
Pero, nada más lejos de la realidad, esta palabra tan bonita, que para mí significa libertad y luz, entre otras connotaciones positivas, puede volverse el peor enemigo del mundo. Puedes enseñar el respeto, la tolerancia, los buenos modales, la autonomía personal, la autocrítica y el pensamiento mismo iniciando un conflicto interior con un pensamiento externo que te haga llegar a un punto medio donde, ni lo que dice uno, ni lo que tú creías en un principio ganan, sino que lo real es un punto completamente diferente, y llegas a una consenso, un pensamiento, una autocrítica, una forma de actuación y, en consecuencia, evolucionas (por decirlo de alguna forma.)
Volviendo al párrafo inicial y aclarado lo que es aprender y educar en algo, por desgracia estoy viendo la parte mala de esta tendencia a la imitación que tenemos, que también se aprende, porque con eso crecemos. Imitamos a nuestros padres para comportarnos, a nuestros amigos, nuestros héroes, nuestros abuelos y, por fortuna o por desgracia, a todo lo que vemos por esos ojos que nos mandan información continuamente. Si realmente tuviéram

Por qué estoy diciendo esto, porque es verdad. Cada vez que salgo a la calle la gente se cree con autoridad de decirle al resto ciertos comentarios o cosas que ni les van ni les viene, muchas de ellas son por alimentar el morbo de los barrios, por intentar meterte en algo o por ganas de recibir una mala palabra o contestaciones que sólo pasan en televisión o no esperabas que te contestaran de esa forma.
Por ejemplo, este lunes, ya iba calentita desde por la mañana y había sufrido dos intromisiones en mi persona, que tuvieron sus consecuencias, ya que soy una persona cortante cuando se refiere a meterse en lo que a uno no le importa. A demás, los límites sobre lo que uno puede decir sobre mí, en público son muy limitados (es más, los que me conocen nunca se les pasa por la cabeza decir ciertas cosas.)
La situación era la siguiente: estaba en el autobús tan tranquila, iba de pie, apoyada en una esquina de hierro y con los cascos del Mp3 puestos, pero sin funcionar ya que se me había quedado sin batería, pero preferí no retirármelos de las orejas.
Llevaba mis guantes, con los dedos al aire y los huesos de mano pintados en ellos, un fulage (o como quiera que se escriba) puesto al cuello y mi chaqueta de cuero, estilo motera, todo acompañado por una gorra con visera, unas botas de cuero (con tacón alto), por supuesto, todo del mismo color, negro y unos vaqueros. Hasta ahí todo bien, que yo sepa me vi muy bien antes de salir de casa cuando me miré al espejo.
De pronto, una persona mayor se me para delante y se queda mirando fijamente, lo cierto es que no le hacía mucho caso, estaba leyendo la revista mensual que acababa de comprar, cuando escucho:
- ¡Menudas pintas que llevas!
No había duda, era a mí, sus ojos intentaban buscar los míos que estaban ocultos bajo unas gafas de sol oscuras. Decidí pasar de ella, el artículo que estaba leyendo sobre conexiones neuronales y la relación con el comportamiento humano era mucho más interesante que lo que tenía que decirle, a demás, no tenía ganas de gastar saliva.
- ¿Me has escuchado niña? – me dice de nuevo buscándome, aunque lo de niña se lo agradezco -. Te lo estoy diciendo a ti.
Para qué siguió buscándome, tenía que haberse quedado calladita, pero no, quería guerra, o simplemente pensó que no le iba a contestar. Entonces, me puse a hacer teatro, que me encanta ponerle dramatismo a estas situaciones.
- No soy sorda – le contesto sin dejas de mirar la revista, aunque había dejado de leer el artículo hace tiempo.
- ¿Sabes que llevas unas pintas muy malas? – me dice mirando mis guantes.
- Eso a usted no le importa – continúo hablándole sin levantar la vista de la revista (la foto de la página era muy divertida, aunque la pasé como si continuara leyéndola.)
- A mí no me contestes así – me dice enfadada, eso era lo mejor que estaba enfadad y a mi me habían entrado ganas de guasa, lo mejor de todo es que me parece que lo notó.
- El viejo mal hablado hace al joven desvergonzado – le respondo sin mirarla a la cara.
- ¡Tendrá poca vergüenza!
- Me lo acaba de enseñar usted – cojo el reproductor de música y hago como que le subo el volumen.
- Te estoy hablando – me dice moviendo las manos.
- Yo a usted no.
La guasa podía haber continuado pero una persona la mandó callar y el conductor le dijo que se sentara. Por supuesto se llevó todo el camino refunfuñando, y yo riéndome por dentro, pero hubo algo que me llamó la atención de toda su pelea con el cristal de la ventana. La señora dijo: “Esto lo aprenden todo de esos programas de la tele. Pues no se ha peleado S con P y dice que no va a volver con él.” Seguidamente su pelea mutó de tema volviéndose una conversación de besugos donde el cristal y algunas que otras personas se unieron al cotilleo, sobre personas de vidas ajenas en un circunloquio constante donde no decían nada. Por lo menos yo descubrí una nueva aplicación de la dopamina en la terapia de ciertas enfermedades, hasta llegar a mi parada, y, no es por nada, pero creo que eso era más interesante.

Conclusión (la mía, que cada uno saque la que quiera), la tele educa, para mal porque eso de que se pierda el respeto por los demás, que se crean con derecho a decirte todo, a corregirte y criticar hasta la saciedad descaradamente, sobre todo a no pensar, que esto lo tengan todas las generaciones, es fruto de esos programas que echan en horario infantil, las personas que los ven y los que fomentan esas conductas. Entre otras, porque eso no es simplemente el único factor.
¡Ah! Según la vieja, (y me tomo esa licencia de insultarla porque ella lo hizo conmigo, y esa es una regla fundamental para mí, no cruces mi línea y yo no me tomaré ciertas licencias), es que tengo pinta de ponqui (o como quiera que se escriba lo que pensaba) y así no se puede ir por la vida.