ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.




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12 de diciembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (X)

Aún me tambaleo en el camino, aquellas esferas tan cercanas, ahora se presentan ante mí como una torre luminiscente lejana, allá a lo lejos en el este espacio muerto. A pesar de haber estado en situaciones similares puedo escuchar murmullos, me fijo un poco más en ellos y, lo único que puedo averiguar de ellos es, que no pertenecen a este mundo. Estoy en un pasillo, no distingo nada de lo que me están contando, pero sigo a delante, cada vez son más fuertes, inteligibles, pero claros.

Algunos de esos aros me rozan la piel, son afilados y sólidos. Mi sistema nervioso parece no percatarse de sus roces, sangro por las grietas que han abierto en mis muslos, sin embargo, no duele, noto su caricia asesina por mi vera, nada más.

Espero que este camino en línea recta, si así puede llamarse a este recorrido palpitante de obstáculos y falta de experiencia, en materia de vuelo, me lleva a alguna parte en la que pueda por fin descansar. En todo el camino no he comido más que unos pocos de cristales y dormido sólo una vez. Llevo aquí una eternidad, lo sé. Las experiencias vividas y mis magulladuras me lo confirman, no he podido hacerme tantos cardenales, cortes, arañazos y demás marcas en mi piel, en a penas unas horas. Su nivel de curación es diferente, aunque algunas de las más antiguas desparezcan entre los ríos, ahora visibles, de mi lava interna.

Ahora lo veo, está a menos de un palmo. Estiro la mano y toco el borde, es frío, mucho, tanto que mis dedos se colorean de morado en pocos instantes; me niego a soltarlo, estoy pegada por el hielo de su superficie, pero me da igual, he llegado muy lejos y no estoy dispuesta rendirme ahora, es demasiado tarde para ello. Ya no hay marcha atrás, tampoco existe tiempo para pensar en nada. En un mundo donde todo hace lo que el corazón te dicta y la razón pierde toda lógica y racionalidad, no vale la pena dar vueltas sobre lo sucedido, pasó simplemente como miles de cosas normales y diarias en el mundo que conozco. Puede que hayan dejado marca en mi consciencia, pero sin más se fueron de la misma forma que llegaron. ¿Qué me deparará el futuro ahora? ¿Quizás un nuevo plano de este laberinto aún por descubrir o ya lo he visto todo? Aquí he volado, luchado, comido, sentido, vivido de una forma completamente diferente. Ya sé que hay nuevas formas de ver la realidad, si es que lo otro puede considerarse un mundo real. ¿Estaré en el mundo que nos pertenece a todos?

Con un gran esfuerzo, consigo ponerme en pie en aquel ínfimo borde. Mis talones quedan por el exterior, me cuesta mucho mantener el equilibrio y mis brazos se tambalean en la nada como las alas de un pájaro principiante. Una vida llena de incertidumbre, podré resistirlo. Bah, ¡qué más da en estos momentos! Su centro es como un enorme tornado invertido que chupa todo lo que se cruza en su centro, parece que he llegado al mismo corazón de estos parajes.

Mi talón vuelve a intentar encontrar un lugar donde apoyarse, vuelvo a perder el equilibrio y, en un brusco movimiento de mi cuerpo, caigo a la nada como si nada. El camino tendría que ser rápido y con una visión desfigurada, sin embargo, ahora comienzo a escuchar los murmullos con claridad, veo cada lucecita de este negro interior lentamente.

- Por fin despertó – dice una voz desde el otro lado de una reja. – La sesión de electro shok sólo la ha dejado inconsciente hace unos días.

Esos dos fantasmas continúan hablando sobre mí, me encantaría decirles algo, pero sería inútil. Ahora me incorporo, vuelvo a mi butaca, aquella forrada de punto rosa y verde que hice antaño, miro por la ventana. Los pájaros vuelven a cantar como antes, sin parpadear a penas, sin hacer un solo ruido me quedaré visionando el horizonte rayado tras mis aposentos. No se cuanto tiempo tardaré en volver.

14 de noviembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (IX)

Estos segundos se me están haciendo eternos, ¿qué será aquella luz que sale de sus entretelas? Lo cierto es que ya casi parece que no siento nada, una paz interior va inundando mi cuerpo, el escozor de las heridas desaparece. Sólo permanece la horrible visión de aquella criatura de cara arrugada, roja y ojos casi inexistentes que me mira con una sonrisa grande y descarada. Esos dientes podrían arrancar la carne de mi cuerpo de un solo bocado. ¿Qué pretende? Creo en breves momentos lo averiguaré.

Su otra mano acaricia mi pelo suavemente, como un amante. Es cálida, muy suave e intenta no hacerme daño. Aquella cosa acaba de dar la cara, es otra bola como la de mi espada. Luminosa y más grande, su luz es negra, la de la mía blanca. ¿Será su opuesto? Pero… ¿Qué estoy pensando? Aquí todo es lo contrario de todo, el reverso del reverso, una vuelta más de tuerca a lo podríamos considerar un antónimo.

Tengo pesadez en los párpados, ya me duelen por el esfuerzo, he de mantenerme alerta, pero me es casi imposible. Intento resistirme a esta sensación, casi no puedo aguantar, con como paredes de ladrillos rellenos de metal muy muy pesado.

- Ahora duerme, no te resistas, estoy aquí para cuidar de ti – me dice una voz que sale de un cuerpo que no mueve los labios para espirarlo.

Para cuidarme, parece que no me altera nada ese pensamiento. A pesar de su aspecto, y de lo ocurrido minutos antes, no me suena para nada agresivo ni desagradable. Entonces, no puedo más, cierro mis ojos y dejo de ver todo lo que acontece a mi alrededor. A veces lo mejor no viene en botes de perfúmenes y con caminos de rosas.

Aaaaaah…. ¿Qué ha pasado? Hace un segundo estaba tumbada en el aire, flotando como una burbuja inerte y ahora vuelo sobre…. ¡nada! Simplemente no hay más de un inmenso vacía a mi alrededor, me muevo a mi antojo, eso es cierto. A penas tengo que mover una de mis extremidades para poder cambiar de dirección o hacer giros espectaculares.

Sé que no hay nada simplemente porque ya hubiera chocado con algo, mi forma de moverme en mi nueva situación, delatan lo novata que soy en este campo. Miles de turbulencias hacen que me tambalee en el aire y que salga desorbitada hacia quién sabe qué dirección.

Mis manos abiertas rozan con algo, el qué; simplemente ni me lo planteo, podría ser cualquier cosa. No merece la pena intentar averiguarlo. Cuando doblo la cabeza no he visto nada, si fuera algo reconocible por mi mente, ya habría visto algo. Solamente ha pasado tan cerca de mi, que ha hecho que mi sentido del tacto se altere dándome la señal de que algo ha pasado. ¿Un cambio tal vez? No sé porqué sigo haciéndome estás preguntas tan ridículas, quizás mi mente curiosa y ansiosa por saber, no se haya cansado todavía en su intento por comprender todo esto; sin embargo una parte consciente de mi fuero interno, me grita constantemente que nada de lo que estoy viviendo, desde hace ya un tiempo tan largo, que casi no puedo recordar, que hay que vivir lo que se me presenta haciendo todo aquello que te pide el cuerpo, ignorar a la razón e intentar ver la luz de algo a lo que podemos llamar un nuevo día; aunque esos ritmos también los marca mi reloj biológico, el cual parece que se ha ralentizado.

Parece que allá, casi de forma imperceptible, hay algo a lo que me acerco cada vez más y más. Me llama, pero no por mi nombre, es como un impulso que me hace dirigirme hacia aquella dirección. Arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda… Eso no importa, da igual, a lo mejor me lleva a otro mundo. No lo sé, pero aquellas ondas pululantes, en forma de zigzag, que parecen vivas y de colores grises, parecen más acogedoras que este frío lugar.
Por supuesto tengo muy poco que perder, ¿la vida? Creo que eso aquí vale lo mismo que en mi mundo, nada; a pesar de todo sigo manteniéndola y algo me dice que he de explorar los nuevos parajes. ¡Abrir paso que haya voy!

