ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.




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26 de noviembre de 2017

SOY LO QUE SOY.

Hola de nuevo.

Sé que llevo mucho tiempo sin aparecer por aquí, de vez en cuando alguna que otra entrada, un picoteo que me evadía de la realidad, al igual que mis cuadros. Un cuento, un relato corto, alguna anécdota diaria, pero nada más. Parece que he abandonado mi blog, ese lugar que creé hace ya muchos años con el fin de contar aquello que me quemaba por dentro.

Si señores y señoras, cerré mi laboratorio, que es esto, mi blog, un lugar perdido en la red donde puedo expresar lo que pienso, siento y quiero decir, aquello que me ahoga las entrañas y con lo que estoy o no de acuerdo. Una de mis grandes criaturas donde sólo estaba yo y mis pensamientos y, por supuesto, todo aquel que estuviera dispuesto a leerlo o no.

No he pasado una buena racha estos últimos cuatro años, a excepción del quinto (¡ese ha sido estupendo!) Sin embargo, me faltaba algo, el expresarme mediante las palabras.

Cortar con todo.

Uno de los motivos por los que apenas he pasado por este rinconcito, una importante parte de mi mundo imaginario, ha sido una lucha a muerte conmigo misma, con mis propios sentimientos y el tener que enfrentarme a dos pérdidas muy importantes para mí. La primera fue cuando una de las personas más importantes de mi vida cayó enferma (la edad no perdona a nadie) y la segunda, una luz que me encontré por el camino, una hermosa estrella con cuatro patas que me mantenía a flote mientras mi mundo se caía abajo (todavía no soy capaz de escribir sobre ellas sin que se me salten las lágrimas.) A penas un año de diferencia hay entre que las dos se me fueron.

Bueno, pues bien, durante esos cuatro años desde la enfermedad de una de las personas más importantes de mi vida y de que se apagara la luz que evitó que yo me cayera, he pasado un pequeño infierno personal. Por decirlo de una forma suave, me di cuenta que la sangre no es más espesa que el agua, en cambio, parece que se agria con el vino mal conservado, nunca sabes si la botella que estás abriendo se parece más a un licor de dioses o a un vinagre barato. La decisión que tomé no fue difícil después de todo lo que pasé, en absoluto, lo peor de todo fue la lucha porque esa cortina de humo, ese velo o máscara (cada uno que le ponga el nombre que quiera,) no volviera a ponerse en mi camino.

Siempre lo he dicho, la lucha contra ti misma es lo más difícil de todo, volver a coger un rumbo nuevo y asimilar todo lo que ha pasado. Mientras la tormenta está en marcha, no te das cuenta, siempre es después de todo cuando realmente vislumbras los destrozos que han acontecido.

Soy como soy.

Tras un año perdida, casi sin saber qué iba a pasar, un cambio de aires y dejar a un lado todo aquello que no me convenía. Encontré algo, una luz, un pequeño grupo de “raritos” o como en el argot normal de hoy día, un grupo de “frikis”, donde pude ver que había más gente igual que yo, o por lo menos parecida. Hasta entonces creía que sólo contaba con sangreybesos (él siempre sabe cómo sacarme una sonrisa.) En ese lugar onírico, por decirlo de alguna forma, encontré apoyo, amigos y gente con la que compartir aficiones (eso nunca me había pasado fuera de las cuatro paredes a las que llamo hogar), vi que había gente con la que hablar de libros que nos fueran las últimas novedades de la librería, personas con cierta cultura con la que discutir ciertos temas y, sobre todo, muchas ganas de compartir mundos, conocimientos, escritos, pinturas, etc. Entonces mis cuadros salieron a la luz, alguien me orientó y por fin conseguí exponer mis obras, aquellos bichos raros que mi mente hace que vea dentro de un mundo imaginario, (ese que todos nos creamos de niños y que yo he conservado hasta hoy), y me esforcé. De pronto, no me hacía falta que nadie me dijera que valía para tal o pascual, volví a recobrar la fe en mí misma y a continuar con mi trabajo.

