dijo...

Tienes razón; es un mundo carente de lógica cartesiana, pensar es el camino menos adecuado para llegar a una solución.

Silderia dijo...

aqui tampoco funciona