Y es que por estas fechas el personaje que menos me importaba era el de Papá Noel, sería porque jamás ha llegado a mi casa o simplemente porque algún payaso se disfrazaba del mismo para hacerse pasar por él y darnos los regalos. Alguien se dignaba a venir a darnos algo, pero eso no importaba, pronto se acabó esa estúpida tradición que no importaba a ninguno de los niños presentes.Como más nos divertíamos era dándonos los regalos unos a otros, primero los mayores y después los pequeños, por supuesto yo, como la mayor de todos los primos, no sabía exactamente dónde encasillarme, algo no iba, algunas veces acertaban con los regalos, otras no. Lo cierto es que la mayor parte de las ocasiones, hubiera preferido que me regalaran lo mismo que al resto de mis tías antes de que me dieran el dinero para que me comprara lo que quisiera (mejor dicho, lo que mi madre decidía que me hacía falta) en las rebajas. Nos íbamos de casa rural a festejar el año todos juntos y nos escondíamos los regalos, lo más divertido era cuando te encontrabas vales por 50 pesetas y tenías que reunir una cantidad equivalente a 12€ de hoy día, pero eso siempre eran cosas de mi tía la bromista. ¡Qué le íbamos a hacer!, un día te despiertas te encuentras a toda la trupe desayunando pan con manteca colorá, en una cocina ajena a ti.
Después de ello, otra reunión familiar, la de final de año, marcada por las bullas, es que la niña sale por primera vez de noche, que la pequeña de las cinco hermanas no llega y que mi madre, la mayor de todas, se ponía un poco de los nervios porque quería que todo saliera perfecto ¿adivináis ahora en qué casa se hacía? Por supuesto siempre he odiado ese preparatorio para algo que, daba igual como saliera, siempre le buscábamos algo para reírnos. Escondía mis juguetes del resto de mis primos e intentaba ser amable con todo el mundo. Jamás vi un libro en todo aquel montón de regalos, sería porque no interesaba o porque, a pesar de que son mi familia, ignoraban un poco mis preferencias. Pero todo pasaba, llegaban las campanadas, en las que yo jamás me tomaba las uvas y todo llegaba a su fin con la ida a las casas correspondientes del resto, la salida de la hija mayor y un poco de teléfono malsonante en el peor momento. La tranquilidad volvía a mi vida.
Sin embargo todavía quedaba lo mejor, los reyes, esos si que sabían lo que me gustaba, libros, algún que otro juego de alfarería o de mesa y cientos de caramelos, como no, algo de mi colección inmensa de ping y pong caía en la cesta. Yo nunca le dejé agua para los camellos, tampoco leche o galletas, a cambio, me daban unos regalos muy bien escogidos sin dejar ninguna carta
o muestra de enfado. Nunca recibí carbón.A pesar de todo, los mejores regalos vienen sin pensarlo, el año pasado me ofrecieron una casa que acepté de pleno y en la que llevo viviendo ya casi once meses, creo que me he portado muy bien, a pesar que por mi antiguo trabajo, estos dos años anteriores, podría decirse que si veía a un rey mago o a un gordo rojo con un saco, los apaleaba al instante. Noche de nervios ¿verdad?, no sé porqué pero aún sigo sin poder conciliar el sueño en esas vísperas. Pienso en la marca de colonia que me toca este año, eso nunca falla.
Los años pasan y yo he sido muy buena este año, eso sí a mi manera. Y según se mire, me he ganado un buen trozo de carbón o un estupendo regalo, aunque desde el punto de vista de estos personajes ancestrales, casi cómicos y misteriosos, por no decir imaginarios, creo que algo de esta sustancia me merezco, por lo menos podré encender una barbacoa y asar unas carnes frescas.


Lo cierto es que todos los días son buenos para hacer buenos propósitos, aunque nunca se ve el día indicado para ponerse a régimen, eso es cierto. Únicamente quiero que todo siga igual de bien ya que, como los que me leen asiduamente sabéis, no le pido a nadie porque me parece de idiotas decir cosas al aire que no tiene oídos, aunque todas las creencias son respetables y yo aquí digo lo que me da la gana.