Por supuesto, nunca me olvidé de este rincón, pero mis dedos no tenían ganas de contar nada. Tenía mucha rabia contenida y, no es bueno escribir con sentimientos de ira en tu interior, a veces puedes decir lo que no debes o cosas que simplemente son pasajeras en esos momentos. A pesar de todo, sigo siendo una loba herida, ya no duele tanto, lo cierto que las cicatrices sólo me molestan de vez en cuando, como los días nublados o cuando cambia el tiempo, ciertos recuerdos todavía hacen que se me salten las lágrimas y otros parecen lejanos, como en un sueño, casi sin detalle alguno.

Entonces fue cuando lo entendí de nuevo, no tengo porqué librar una lucha eterna contra el mundo por seguir siendo yo, algunas batallas, a veces hace falta algo de teatro, fingir que no has escuchado algo o simplemente que te resbale un comentario (¡será que me estoy haciendo mayor!) Todavía no entiendo cómo puede haber gente que se aburre tanto como para sentirse mejor intentando echar abajo la autoestima de los demás o intentando crearte un complejo de inferioridad, cuando son ellos los que se sienten inferiores sin que ni siquiera los mires. Ahora dejo que ellos mismos se peleen contra una pared, ¡tengo cosas más importantes a las que dedicarme!

Conclusiones.

Tras todos estos años en los que mis dedos no me han respondido, y mi cabeza andaba perdida en otras cosas más terrenales y batallas internas de reconstrucción, he decidido volver a un mundo tan grande como puede ser el universo, a este grano de arena donde me siento bien haciendo esto. Es una forma de escape, lo sé, sin embargo es peor liarse a tortas con el primero que pasa, agriarte el carácter, dejarte llevar por una depresión o acabar viendo programas basura en la televisión dejando simplemente que el tiempo pase hasta que me una a mis estrellas perdidas.

Por ello, prefiero seguir pintando mis monstruos y paisajes extraños, intentar hacer algo con ellos, escribir en este pequeño universo perdido, leer libros que me llevan a ver nuevos mundos y, de vez en cuando, entrar en la puñetera realidad para poder ganarme el sustento y poder seguir con mis planes. No puedo garantizar que haga el mismo trabajo que antaño, pero sí que me pasaré más a menudo por aquí para poder colgar mis cosas, sea lo que sea, soltar una queja, mi visión del mundo, un cuento que sólo se verá por éstos lares… Lo que me dé la gana, para eso es mi rincón del mundo. Mientras vuelvo, las heridas seguirán curándose, espero que fluyan más cuentos, anécdotas e historias y, por supuesto, que mis criaturas sigan pintándose con estas manos casi inútiles, digan lo que digan los demás, lo único de lo que estoy segura es que a mí me gustan, me hacen sentir bien y que mi mente se mantiene cuerda de esta forma.


¡Hasta la próxima!

11 de junio de 2015

PAVO O CHOPEN.

Fobia.

Procedente de una antigua palabra griega Fobos, que significa pánico, la fobia se define como un trastorno de salud emocional o psicológico que se caracteriza por un miedo intenso y desproporcionado, así mismo, también es aquello que suele catalogarse como sentimiento de odio o rechazo.

Pues bien, a eso me refiero, a los miedos irracionales que todos tenemos, aquellas que nos hacen comportarnos de formas extrañas como saltar encima de un banquillo chillando y pataleando, a riesgo de rompernos algo, porque algo a entrado en la cocina o hay un personaje en la pared que no debería estar.

Supuestamente, se afirma que son heredadas, bien por cultura o porque ese comportamiento lo has imitado de los adultos que te rodeaban, o a causa de un trauma.

