ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.


23 de enero de 2014

¡QUE VOY A SER DE MAYOR!

Cuando crezca voy a ser…

Esta frase la hemos dicho todos, yo quería ser veterinaria, periodista o estudiar bellas artes, pero sólo uno de estas metas se cumplió en parte, ya que mi profesión está muy lejos de parecerse a un médico de animales, un informador o una artista. No me ha ido mal, de veterinaria improvisada he hecho algunas veces con mis mascotas y con las de los demás, y no con malos resultados, podría decirse; de periodista, ¡bueno!, podría decir que me quité el gusanillo hace mucho tiempo y que es un mundo fascinante. ¿Y de la profesión de bellas artes? Hago mis pinitos con la pintura y la escultura, modelo y creo algunas cosas, pero nada más, simplemente es algo que me ha fascinado desde pequeña y que no me dejaron hacer por diversos motivos (entre ellos era la típica frase de padres de: “eso no tiene futuro”.)

Aunque no se puede decir que sea una insatisfecha con lo que hago, todo lo contrario. Sin embargo, llega un momento en que te paras a pensar qué demonios has hecho con tu vida y qué ha pasado para llegar al punto donde te encuentras. Me prometieron que si estudiaba el día de mañana tendría un buen coche, una casa grande, una familia perfecta, un sueldo estupendo y, lo más importante, un trabajo garantizado de por vida (y yo, junto con otros millones de niños y niñas de mi generación, nos lo creímos). Y la cosa pintaba aún mejor, no llegaríamos a los treinta años, antes de conseguir todos estos objetivos.

Bonitas promesas las que nos hacían ¿verdad? Nos enseñaron a sembrar hoy para recoger mañana. Todo esto se tradujo, en mi caso, en unas maratones diarias entre el colegio, el conservatorio (sólo fui unos meses, no me gustaba), las clases de pintura (eso si que lo aprovechaba), de baile, el karate, las clases de idiomas  y las miles de horas encerrada entre las cuatro paredes de mi cuarto para hacer los deberes y memorizar nombres de ríos, afluentes, provincias, siglos, reyes, acontecimientos, etc. Todo ello mezclado con la insufrible catequesis de los viernes, momento que disfrutaba porque era el único día de la semana que podía jugar un rato y si soy sincera, las hubiera cambiado por cualquier otra cosa con tal de no aguantar a la ex - monja que nos la daba.

Soltera, casada, viuda o rica.

Ha pasado el tiempo, ya no soy una chiquilla ingenua, pero tampoco soy la más avispada de este mundo, sin embargo, tengo las suficientes miras para comprobar que nada de esto se ha cumplido. No tengo un trabajo de por vida, un sueldo bien remunerado que me permita vivir con desahogo, una casa grande (de todas formas es mucho que limpiar) o un buen coche (lo cierto es que no me gusta conducir, aunque tengo el carnet), lo de la familia perfecta tienes que buscarlo tú, no depende de tus logros laborales, pero de algo puedo estar muy segura, mi título universitario está criando polvo dentro de su forro.

Esto podría suponer un déficit en mi autoestima y la caída inevitable en una tremenda depresión, como le ha supuesto a muchas y muchos como yo, pero me ha supuesto otras cosas, el pararme a pensar lo que he conseguido y lo que soy, detener el mundo y darme cuenta que muchas de las cosas que he hecho o logrado no han sido por motus propio, sino porque a mis padres les convencieron que me vendría muy bien para el futuro (fijaros si me ha venido bien que tengo un currículum de tres páginas y media sólo en estudios. De la experiencia laboral, mejor no hablemos), aunque historiales como el mío habrá miles.

¡Soy una campeona! No he obtenido los resultados deseados, pero eso no me quita mérito, nadie puede negarme mis metas logradas, mis horas de estudios, las lágrimas que he soltado por el camino, las horas sin dormir que jamás recuperaré, los codos resecos de tanto hincarlos sobre el escritorio, los millones de folios escritos, los litros y litros de café a altas horas de la madrugada para mantenerse despierto, el no haber salido o saber qué era una noche de fiesta hasta que no fui bastante mayor, la subida de la miopía y los dolores tremendos de cabeza y de ojos delante de un folio donde las palabras se arremolinaban, eso no puede negarme nadie que lo he hecho. Por eso no puedo pensar que he perdido, porque logrado todo aquello que me propuse y más todavía, porque hice lo que se suponía que debía haber hecho en aquel tiempo. Que subsisto de mala manera negándome a irme de mi país, si cierto (eso ha sido mi decisión.)

Ahora me toca a mí decidir.

Si este no es el momento ¿cuándo lo será? Nunca, esa es mi respuesta cada vez que me hago esta pregunta. Me enseñaron a ser buena, callada y obediente, porque era lo correcto en esos momentos, lo malo es que vengo de un lugar donde también me enseñaron a pensar.

La parte oscura de tener mucho tiempo libre es que te paras a pensar (otros a recrearse en sus propias miserias), miras hacia atrás y ves como lo que te habían prometido no se ha cumplido. Ahí es dónde te paras a memorizar lo qué has hecho. Vi como era todo lo que mis padres querían que fuera, pero no lo que yo deseaba ser, la decisión fue fácil, aunque no el camino a seguir, ahora tendría que pelear contra viento y marea para conseguirlo, y esto implicaba cambiar partes de mi educación, aquellas que tendría que identificar, destruir y remodelar desde cero. Tendría que luchar por conseguir unas nuevas metas y vivir con las consecuencias de los actos que había decidido.


Ahora si sé lo que voy a ser de mayor, voy a convertirme en artista, escritora de textos inéditos, escultora de sueños y voy a tirar abajo todo aquello que me inculcaron y que no me gusta, para volver a renacer de las cenizas. Es difícil, pero tengo tiempo, el suficiente hasta que encuentre un trabajo que me tenga lo bastante ocupada y me deje lo suficientemente cansada para no luchar, acomodarme y no me deje ganas de pensar.

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