7 de noviembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (VIII)

- Aaaaaaah…. – se escapa un gemido de mi boca cuando paro el primer golpe cara a cara.

Con todas las fuerzas que poseo, la repelo hacia a detrás. Chic, chic, chic… span, span…. Suenan las espadas cuando ambas hojas se besan frenética y violentamente. Intento no herirla, soy yo. Pero cada vez me es más difícil no tocar su cuerpo con el filo de mi arma.

En un mal golpe, mi cuerpo cae al suelo. Cuando soy consciente de toda la escena, ella se encuentra sentada encima de mí, con las piernas abiertas, la espalda semiflexionada y el filo de su espada a pocos milímetros de mi cuello. Sonríe, la escena es terrorífica, sino fuera porque se que esa sería mi cara en similares circunstancias, creo que no estaría tan asustada. Sin embargo, lo que más me preocupa es que es tan impredecible en sus actos, como puede serlo cualquier persona, independientemente de a quién sea idéntica. Si la lógica no me falla… ¿qué estoy pensando? Lógica, en ninguno de los dos mundos una ciencia tan inexacta como es el estudio del comportamiento humano, ha funcionado en l vida… ¡Ya está! Por eso puede andar, porque es irracional e inverosímil el poder adivinar qué reacción tendrá.

Oh, oh,… Si fuera cierta mi teoría, conociendo como soy en momentos de furia, y puedo asegurar que lo está. Puede matarme.

- ¡Noooooo! – un chillido estrepitoso se escapa de mi boca sólo con tomar conciencia de mi posición.

La dilatación de mi garganta ha rozado la hoja, ahora una gargantilla roja y brillante adorna mi gaznate. Lo cierto es que no me duele en absoluto. El miedo debe de haberme paralizado los nervios. No puede ser, voy a morir y en mis propias manos. Esto no puede terminar así, no ahora que había conseguido algo, mi nariz. Pero dejémoslo, ya no importa, es como el camino de la vida real, tanto luchar para luego morir sin dejar rastro.

- ¿Lista? – dice mi otro yo cuando paro de chillar. – Lo prefieres de una vez o lentamente – inclina su cuerpo más hacia mí. – ¡Espera! – se pone una de las manos en la boca. – Mejor voy a elegir yo lo que va a suceder.
En ese momento, baja la retaguardia. Ha sido sólo una milésima de segundo, pero aquel pelo furtivo me ha hecho un gran favor. La empujo hasta que se estrella contra la pared más cercana, está a pocos metros. ¿De dónde habré sacado tanta fuerza? Da igual, ahora la que manda soy yo. Como una leona contra su presa, actúo rápidamente, ahora el filo de la espada que se encuentra en su cuello es el mío.

Nuestros cuerpos se pegan, tanto que puedo notar los esfuerzos de sus pulmones por respirar. En ambas puntas de mi espada, las palmas de mis manos sujetan el filo firmemente. Seguro que seré capaz de hacer lo mismo, pienso muy segura para mis adentros. Lo cierto es que no era tan fácil como lo visualicé en un principio. No soy capaz de atajar el camino y abrirle un surco en su garganta. Pero… ¡Un momento! Tiene el mismo hilo sonrojado que yo, en el mismo sitio, no puedo matarla.
¿Tantas ganas tenía mi otro yo de morir? ¿Cómo es posible? Me desconcentro por unos instantes, sin embargo y, a pesar de que ha notado mi baja retaguardia, no ha hecho ningún intento por salir de mi prisión. ¿Por qué? No tiene sentido, nada tiene sentido aquí dentro. El paisaje ha ido mutando con cada golpe de mi espada, los muros han caído uno tras otro, hasta estar en un lugar indefinido con un aire pesado y húmedo que hace muy dificultosa la respiración, es más, mis esfuerzos me cansan el doble, pero doy golpes como nunca lo he hecho. Pensándolo mejor, nunca me he visto en una como esta.

- Te has dado cuenta – por fin habla. – Yo soy tú y tú eres yo… No puedes evitarlo, somos dos mitades de en un mismo lugar.

- ¡Mientes! …. ¡Eso no puede ser! – le respondo chillándole.

- Por eso me tienes a punto de degollarme…. ¡Mírame! Soy igual que tú, es más soy tu, no puedes evitarlo – pone una expresión dulce en la cara.

Un brusco movimiento me hace levitar a pocos centímetros del suelo, mi espada cae haciendo un estrepitoso ruido. Entre tanto, aquella que afirma ser yo, la coge mientras sus manos rozan los hilos rojos que adornan su piel. Mira sus dedos manchados y da la orden para que mi cuerpo se acerque a ella. Entonces, coloca sus yemas manchadas de sangre sobre mis labios. No puede ser, sabe a…. Bueno no lo sé muy bien, pero está dulce y muy caliente, tanto que comienza a quemarme.

Humo, sale humo desde mi interior, me duele mucho. Pero no voy a chillar, cualquier acto de debilidad puede hacerla más fuertes y no voy a darle ese gusto, simplemente cedo mi posición tensa. ¿Qué pasa? Sus labios no emanan fuego. Me mira sonriente, sus ojos, trasmutados en dos llamas carmesí emanan ascuas de victoria. Mi cuerpo se coloca a pocos centímetros del suyo, con una orden de su dedo, me coloco en posición horizontal. Ahora si que estoy asustada, esa no soy yo, sólo es un demonio con mi cuerpo.
Una mano furtiva se interna bajo su blusa ¿qué está buscando? No se para qué me lo pregunto, si no quiero saber la respuesta. Esto no es como el resto de lugares por los que he pasado, me he metido en una trampa. De esta no salgo, seguro. Una luz llameante y negra, amanece entre sus doblajes….

24 de octubre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (VII)

Continúo ojeándola fijamente, su mirada me penetra hasta el fondo del alma. Un sudor frío comienza entonces a manar por mi cuerpo. El miedo es descomunal y, sin embargo, inconsciente de mí, decido coger aquel trozo de mi cuerpo colocado en el centro de la sala.

Ahora lo sé, no es un reflejo. No mueve su cuerpo a la vez que el mío y, mucho menos, sigue el mismo camino que yo. Ha cogido algo de su espalda, pero ¿qué? Sigo con mi arrebato infantil en el que deseo, ahora más que nunca, tomar posesión de lo que es mío. El cayado me acompaña en el camino, se tambalea en mi mano al mismo ritmo que el columpio en el que se pasea un niño. Por fin llego, la tomo en mi mano libre y… ¡No pude ser! ¿Cómo la coloco en su sitio? No se ninguna fórmula mágica para hacerlo. Pruebo una y otra vez, es imposible. Estoy condenada a quedarme sin ella para el resto de mi vida. Esa persona que me vigila al otro lado del pedestal, continúa erguida con una mano tras la espalda ¿qué estará esperando que haga? ¿Será mi imaginación? No se que puede estar pasando, esto es ridículo. Estoy intentando colocar una nariz en un lugar que, aparentemente, ya no le corresponde. ¡Cómo he podido ser tan sumamente ilusa! Quizás esperaba algo bondadoso de este mundo, sin embargo es tan frío y solitario como el lugar del que vengo. Eso sí, por lo menos no tengo engaños desagradables ya que estoy igual de sola que al principio, nadie ha intentado solventar mis dudas con engaños y, mucho menos, embargarme con una falsa amabilidad. Aunque ahora mismo no sé que es peor.