La parte de trastorno emocional o psicológico no lo nombro porque todos tenemos algo de locos y cada uno es raro a su manera, la norma nunca se sigue y nadie está libre de que lo cataloguen como anómalo en algún momento de su vida, y al revés, por mucho que nos duela que nos identifiquen con el resto del montón.

Nadie está a salvo.

Esto es cierto, ninguno de nosotros puede fardar de no tener un miedo injustificado. Lo peor de todo esto es cuando es tan sumamente ridículo (últimamente utilizo mucho esta palabra, lo sé) que te hace pensar si somos realmente animales racionales o no. Sí, he dicho animales, le pese a quién le pese.

Llamarme sexista si queréis o machista, yo sé lo que soy, pero la mayoría de veces que he visto estos comportamientos ha sido a mujeres, será porque soy una de ellas o por esa puñetera educación que recibimos donde nos tenemos que hacer las débiles para que un hombre venga a salvarnos del embrollo. ¡Ánda yá! ¡Cómo para estar orgullosa de esa parte tóxica y desechable de mis ancestros!

¡Señora!… ¿Quiere pavo?

Esa fue la frase que se me ocurrió aquel día, sí ese, el del post anterior donde os comenté la andanza de una bella salamandra en aquel establecimiento.

Ese magnífico animal iba buscando algo de sombra con la que regularse la temperatura, ni más ni menos y era maravillosa, estaba colocada perfectamente en un poster donde una señora, con un color de pelo que nadie llevaría puesto, posaba estratégicamente a la cámara, el fondo era completamente negro y… allí estaba, descansaba con una postura digna de un colgante hecho por manos artesanas, parecía labrada en aquel papel semiarrugado que intentaría cubrir algún desperfecto de la pared o no ¿quién sabe?

Mientras, a su alrededor, un aire intoxicado de laca y productos cosméticos flotaba, pero parecía no importarle, ella estaba a lo suyo, como si formara parte de la fotografía. Entre tanto, la manada de cotorras estaba comentando algo sobre el hijo de alguien o sobre un concurso de esos donde los participantes se ponen a parir, ¡no lo sé! Tampoco me interesaba, mis ojos estaban fijos en aquel trozo de papel admirando la forma en que se había posado y preguntándome cómo demonios podía sujetarse tan tranquilla a una superficie casi lisa. Ahí fue cuando caí en la cuenta de que si no hacía algo no saldría viva de allí ya que la descubrirían tarde o temprano.

-  ¿A alguna de las que están aquí le dan miedo las lagartijas? – pregunté con tono calmado mientras el ruido de la conversación se iba apagando.

-  ¿Qué has dicho? – me dijo la peluquera mientras su cara tornaba a un color blanquecino.
-  Que si a alguien la dan miedo las lagartijas – le respondí.

-  ¿Por qué preguntas eso? – me dice moviendo la cabeza en forma de negativa -. ¿Es que hay una aquí? – empieza a mover las manos nerviosamente.

-  ¿Te dan miedo o no? – no creía que fuera tan difícil contestar a la pregunta -. Hay una en la pared y es para sacarla de aquí o dejarla tranquila.

-  ¡Eso es suerte! – va y dice la lista de turno.

En ese momento nadie habló, yo no me creo lo de la suerte, en este país se dice a modo de calmar a alguien o para hacer ver algo que no hay, pienso yo. Se te cae un vaso al suelo y se rompe, ya pueda ser del cristal ese tan caro que sólo se fabrica en lo alto de una montaña perdida, en medio de una isla, y, a demás, lo fabrican artesanos mancos, o es del chino de la esquina, eso da lo mismo, eso es suerte; o que se te derrame la sal al suelo o te estalle un plato o vuele una polilla sobre ti o te muerda un bicho o te mire un lobo o, o, o,…etc. La cosa es a ver quién se inventa la patochada más gorda sobre la suerte para que su habladuría pase a la posteridad de la biblia de las supersticiones. O pregúntale al que le ha pasado el suceso, a ver qué te demonios te dice de la “suerte.”

