Y que conste que esto no es un insulto gratuito, que para eso están los malhablados de la calle que de cinco palabras que dicen cuatro son malsonantes y la otra ni siquiera saben lo que significa.
El caso viene porque la otra mañana, después de desayunar, fui a descolgar la ropa que había dejado toda la noche secando, cuanta ha sido mi sorpresa de ver que estaban llenas de migajas de pan. La de arriba, pensé por unos momentos, pero pudo ser cualquiera de los pisos superiores a mi bloque.
Será porque tengo una curiosidad demasiado grande o porque simplemente me gusta confirmar mis teorías, pero desde entonces recordé que el poyete de la cocina amanece así casi todos los días, mire el ángulo y comprobé que siempre tenía aquellos desechos del desayuno aunque la otra tuviera ropa colgada (cosa extraña). Una solución, me levanté temprano, antes de que ella se colocara esos estruendosos tacones, que por lo visto, utiliza también para andar por casa y dar por culo al resto de la humanidad desde antes que cante un gallo. Abrí la ventana, me coloqué en otra habitación mirando el ángulo y vi como descaradamente un plato asomaba desde la cocina y tiraba su contenido hacia la calle. ¡Eso sí! Lo tiraba usando una servilleta, no se vaya a manchar las manos. Por lo menos la servilleta la llevó hacia el interior.
Después me dice que baje la música, de la cual subo el volumen a las 11 de la mañana, porque siempre pongo el mismo disco y que ya se lo sabe (pues ya puedes ir al concierto – le respondí con la misma cara que ella me lo dijo). Por lo menos sólo es pan y no espaguetis, aceite o colas de pescado, entre otros (esto suena a consuelo de tontos) Pero es que para ser civilizados todavía nos falta un buen rato, demasiado para mi gusto.
Entre tanto, en este tira y afloja con los vecinos, los único que son felices son los gorriones que me encuentro todas las mañanas en mi cocina. Los veo a través del cristal y disfruto cada mañana con ello. Es más, no hago ruidos fuertes ni abro el cristal para no espantarlos, me recuerdan demasiado a mis antiguas mascotas, dos gorriones caídos del nido, que vivieron 10 felices años dándome muchas alegrías. Quizás no la castigue por ello, pero hay que ser guarra.
Sin embargo, si esto dejara de suceder, a lo mejor un trozo de pan comenzara a aparecer antes de que cante el gallo.