Abatida por la desesperación y tras múltiples intentos, un ruido seco, procedente de mi bastón, hace notar que he caído al suelo derrumbada y de rodillas. No puedo más. Dejo aquel trozo de carne inerte en mi regazo y tapo mi cara, aquellas facciones serias y severas, provocadas por los incidentes y la desconfianza, ahora se desprende en unas muecas hundidas y curvas, que dejan manar ríos de desesperación. En medio de tanto llanto, algunas van a tocar mi vara, esta se ilumina y comienza de nueva a cantar, ¿qué le estará pasando? En unos instantes, todo aquel desborde de ira y lágrimas, se corta para dejar paso a unos ojos curiosos. La veo envuelta en luz blanca, está cubriéndose de una finas tiras de luz, como si de un bonito ovillo de mariposa se tratara, pero yo soy una de las que van a formar parte de aquella gran crisálida. Aterrada intento huir con un movimiento rápido, corro. Ya es demasiado tarde, aquellas hebras de seda me han atrapado las piernas y caigo al suelo.

La tranquilidad se hace a mi alrededor. No veo absolutamente nada. ¿Dónde estoy ahora? Si es que me he movido del salón de espejos. No puedo moverme, los hilos me aprietan todo el cuerpo, mis brazos se han doblado dejando las palmas de mis manos a la altura de mi cara. Un mechón furtivo cae sobre mi mejilla, con esfuerzo, intento quitarlo y, para mi sorpresa, mi nariz está en su sitio. ¡Bien!, tengo lo que estaba buscando y ahora no puedo moverme. Un cambio estupendo – pienso para mis adentros. Si tan siquiera supiera la forma de hacer funcionar este maldito palo, pero ¿dónde está? Desisto, paso de pensar nada más. Eso sólo me ha traído quebraderos de cabeza. En este mundo el pensar mucho significa no comprender nada.

Cierro los ojos, respiro tranquila mientras canto a la misma vez que la melodía que escucho. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Por lo menos me entretengo de sufrir una agonía autoinducida por mi posición.

Un ruido de pasos me hace cerrar la boca, estoy en silencio y noto como da vueltas alrededor de mi cubierta. La toca, lo sé, puedo sentirlo como si fuera mi propia piel. ¡Mierda! He mirado hacia abajo. ¿Dónde está mi ropa? ¿Cómo la he perdido? Bonito loock para caminar por estos parajes – vuelvo a pensar en voz alta. Todo sigue en su posición inicial, creo que sigo en pie, no floto y los pasos continúan aconteciéndose. Sé que no es un buen momento para desearlo, pero, o me queda aquí hasta quién sabe cuando, o me arriesgo a que eso sea algo poco amigable. Y por su forma lo era.

¡Ahi!... Me ha pinchado con algo – Pero… ¡Qué demonios! – vuelve a escapárseme un leve hilo de voz. Tengo que pensar en algo. Nó, me he prometido que no lo haría, estoy muy mal acostumbrada a ello. ¡Ahi!... – exclamo de nuevo – podría quedarse quietecita con eso – ¿pero qué estoy diciendo? No estoy en posición de amenazar a nadie. Siempre igual, me pierde la ira. Me enfado, mucho, tanto que chillo con todas mis fuerzas, mientras empujo con mis brazos y mi cuerpo en un intento por romper esa tela o capullo, o lo que sea que me esté envolviendo.
Este comienza a temblar ¡Está cediendo! Por desgracia sólo lo hace hasta que me coloco en una posición más cómoda. A penas medio metro me separa de él. De buenas a primeras, mi cayado aparece, está brillando como antes de meterme aquí.

- ¡Anda!..que en buen lío me has metido – le hablo. - ¿Crees que esto es una defensa contra eso que está fuera? – sigo replicándole.

¿Qué estoy haciendo? Hablo con un palo inanimado, confirmado, he perdido completamente la razón. La soledad y el no decir una sola palabra en días me hace hablar con cosas inertes. También podría hablar con lo de ahí fuera, pero creo que se negaría a escucharme. Estoy perdido, y no sé porqué motivo, eso no me preocupa lo más mínimo. Lo he decidido, voy a salir de aquí, de una vez por todas. Y si eso significa que tengo que pelear, lo haré. No me queda otro remedio.

Con ambas manos tomo mi bastón coronado. Este me impregna de un gran cosquilleo, tiemblo y gimo a la vez. Mis ojos se tornan blancos, mientras un halo de oscuridad toma mi piel como su posesión. Deseo morir en esos instantes y, sin embargo, simplemente he perdido la conciencia durante un lapsus de tiempo.

Aturdida me levanto del suelo, sigo en la sala de reflejos imperfectos. El podio central ha desaparecido.

- ¿Te has despertado? – dice una de la imagen del fondo - ¿Preparada? – sin mediar palabra se lanza hacia mí con un monstruoso cuchillo en sus manos.

Un reflejo de supervivencia me hace esquivar el primer intento. Me he fijado en su cara. ¡Soy yo! No se porqué me asombro, toco mi cintura, algo está colgado en ella. Es mi… ¿mi espada? Tiene en la punta la perla que apresé en el estadio anterior, si es que esto puedo considerarlo como la subida a distintos niveles. Aunque yo preferiría denominarlo una baja al infierno.
- ¿Pero cómo…? – No me de tiempo a pensar más

Desenfundo mi arma, parando aquella arma afilada de una estocada. ¿Cómo lo he hecho? Tampoco me importa ahora. Es momento de actuar. ¿Lista?

17 de octubre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (VI)

Corro, no puedo hacer otra cosa. Ahora estoy convencida que aquello que vi iba a por mí. Dudo mucho de las intenciones que tenga, pero siento que algo me persigue, y yo he de ser más rápida. Pero ¿cuánto tendré que correr? Como el resto de preguntas que me llevo haciendo desde que entré aquí, ignoro por completo la respuesta.

Parece que no me he fijado por dónde iba, la cueva ha quedado atrás tan lejos que el paisaje se ha vuelto completamente oscuro, sólo unas elipses de múltiples colores adornan el paisaje. Sé que estoy andando por un sendero, pero no veo el suelo. Todo es completamente uniforme. Por suerte mi improvisado cayado, este que he tomado como mío dentro de un mundo que parece no atenerse a ninguna ley. A cada paso que doy, golpeo con él este supuesto piso, su ruido me indica que sigo por un lugar que aún permanece sólido.

Poco tiempo tardo en ocultarme completamente en este lugar. Como parece costumbre, ambos sentidos muestran un mismo paisaje pero, al contrario que los otros, me hipnotiza. Tantos colores, sus brillos y su fondo completamente negro, me hacen detenerme para observar tanta belleza. Aquí parece que el tiempo está definitivamente estático. No hay brisas ni sol que haga vislumbrar una senda definida. ¡Qué raro es todo esto! Igual que el resto de lugares en los que he estado, pero con mayor calma y armonía. Parece algo organizado dentro de tanta entropía.

Cuando salgo de mi estado de inconsciencia, continúo mi marcha hacia algún lugar. Espero salir pronto de este sitio; el cansancio por ver los diferentes mundos, fruto del goce de cualquiera, me está dejando sin fuerzas para desear otra cosa que no sea el volver a la supuesta normalidad de una realidad familiar y conocida. Aunque a veces pienso que aquella no es mejor que esta. Por lo menos aquí ocurren cosas interesantes a cada minuto.

En mi perdido camino hacia ninguna parte, unas burbujas opacas y completamente blancas salen desde el suelo. En un principio parece que aparecen de la nada, pero una mancha grisácea delata su nacimiento. ¿Irán hacia arriba o yo estoy boca abajo?

Una de ellas nace delante de mi, es completamente clara, algunos destellos dan unos pequeños tonos de luz, parecen estrellas escondidas tras las nubes. Sonrío, creo que es la primera vez que lo hago desde que estoy aquí. Por lo menos no con la sensación de alegría que me invade en ese momento. Mi curiosidad me hace intentar tocarla con la yema de mis dedos, no se mueve; sus bordes comienzan a vibrar con el roce de mi piel y una bonita melodía parece que proviene desde ese ser corpóreo. Entonces, comienza a volverse transparente, en su fondo aparece mi nariz perdida, mis ojos me hacen notar que es simplemente un espejismo. Pero ahí está, aquella cosa sabe algo, por lo menos que me falta una nariz.