-  ¡Eso es suerte! – vuelve a decir la misma al ver que la otra no reaccionaba a lo que decía, estaba demasiado ocupada buscando al animal -. Si crees en ella claro – o se había dado cuenta de lo que había soltado por esa boca o quería justificar algo que no atisbo lo que es.

-  La voy a matar – dice la lumbreras de la dueña del establecimiento.

-  ¿Por qué? – le pregunté -¿Te ha hecho algo? A demás si se come los insectos y los mosquitos, qué más te da que esté ahí un rato y se vaya.

En ese momento me levanto y me subo a una silla debajo del poster, la miré un momento y la cogí con las manos. Por supuesto me dio un mordisco, aunque pasó sin más impresión que una leve presión en los dedos, le tapé la cabeza con la otra mano y me la llevé a la calle donde podría encontrar otro sitio para estar más tranquila. ¡Eso sí! No sin antes enseñársela a la concurrencia para fomentar más su miedo ¡Venganza! Pensaba en esos momentos.

Si hubierais visto el salto que dieron todas las marujas cuando la cogí, fue de cine. Estaban todas perfectamente coordinadas, incluso en el chillido que soltaron al unísono al agarrarla.

-  ¿No te ha hecho nada? – me dijo una de las presentes con cara de asombro.

-  Si – le contesté -. Me ha dado un mordisco, pero es que yo he ido a incordiarla.

-  A mi es que esos bichos me dan mucho miedo – me dice la peluquera -. ¿Qué quieres que te diga? – aunque a esas alturas de la sesión preferiría que se hubiera callado hacía ya mucho rato y no me dijera nada -. Es que no los aguanto – acaba la frase con la mano temblándole.

¡Chopen!

Pavo no ¡Chopen! Que no chopped, como se dice correctamente, fue lo que pensé al ver a esa cantidad de señoras ya mayores montando un revuelo por un animalito indefenso.

Por lo menos me divertí un rato poniéndolas nerviosas, eso no tenía precio, fue como un pequeño descanso del comedero de cabeza al que me querían someter, que no solo consistía en champú y acondicionador para el pelo. Por lo visto los lavados de cabeza incluían uno de cerebro de regalo, o por lo menos una jaqueca extra, aunque para ellas lo de la salamandra fue el susto de la semana.


3 de junio de 2015

TORTURAS NECESARIAS.


Es que una mujer tiene que estar guapa, así me lo enseñó mi madre y por supuesto que lo llevo a raja tabla, solo que no soy el tipo de hija que ella hubiera preferido. Ni mucho menos, cuando hablamos de arreglarnos, todo va por caminos distintos, digamos que ella es más de marcas caras de ropa y yo del lado oscuro que una madre pija no quiere ni escuchar hablar.

Es que de vez en cuando…

Una vez al mes me toca una tortura, sí tortura, lo habéis leído muy muy bien, esa palabra que incita a daños permanentes contra una persona, solo que esta vez no quieren sacarme información, sino volverme como ellos. ¡Por favor! ¿Cuándo acabará esta pesadilla? Me pregunto antes de entrar por la puñetera puerta donde están puestas las ofertas que ofrece a las clientas (aunque yo las llamaría incautas.)