Miles de esferas salen a la vez rodeándome, me asusto y elevo mi palo. Sin querer, le doy a mi curiosa amiga con su punta y esta comienza expresar su melodía más fuerte. Parece que no quiere despegarse de su agresor y se eleva junto a él. Ambos flotan por encima de mi cabeza y comienzan a girar formando la figura de un círculo, aún mayor.

El paisaje homogéneo comienza a caer, igual que una cortina cuando se desprende de sus enganches. ¿Qué es esto? Miles de imágenes, iguales a la mía, me observan desde todos los puntos mientras la cantarina continúa con su magnífica sinfonía.

No puedo quedarme aquí, pero no voy a dejar mi único agarre atrás. Elevo ambos brazos e intento tomarla. Para mi sorpresa se ha dejado tomar con suavidad parando su efusiva danza. Miles de ramificaciones le han salido y casi oculta la perla, de dimensiones gigantescas. Algunas ventanas me permiten ver que todavía sigue ahí, cautiva.

Decido continuar, ahora por un cilindro de espejos. A pesar de no verse sus múltiples encajes, miles de figuras me siguen al paso. El ruido de mis pequeños zapatos acompaña mi paseo. Hasta que me harto de caminar.

Esto me agobia tremendamente, me veo una y mil veces repetida, pero no soy yo. Esa imagen física, sin fosas nasales se parece a mi, pero no hay nada dentro de esos ojos. Parece que mi alma evita asomarse para observar en lo que me he convertido. ¿Será esa mi verdadera imagen? ¿He llegado a convertirme en esto? Espero que no.

En un instante de descanso mi bastón cae al suelo, este se raja haciendo una línea arbórea con su columna vertebral intacta. Me indica una posible salida o un posible destino, da igual. Sólo quiero encontrar el trozo de cara que me falta y salir de aquí. Comienzo a oler, alguien la ha sacado de la caja. Aromas frutales se mezclan con la hierva fresca, pero noto como la posan sobre una fina tela de terciopelo. Las manos que la tomaron eran suaves con olores a jabón. Puede ser que me esté acercando a ella.

Entre tanto, mi estómago me reclama algo de alimento. Por fin se ha dado cuenta de que necesita comer algo. Lo cierto es que me supone una completa desgracia, no hay nada que yo pueda considerar comida, miles de recuerdos intentan viajar a una época en la que sí tenía algo que llevarme a la boca. ¡No lo recuerdo! Y, cuando lo hago, mi apetito desparece dejando paso a las nauseas. ¿Qué está pasando? Miro al suelo, un pequeño fragmento de espejo se ha desprendido del suelo, parece apetitoso, ¡qué estoy pensando!

No le doy más vueltas a esto, todo es tan sumamente ridículo aquí que podría ser una perfecta comida para un extranjero, algo digno de una reina. Me agacho para tomarlo, bajo él hay más espejos. Algo que tampoco me atrevo a preguntarme más, parece todo muy normal dentro de la irracionalidad en la que vivo. Al tomarlo mis papilas gustativas comienzan a segregar saliva como si de algo apetitoso se tratara, pero ceso en mi intento por llevármelo a la boca. ¿Estará bueno? Pienso unos instantes, qué más da, ¿hay algo mejor por aquí que se te apetezca comer? La respuesta es no. Sin pensarlo dos veces me lo meto en la boca.

Todo lo contrario de lo que pensaba, es blando y jugoso. Sabe a… Cristal, ¡qué otra cosa podría describirlo! Creo que nada. Me levanto una vez saciada por la hebra rota hasta llegar a una sala octogonal. En el centro está mi nariz, la encontré. Sin embargo algo me dice que no he de acercarme mucho. Oteo cautelosamente cada una de las imágenes, esa que hay detrás del pedestal es diferente para mí. Estoy lista, llena y descansada. ¿Quién será?

10 de octubre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (V)

Llevo caminando mucho tiempo, demasiado; quizás sólo han pasado algunos segundos, pero esta humedad, unida a un sol abrasador, me puede. Mis rodillas tiemblan por el esfuerzo y mis pies dan punzadas de dolor. Pronto se negarán a continuar. He de buscar un escondrijo, algo, un lugar donde resguardarme para descansar. Ahora que lo pienso, desde que llegué a este lugar, aún no sé como, no he comido ni bebido absolutamente nada, ni siquiera he sentido la necesidad de dormir. Pero ahora el cansancio, la única necesidad que me aflige desde mis inicios, me puede más que las ganas y las esperanzas por salir de aquí.

Miro a mi derecha, tras una pequeña cascada sin río ni lago bajo ella, se puede ver claramente una gruta. El agua es clara, cristalina y algunos peces descienden por ello pero, ¿hacia dónde? El precioso líquido se pierde justo al llegar al suelo. No me para más me dirijo hacia ella, a lo mejor su cueva me da cierta seguridad para aliviar la hinchazón de mis pies. Al pasar a través de ella, un pequeño pez morado me golpea la mejilla en su descenso. Busco su recorrido, no hay nada. Solo suelo pétreo y duro. ¿Cómo?, pienso; en pocos segundos mi conciencia recobra el sentido común, si es que aquí puede llamarse aquí, de cómo pueden funcionar las cosas en este paraje inhóspito.

Ahora me entra sed, será porque me he parado a recordar lo que he hecho durante mi recorrido. Tengo muchas ganas de beber algo, el ruido de la cortina transparente me invita a tomarla; uno mis manos para formar un cuenco de carne y huesos, pero no puedo beber, el preciado líquido no puede pasar a través de mi garganta, ¿estaré condenada? Vuelvo a intentarlo, sorbiendo con todas mis fuerzas. Ahora algo me aprisiona las vías respiratorias. Golpeo mi pecho mientras noto como la vida se me va de entre las manos. Miro al techo y veo una cúpula de luz, estoy a punto de perder la conciencia, desciendo de nuevo al duro suelo. Cierro los ojos, me voy de aquí sin más, de la misma forma que llegue y, entonces, en una milésima de segundo me acuerdo de todo por lo que he pasado, lo que estoy buscando y me pregunto si de verdad quiero morir así. No, lo cierto es que poco me apetece acabar mis días en este lugar. Abro los ojos y, con un golpe seco y certero, presiono la boca de mi estómago para sacar algo.

Aún no he podido recuperar el aliento, mis manos tocan mi corazón y mi cuerpo se encuentra aún más dolorido que nunca. He notado la salida de algo, miro al frente. La cabeza de la rata blanca, está llena de fluidos internos, parece una mucosa espesa y viscosa. Me da asco, ¿cómo pude tragármela? Sus ojos, ahora blancos como el resto de su piel, miran hacia ninguna parte, permanecen abiertos. De pronto un gran temblor llena la cueva, el agua se estremeces, los peces han dejado de bajar por su columpio particular. El suelo comienza ha abrirse formando un río interno. Aquel cráneo mal oliente ya no existe; una gran boca de labios duros y negros, se la ha tragado justo antes de que el riachuelo comenzara a manar por él. Ahora sí puedo beber, el agua es fresca y revitaliza mi interior. Me siento nueva.

Algo me hace sentirme alerta, mi corazón continua muy acelerado y mi cuerpo comienza a estremecerse; como si todos los órganos de mi cuerpo bailasen a la vez un apasionado tango. A pesar de todo, me encuentro bien, el dolor ha desaparecido y, aquella horrible angustia, desapareció junto con mi inesperado huésped. Creo que me estoy convirtiendo en parte de esto. Miro mi pelo en el reflejo del arrollo, es el mismo y, a pesar de todo, parece más grueso al taco. Mi nariz continúa perdida dentro de algún sitio. Todavía puedo oler la pestilente tela con la que se ha cubierto y la madera mohosa donde está presa. ¿Dónde puede estar? En algún lugar de este universo, algunas veces paralelo y otras completamente distante de lo que conozco.
Algo me atormenta, un fuerte dolor de cabeza me hace posar mis manos sobre ella. Me va a estallar. El eco de mis alaridos retumba en las gruesas paredes y, pierdo la conciencia. Permanezco tumbada en el frío suelo, mis ojos se abren, escucho el gorgoteo del agua, noto la gélida corriente que me envuelve, pero no veo la oscuridad. Mi visión ha decidido partir lejos de mi cuerpo.

Ahora observo invisible a una familia, todo me resulta muy familiar y lejano a la vez. La costumbre de estos parajes me han hecho olvidar muchas cosas que, al volverlas a ver, recuerdo con claridad, trayéndome pensamientos muy dispersos para mi. Aquellas personas están cenando apaciblemente mientras floto en el aire tras su ventana. No tengo cuerpo, pero tampoco me importa. Miro los platos, parecen trozos apetecibles de comida; ser ríen y hablan entre ellos. Son como cualquier grupo de personas que intercambian las anécdotas diarias. No puedo creérmelo, estoy en mi mundo. Pero sólo en una parte.

No se por qué miré hacia abajo, me encontraba levitando sobre una piscina. Al fondo, un montón de huesos y trozos en descomposición y sangrientos de cadáveres reposaban. Una cabeza descansa en la parte más llana al lado de una mano casi esquelética. Me horroriza ver esto. ¿Qué está pasando? ¿Dónde he ido a parar? La verdad es que no quiero saberlo nunca. Mi mente vuelve a nublarse para volver a tomar el reflejo de una noche tranquila, la luna llena ilumina todo el paisaje y, bajo una capa cristalina y líquida, una sombra sale de pronto con un gran cuchillo en la mano. Solo puedo distinguir una silueta inconclusa de todo eso, pero sé que es humano, por lo menos su apariencia me hace pensarlo.

Me despierto acelerada, eufórica,… Algunas gotas furtivas de sudor coronan mi pecho y recorren toda mi piel. Me centro, miro a mi alrededor y no hay nada, solamente ese simple canal de agua natural cristalina, algunos peces de colores me observan desde el fondo. Estoy cansada, mucho, aturdida y no puedo moverme. Parece que ese viaje me ha dejado exhausta. Sin embargo, me da la sensación que aquella cosa viene a por mí. Busco un agujero profundo en la roca, un resquicio. Cuando lo encuentro, me adentro en mi improvisada madriguera colocando una gran roca delante de mí, ahora intentaré descansar y dejar que mis heridas se curen.

Intento conciliar el sueño, el regreso de mi alma a su envoltura no ha sido muy agradable. De todas formas, no puedo continuar así. Tomo el palo entre mis manos y, a duras penas, consigo descansar. ¿Qué habrá al otro lado de mi habitáculo oscuro cuando me despierte? ¿Volveré a soñar o fue una visión? No puedo dejar de darle vueltas a la cabeza, este mundo es demasiado impredecible.

3 de octubre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE (IV)

Miro hacia a bajo y un gran susto me invade, es el terror a caer. El sobresalto me acelera el corazón desmesuradamente, mientras mi mente decide observa más atentamente. Estoy flotando en algo parecido a una burbuja. Es sólida, pero muy fina. No me atrevo a levantarme. Puede romperse e, inevitablemente, caería al suelo. No lo deseo así. No puedo acabar de esa forma.

¿Hacia dónde voy? Esta gran esfera me lleva hacia un lugar donde un camino invisible marca su rumbo, ahora no depende de mi decisión o simplemente de continuar sin más remedio hacia a delante. Simplemente es dejarme llevar por unas manos invisibles hacia un destino incierto, igual que antes. Desde que llegué aquí no he ido más que hacia a delante sin pararme a pensar en nada, ¿y si me hubiera desviado de la senda marcada? A lo mejor estaría ya en casa. Lo cierto es que la respuesta es tan inverosímil como lo que estoy haciendo ahora. ¿Hacia dónde me lleva esta procesión invisible de túnicas cristalinas y transparentes? ¿Dónde estoy ahora? Tampoco sabía en qué lugar me encontraba antes. Pienso mientras mi improvisado y forzoso vehículo sigue su rumbo con un pasajero disconforme.

Estamos llegando, por lo menos eso me parece. A lo lejos puedo ver algo parecido a tierra. Son montañas redondeadas y gordas, como miles de pelotas puestas unas encima de otras sujetadas por una fuerza invisible. Brillan mucho, tanto que me deslumbran cada vez que mi esfera se mueve ligeramente por las corrientes aéreas, si es que eso existe aquí. De entre ellas se elevan dos grandes columnas y, en su punta, un arco de flores rosadas parece que da la invitación para pasarla. No me fio, he viajado ya tanto por estos entresijos que lo más común y familiar pude convertirse en una simple pesadilla.

Una cara, tan grande como un edificio, aparece al lado de la estructura gomosa. Abre su boca y comienzo a temblar. ¡La burbuja va directo hacia ella! Pero, ¿qué puedo hacer? No puedo ver el suelo desde aquí, y si no existe. Puede que fallezca en el descenso, si es que logro romper esta jaula. También podría quedarme flotando para siempre. No hay más tiempo, cuando unos dientes, de dimensiones gigantescas muerden por la mitad mi improvisado habitáculo móvil. En un intento por no sucumbir, echo mi cuerpo hacia la parte que da al exterior. Cualquier cosa sería mejor que acabar como entremés.

Caigo hasta pocos metros de altura, ni siquiera me ha dado tiempo a elevar la voz por el pánico. Ahora una palma, carnosa y llena de callos, me sujeta sobre una cama de naranja. El olor a fruta fresca consiguen ponerme aún más nerviosa. Los ojos de aquel magnífico titán me miran con curiosidad, parece que jamás ha visto un ser tan pequeño como yo. Está extrañado. Sin embargo me mantengo alerta, no tengo muchas salidas. Si lo pienso mejor, ninguna. Por lo menos espero que si me devora, pueda causarle una buena indigestión. En esos momentos, la opción pensada minutos antes no me parece tan mala, solo que ahora es tarde, demasiado para tener una muerte decidida por mí misma y sin más sufrimiento que el yo me haya buscado. Estoy confusa, desorientada, dolida por la caída y paralizada por el terror. Las ideas se han atascado por el estrecho tubo de mi mente. No se que puedo hacer.

Sin pensarlo, como un simple reflejo, la debilidad me invade y hago lo único que puedo en ese momento, llorar. Una lágrima furtiva sale por mi ojo. Es morada, ni siquiera mis fluidos corporales son normales aquí arriba, si es que esto es arriba y del lugar que vengo, puede llamarse abajo. Evito que sus compañeras la sigan en el suicido, aprieto mis puños y muerdo mi labio inferior. Estoy perdida, lo sé.

Justo, cuando roza mi mejilla, un dedo meñique de dimensiones desmesuradas, se aproxima a ella. De pronto, encoge gradualmente hasta una proporción similar a la mía y seca mi amago de debilidad. Pertenece al ser que me tiene presa. ¿Por qué? La respuesta pasa a formar parte de las cientos de incógnitas que he ido acumulando durante mi recorrido, quizás concéntrico, en estos parajes. Parpadeo y, cuando vuelvo a ver la luz, la palma sigue ahí, pero la cara ha desaparecido. Ahora un hombre robusto, alto y con el torso desnudo, acaricia mis facciones. Es cálida y no puedo evitar devolverle una sonrisa.

Nuestro pedestal toma un camino inconcluso, arranca bruscamente mientras dejamos a lo lejos la entrada hacia algún lugar; ahora volamos hacia un nuevo horizonte. Me abraza tomándome por la cintura, sin embargo no habla, solo sonríe y me señala diferentes puntos en el horizonte. La muerte de miles de estrellas, que acontecen en esos instantes, muestran un espectáculo maravilloso, justo cuando un gran sol resplandeciente se esconde. Una llamada de sus labios me hace mirarlo, al volver la cara me roba un beso furtivo. Doy un paso atrás tapándome la boca, ahora sus resplandecientes ojos han cambiado su expresión.

Continuó mi retroceso hasta que el borde me impide seguir, entonces una horrible criatura, enzarzada en serpientes venenosas y enfurecidas por la ira, intenta agárrame. Solo hay un camino, no hace falta pensarlo mucho. Salto al vacío con mis manos extendidas e intentando no pensar qué es lo que puede pasar al final de mi descenso.

Un gran golpe elástico ha parado mi caída, me duele la nariz y noto como mis vestimentas han cambiado en el proceso. Ahora forman un estilo diferente al anterior, sus costuras marcan otras formas, otro cuerpo. Pero sigo siendo yo, o quizás no. Un gran halo de confusión me invade la mente, toco mi cara y... ¡no tengo nariz! Eso me hace volver en sí de repente ¿Si no está, cómo me puede doler? ¿A qué lugar habrá ido a parar? Mi expresión es muy espabilada, mis ojos, viscos y casi salidos de sur órbitas la buscan sin parar, unidos a las yemas de mis dedos. Toco mi pelo, es más grueso de lo normal, como alambres, ¿qué ha pasado con él?

A duras penas me levanto de mi reposo fortuito, el suelo se hunde a mis pasos. Un ruido me hace volverme. Algo está aprisionando esa parte de mi cuerpo perdida, se que es ella. Puedo oler el aroma aceitoso de las manos de su cautivo, el polvo del interior del cofre y notar cómo una pequeña mota de humedad se posa sobre su punta. Quiero correr hacia ella, chillar, pero decido quedarme observando a la nada. De pronto, el sol hace de nuevo su aparición, los días son tremendamente largos aquí, dejando solo unos escasos minutos para una noche efímera. Un río cristalino me enseña una ruta, decido seguir. Ahora estoy más perdida que nunca, pero no voy a salir de aquí a trozos, quizás esa criatura de manos grasientas, pueda indicarme el camino a casa, si es que tengo suerte. Ahora solo puedo olerla, ni siquiera la he visto con mis propios ojos.

Me encojo de hombros, miro el camino y, con la ayuda de un largo palo, decido seguir mi olfato bien lejos de su lugar. ¿Qué me espera esta vez? El cansancio ante esta situación puede conmigo por unos instantes. A pesar de todo, continuo a delante, siempre a delante.

26 de septiembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONCONSCIENTE (III)

Acabo de llegar y me parece que llevo aquí más tiempo del que debería, el cubo ha desaparecido de entre mis manos, al igual que la escalera; ante mis ojos, pude ver cómo se fundía con la pared, se volvió cemento gris oscuro. Ya no existe, al igual que el retorno al bosque, ahora es imposible de alcanzar aquel círculo de luz, ahora a varios metros por encima de mi cabeza. Pero, ¿dónde me encuentro ahora? La respuesta es muy simple, sigo en algún lugar de algún sitio, perteneciente a ninguna parte. Lo cierto es que antes me preguntaba ¿cómo habré llegado aquí? Eso ya no importa.

Miro hacia atrás, el túnel sigue un único sentido de dos direcciones, ¿cuál escogeré? A mi espalda se levanta un canal de aguas turbias y oscuras, creo que será lo mismo en ambos sentidos. Se escucha una fuerte corriente, no quiero arriesgarme, doy un giro de ciento ochenta grados y… A pesar de que me duelen los ojos por el esfuerzo, veo lo mismo. Oscuridad.

Pasados unos minutos, en los que mi mente da miles de vueltas, respecto al camino a seguir, parece que mi vista se acostumbra, comienzo a ver algo de claridad. Miro en la dirección inicial, nada; vuelvo la vista atrás, igual. Entonces, un leve murmullo procedente del agua, me hace fijarme en mis pies, están completamente empapados. Busco algún lugar seco donde incorporarme, ni un resquicio. Algo me aprieta los talones, bajo mis piernas y las curvo hasta colocarme cuclillas, es un brazo dibujado en el agua; este tira con fuerza hacia un punto del túnel. Le hago caso, no tengo nada que perder y, en ambos casos, cualquier opción es mejor que la indecisión o la duda, esa que tanto me aterra; llego hasta una pared, la humedad sale en forma de pequeñas gotas por las paredes, todas recorren caminos inconclusos hasta que forman una especie de cara. Está deformada, sin expresión humana reconocibles, sin embargo, me hace pensar que pudo tener un cuerpo en algún momento de su existencia, si es que la tuvo.

Una gran boca se abre ante mí, tapa sus ojos deformes y me muestra, sin decir una sola palabra, un camino a seguir. Quizás fuera en otro tiempo, cuando este cilindro de cemento y acero, tenía otra forma otros colores y, a lo mejor, ventanas que permitieran la entrada de luz. Estoy sudando, dolorida y temblorosa, el miedo invade mis huesos; y mi mente deja de pensar por unos instantes. Hace calor, demasiado para mí. La humedad es cada vez más alta y casi no puedo respirar con normalidad. Mientras, aquel ser de agua me muestra un nuevo camino a seguir, ¿pero dónde se encuentra? Ahora se ha calmado, sus labios acuosos se cierran y comienza a llorar lágrimas secas, que me muestran una pared firme. La toco, quiero parar aquella pena y, antes de que mis dedos alcancen su rostro, se va. Sus moléculas se unen en una misma forma ovalada, y se une a sus compañeras del río. A pesar de todo, mi brazo no ha interrumpido su acción, toco la pared y esta no existe. La atravieso como si fuera un fantasma.

Al otro lado, el paisaje no es menos desalentador. Escucho ruidos y decido ir a buscarlos; en mi recorrido, noto como miles de ojos me observan, los murmullos de pequeñas garras chocando contra un suelo duro y espeso, me persiguen, son cientos, quizás miles. Espero un momento en silencio, cierro los ojos y extiendo los brazos. Escucho el clamor de almas perdidas en el agua, pasan de entre mis piernas, agarran mis tobillos y, de vez en cuando, se alzan como olas de más de un metro mostrándome sus deformes facciones. Más cerca aún, noto el paso de aire hacia unos pequeños pulmones, unos latidos rápidos, los pasos de antes. No hay duda, me vigilan y vienen hacia mí. Elevo la vista y, puedo verlos. Me rodean, están por todas partes. Unos dientes largo y afilados muestran sus intenciones; no quiero correr, es inútil. Este es su mundo y yo una intrusa que ha venido desde muy lejos; si es que en este mundo existen esas distancias.

Se lanzan sobre mí, pero no digo nada. Dejo que me tomen; me muerden y me llevan a una habitación extraña. Tiene una cúpula muy alta; su forma hexagonal muestra que antes fue algo, puede que sirviera de cámara para alguien importante, ahora todo eso no importa. El decorado se ha vuelto oscuro, sólo unos pequeños resquicios de colores chillones, muestran que alguna vez perteneció a alguien más que a estos seres. Un estrepitoso ruido de trompetas se acerca. No puedo moverme, esos seres con colas largas, dientes afilados y garras finas, se han colocado sobre mis extremidades haciendo las veces de una masa informe que me aprisiona. Pesan demasiado, tanto que he de ponerme de rodillas si no quiero que el esfuerzo me agote.

Ahora veo como se acerca una comitiva de roedores, en su centro una rata blanca me mira con ojos desafiantes. Sus ojos son rojos y, en su centro, un pequeño punto negro, se dirige a mi persona. No hace falta mucho, no puedo dejar de mirarla con expectación. Sé que es una imprudencia por mi parte, pero la desafío grotescamente. Sus súbditos entonces saltan sobre mí. Seguro que no está todo perdido. Todavía noto el agua mojarme, el río no me ha abandonado y miles de alarido me acompañan en aquel suicidio.

El peso de tantos individuos sobre mi me aplasta, ahora se lo que pretenden. Quieren hacer una alfombra con mi cuerpo, algunos huesos crujen en mi descenso. El agua se aparta cuando mi cara toca el suelo, están de mi parte. ¿Por qué?

Cedo ante tanta presión. Ahora me encuentro en el centro de una montaña de pelos mugrientos y escucho miles de chillidos de euforia. Su aliento es pútrido y sus dientes amenazan con arrancarme la nariz, sino algo más. Estoy harta, de tanto dejarme vencer que ya no puedo más. He sido pisoteada bastantes veces y he llegado demasiado lejos, aunque quizás todavía esté a principio del camino. Como para perder mi batalla contra estos mundos.

Las almas perdidas me acompañan en mi esfuerzo por levantarme, han formado un túnel entre las ratas y yo, separándome del resto de la galería. Una burbuja de caras transparente me acompañan en el camino hacia la parte central, en ella, la rata blanca me espera. Sus ojos se tornan de un mismo color cuando me ve frente a frente, ahora nada puede evitar la lucha. Ahí está de píe ante mi, enseñándome sus garras. No mide más de unos quince centímetros. La tomo por el cuerpo y dejo que su ira se ensañe contra mi mano, quiero estrujarla.

Aprieto mis dedos cada vez más y más, noto como cada segmento de su esqueleto se retuerce bajo mi presión, pero no se rinde. Una de sus aliadas me salta a la cabeza y muerde una brecha cerrada de una batalla anterior. El dolor es cada vez más insoportable; una nube negra tapa mis pupilas, mis dientes crecen y, en un atisbo de venganza, le arranco la cabeza de un solo bocado a mi presa. Vuelvo mi cuerpo, en la sala todo se ha calmado, el agua vuelve a tomar su cauce normal y el ejército de enanos se fusiona para formar un suelo duro. Una línea rosa me muestra un camino de salida. Pero no le hago caso, estoy demasiado ocupada levantando mis manos y chillando igual que un animal, mi boca llena de sangre exhala un alarido de victoria, mientras el cuerpo inerte y sin cabeza de la reina, se contonea como un pañuelo de seda en las manos de una bailarina.

Al volver en mí misma, corro siguiendo la línea. ¿Volveré a casa? ¿Continuaré en este lugar mucho tiempo más? Estas preguntas invaden una mente que vuelve en sí poco a poco. ¿Dónde me llevará este nuevo camino? Abro una puerta y….Una luz cegadora evita que vea el camino, hago un poco de sombra en mis ojos y ¿dónde demonios me encuentro ahora?

19 de septiembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONCONSCIENTE (II)

Un gran bosque de hojas oscuras se eleva frente a mi. Esto no parece mejor del lugar del que acabo de llegar. Decido adentrarme, ¿qué otra cosa puedo hacer si la puerta se ha esfumado en miles de destellos?

A pocos pasos una hoja me corta el brazo, entonces les presto atención. Son brillantes, acabadas en punta y de cristal muy fino y afilado. Miro más atentamente y descubro que su engaste con unas ramas gruesas y duras, es tan sensible que una simple brisa podría romperlo. Ahora entiendo por que no escucho ruidos del interior.
Algunas criaturas rastreras me han dado la bienvenida a ese inhóspito lugar. Son alargadas, de colores muy oscuros, su piel tiene que ser muy dura para no romperse con el roce de esos cuchillos colgantes. Decido continuar muy despacio, evito hacer cualquier tipo de ruido para impedir la masacre de mi propio cuerpo, pero es excesivamente difícil. Las hojas crujen bajo mis pies, y cada paso significa un temblor interno que me hace detenerme para mirar por encima de mi cabeza. Ahí están, quietas, casi no se mueven de su sitio. Sus puntas miran directamente al suelo, algunas me tienen en su lugar de mira.

Trago saliva y continuo mi camino, ¿pero cuál es? Ahora no hay sendero que seguir, nada que me indique el camino correcto, me gustaría evitar pensar que estoy andando en círculo o que ese será mi destino final. No puedo evitarlo, miles de preguntas y pensamientos indeseados llenan mi mente de malos presagios y provocan que mi corazón se acelere. El silencio se hace cada vez más intenso, hasta el punto que puedo notar los latidos de mi corazón. Una gota furtiva de sudor comienza una procesión por mi espalda, a esta la siguen unas más por todo mi cuerpo. Las manchas rojas, ahora secas, vuelven a cobrar vida con la hidratación que les da mi cuerpo. Algunas plumas, fruto de mi arrebato pasado, se despegan de mi pelo para formar parte del aire, parecen insectos de grandes alas. Una de ellas comienza a caer, ¿de dónde ha venido? Es igual y, a la vez, muy diferente a las demás. Planea por el espacio entre un bosque maldito y mi cabeza. Miro más atentamente, ¡tiene ojos! Y me mira fijamente. Entonces, comienza a batir sus alas, da media vuelta e inicia un recorrido a través de los árboles.

No lo dudo un momento, esa puede ser la señal que me saque de allí. Sino lo fuera, tampoco tendría mucho más que perder. La sigo rápidamente, evitando no cortarme, entre aquel venenoso follaje. Algunos escarabajos y lagartos extraños, sucumben a mis pies. Entonces veo un claro completamente ausente de vegetación, en su centro, una gran piedra me invita a descansar en ella, antes de seguir.

La pequeña polilla de ojos descomunales y alas suaves se posa en ella. Corro a su lado y, discretamente, me siento a cierta distancia de su frágil cuerpo. No quiero espantarla, lo cierto es que no se dónde me lleva y si he seguido la señal correcta, pero no me queda más remedio que agarrarme a la primera cosa que encuentro. Me cuesta mucho resistirme para no tocarla, se que un roce de mis yemas podría perjudicarla gravemente.

A pocos centímetros de ella, una gran serpiente de colores llamativos, repta de entre los restos de sombra. Nos ha visto, se acerca a nosotros y… En pocos segundos ha subido a la roca, es rápida, demasiado para mi vista. Cuando quiero darme cuenta está a mi lado, de entre sus planos e inertes labios, asoman unas patas blancas. Se ha comido a aquel angelito luminoso. Me mira y desaparece en un parpadeo.

Se que esto no debería asustarme de tal manera, pero no puedo hacer nada más. Me levando miro al fondo del bosque y chillo con todas mis fuerzas. Aquella vocal insulsa, se vuelve un grito de guerra y desesperación ante tal acontecimiento. Mis manos se elevan hasta la altura de mis hombros, mi cuerpo cambia de color mientras mis pulmones se deshinchan, mi corazón late aceleradamente roto por un sentimiento de ira. El esfuerzo me hace caer de rodillas, en poco tiempo mis cuerdas vocales se cansan, todo se ha parado. Continúo de rodillas, mirando a no sé muy bien donde, lo cierto es que todo continúa igual de oscuro.

Un ruido enorme y fino ataca mis oídos, tapo mis orejas con las manos y me encojo en el suelo como un bebé. Cierro los ojos y espero. El suelo tiembla, escucho como miles de cristales se rompen en mil y un pedazos, algunas hojas se clavan directamente sobre la tierra seca y firme, dejando sólo la punta de su lanza intacta.

Tras el tremendo estruendo, pequeñas moléculas reflejan rayos de luz. Aquel flamante bosque ha quedado con la apariencia horripilante de un gran desastre. Miles de esqueletos arbóreos se elevan ante mi. Los troncos han perdido su color inicial, ahora son negros. Las llamas de mi corazón han llegado hasta ellos, han muerto. El suelo se ha tiznado de verdes destellos, oscuros y crujientes al paso. Ahora si puedo vislumbrar una pequeña senda. Corro sin miedo.

Llego a su inicio, el bosque se ha recobrado en pocos instantes tras de mi. Ahora una pradera oscura, con un sol tapado por sábanas de algodón gris, me acompañará en mi camino. Encuentro una bifurcación. Una de ellas es muy corta, tanto que puedo ver dónde acaba. Sin embargo, decido seguirla, siento curiosidad por ver aquellos pequeños montículos que se yerguen al final. Para mi sorpresa son peceras rotas. Tan sólo unas pocas aún mantienen peces extraños en su interior.

A mis pies se abre una escapatoria, una pequeña puerta me indica un nuevo recorrido. ¿Será el regreso a casa? Mi mente se permite el beneficio de la duda. Tomo un pequeño cubo roído por el óxido, será suficiente para llevarme ese precioso cargamento. A la intemperie morirían en poco tiempo y no puedo permitirlo.

Parece que actúo como una especie de diosa mientras recojo a los indefensos. He decidido a quién voy a salvar y a cuáles no. Algunos de ellos son anfibios con pequeños ojos amarillos, negros e informes que se esconden tras las rocas de un falso decorado. Poseen colmillos que sobresalen. No voy a arriesgarme a que me muerdan, puede que sean venenosos. De todas formas no los condeno a una muerte entre cristales. Antes de partir con un cubo lleno de vida, rompo sus cárceles invisibles y dejo que ellos decidan lo que desean hacer.

Abro la cubierta, escucho agua. Podré soltar a los pequeños allí. Bajo por una pequeña escalera de madera, miro atentamente. Los peldaños pueden estar podridos y no estoy dispuesta a caerme de nuevo. Mientras desciendo, pierdo de vista la luz del día.

Unas paredes de cemento circular me acogen ahora, dejo que el cubo vacíe su contenido. Pero ¿dónde estoy ahora? Una cosa es segura, sigo en medio de ningún sitio.

10 de septiembre de 2008

LOS CAMINOS PERDIDOS DEL SUBCONSCIENTE. (I)

Sé que he andado miles de veces por este sendero, a pesar de todo, no lo reconozco. Sólo una sensación me hace sentirlo como familiar. Miro a mi alrededor, estoy en medio de ninguna parte. El sol me da en la cara fuertemente con sus rayos, me deslumbra, pongo mi mano abierta encima de los ojos, pero es inútil. Sigo sin poder sacar nada en claro. De pronto, aquella fuerte luz, se atenúa y vuelvo a encontrarme sola.

Miro de nuevo a ambos lados, sigo completamente sola, el silencio hace me hace daño en los oídos, pero el paisaje ha cambiado. Ahora me encuentro en mitad de un ancho camino de arena fina, en medio de dos inmensas paredes de piedra pulida. Es imposible ver dónde acaban, ni siquiera una muesca de erosión pueden despejar la incógnita del tiempo que llevan allí. Mirándose a la cara una a la otra.

Doy un giro de ciento ochenta grados, pero la visión es la misma. Aquellos grises gigantes se alzan más allá de lo que la vista de cualquier ser humano puede alcanzar. De pronto sé dónde estoy, en algún lugar perdido. Seguro, ya esto no me da la sensación familiar del principio y me siento perdida dentro de la nada. Tomo mi posición inicial y decido seguir a delante, por algún motivo miraba en esa dirección.

Unos pasos titubeantes me guían hacia un lugar incierto, ¿cuánto tiempo llevo caminando bajo un sol que deslumbra pero no abrasa? No lo sé. En a penas pocos segundos, ese pensamiento desaparece de mi mente. Algo parece darme indicaciones que puedo estar siguiendo un sendero que acaba en algún lugar. A pesar de ello, sigo completamente temerosa, todavía no se si he tomado la decisión correcta, pero el haberme quedado en el inicio, me habría supuesto simplemente esperar. La pregunta es ¿a qué?

Las grandes rocas laterales delatan algunas tallas extrañas, nunca las había visto. Parecen jeroglíficos, pero tampoco puedo afirmar nada. Decido acercarme un poco más. Si, ahora los veo, decido tocarlos y no hay relieve. Estaban impresos en la roca ¿quién habría pintado todo esto? Las yemas de mis dedos continúas su exploración y encuentran una columna, desde el centro del camino a penas se nota la diferencia, me esfuerzo un poco más y noto el borde de lo que parece ser una puerta. Entonces me vuelvo hacia la pared contraria. Ahora las veo, el efecto es espectacular, impresionante. Me hace parecer más pequeña e insignificante de lo que en realidad soy. ¿Dónde estoy? Esta pregunta no obtiene respuesta dentro de mi mente. Helios brilla con su mayor intensidad, pero esta vez no ciega mi visión.

Puedo apreciar como el dibujo de la roca se hace relieve bajo la palma de mi mano, vuelvo a otear el paisaje y aparecen miles de puertas con diferentes inscripciones. Están muy bien cerradas, a penas intento forzar un par de ellas. No merece la pena, son miles, seguramente mis escasas fuerzas se agotarán antes de que encuentre alguna que me sirva a mi propósito. Escapar de allí.

Continúo mi camino, el paisaje es aún más y más imponente, pero ya no me asusta, me aterra no saber nada de un lugar tan cambiante. Me detengo en seco, respiro hondo, tapo mis ojos con la esperanza de que, cuando los vuelva a abrir esté de nuevo en otro lugar más acogedor. Nada funciona. El camino de arena fina continúa en el mismo lugar, las paredes siguen completamente pulidas y las columnas delatan la existencia de entradas a otros mundos, quizás. El muro se encoge, parece que las paredes ya no son tan altas, veo pequeñas uñas sujetas al borde de éstas, entonces me doy cuenta. ¡Me están vigilando! Miles de pájaros blancos de grotesco tamaño clavan sus ojos, negros como la noche, en mi.

Mis manos tiemblan, mis piernas se resisten a continuar, mis labios intentan entonar una canción para ahuyentar el miedo, pero es imposible. Concentro todas mis fuerzas en mis extremidades inferiores, intento caminar. Es completamente inútil, no me hacen caso. Corren despavoridamente en línea recta hasta llegar a una gran plaza circular. En su centro hay una gran columna maciza, me golpeo la cabeza con ella, no le he visto en mi carrera hacia ningún sitio.

Cuanto tiempo permanezco inconsciente, no lo sé. Lo único que delata mi incidente es un gran chichón con una grieta húmeda, esta ha derramado su contenido, en un largo río de flores carmesí, que dibujan un peculiar recorrido desde mi frente, pasando por mi tabique nasal y desviándose hasta mi boca.

Abro los ojos, poco a poco recupero mi borrosa visión, me duele la cabeza y las alucinaciones no cesan. Mies de luces adornan mi vista. Los pájaros siguen ahí, vigilándome. Uno de ellos me llama la atención en particular. Es más grande que el resto, ha osado descender hacia mi.

Nos encontramos frente a frente. Nuestras miradas se cruzan, aprieto los puños y me preparo para lo peor. Grazna horriblemente, ha provocado que mi cerebro rebotara. Chillo y un gran impulso me hace lanzarme al cuello de la criatura, ya no soy yo. He perdido el control de mí misma.

Estoy sudando, dolorida por el golpe y sangrando abundantemente por la cabeza. Muerdo su cuello hasta que arranco el trozo de piel que provoca un derrumbe, la he matado. Su cuello abierto no deja de expulsar la vida del interior de un cuerpo, ahora inerte en la arena.

Entonces miro más atentamente, tiene una llave. Alzo la vista y ya no hay nadie, han desaparecido sin aspavientos. Nerviosa, con la boca aún llena de plumas y las manos empañadas con la prueba de mi delirio, me dirijo a mi gran intento, salir de allí. Pruebo puerta por puerta, al fin una cede.

Paso a su interior y… Vuelvo a estar perdida.