Lo cierto es que no sé porqué demonios me dejo liar por mi madre todos los meses, bueno, mejor dicho, algunos, ya que las veces que me ve la peluquera del barrio a lo largo del año, puede contarlas con los dedos de una mano. ¡Y le sobran la mitad! Pero esta vez me han pillado y bien, me hacía falta un buen corte de pelo, y, debido a mis múltiples aficiones, no dejaba espacio para otras vicisitudes de la vida. Mejor dicho, que si me quedo en casa no pierdo tiempo en memeces como pintarme las uñas, a menos que sea absolutamente necesario, porque mi loro odia que me las pinte y he tenido que elegir entre darles color o llevarme unos picotazos de muerte (por supuesto elegí prescindir de lo primero, así que no es la primera vez que me pinto las uñas para salir a la calle y a las dos de la mañana me encuentras con un algodón y acetona, antes de dormir, para no llevarme el bocadito de ese pico tan sugerente a la mañana siguiente.) Es más, tampoco me duraría mucho ya que, con todas las cosas que hago (entre las cuales nos desdeño el coger un buen martillo o una sierra de calar) me duraría el tiempo que tarda la aguja del segundero del reloj en hacer un amago para moverse.

Males necesarios.

Admito que hace falta ir de vez en cuando a arreglarse y si con ello acompañas a tu madre y la haces feliz merece la pena la tortura, ya que su cara de satisfacción era inversamente proporcional al mosqueo y la sensación de pérdida de tiempo que podía dibujarse en mis facciones.

Así que eso hice, saqué de tripas corazón, aunque mejor dicho, saqué las tripas y me fui con ella a la peluquería o centro de reunión de cotillas, como yo lo denomino, a hacerme unas cosillas. Y ¡Menos mal que sólo han sido unas que si llegan a ser varias me muero! La sorpresa ha sido para caer de culo y romperme el coxis a pedazos tan pequeños que sería imposible volver a recomponerlos.

Sesión de esteticien. De acuerdo, tenía tanto pelo en las piernas que parecía un oso con los pelos a lo afro, lo admito pero, ¡es que no me había dado tiempo! Tú te los quitas y los malditos vuelven a crecer, es más la depilación por cojones está sobrevalorada en estos tiempos donde los imberbes son los reyes de la fiesta. ¿Dónde se han quedado aquellos pelos en pecho donde podías agarrarte y chillar mientras galopabas al viento? ¿Y esas espaldas que podías distinguir perfectamente quién era un hombre y una mujer en la playa sin miedo a equivocarte sin tus gafas para ver? ¡Se han extinguido! Hoy en día ya no se ven ejemplares como esos. A demás, si no se ven a menos que no te pongas falda.

Aunque nosotras no nos quedamos cortas, con esa manía de dejarnos pelo sólo en la cabeza, ya que el ver uno fuera de sus sitio o en un tamaño mayor del requerido, puede hacer a la más decente tener pesadillas, y si se te rompe una de tus bonitas uñas de porcelana, gel o naturales, ni digamos con la depresión que te acercas al establecimiento, rogándole que te haga un hueco ese mismo día porque así no puedes ir por la calle ¿Qué van a pensar de ti en el barrio? ¿Y si no pueden? La solución es llevar guantes o quedarte encerrada en casa hasta la hora D.

Volvamos al asunto.

El tema, en este caso era yo, en la camilla de la esteticien, en ropa interior (por cierto llevaba unas bragas, que no tanga, muy monas de algodón, como las que no se ven últimamente. Sí esas que te tapan lo que tienen que tapar y que no solo se ponen de adorno, ¡esas! Las otras las dejo para que las vea mi marido, no para que se entere el barrio de qué tipo de ropa calzo y cuanto me tapa) Y la muchacha calentando la cera mientras me arreglaba las cejas, que era lo que iba a hacerme, las cejas, pero… me liaron.

Estaba aguantando cómo me echaban el material gomoso, de textura pegajosa y caliente en las piernas, no sin llevarme un buen tirón, cuando escucho a mi madre la frase que estoy harta de escuchar:

-  ¡Mi niña! – algo le había dicho la peluquera - ¡No se arregla!... ¡Ahora!¡Eso sí! ¡Tiene una casa preciosa! Parece que ha salido en una revista.

“Punto para mí”, no me dará más por saco con la casa aunque los muebles no sean de su gusto porque le encanta el conjunto.

“Tiempo muerto”, la niña no se arregla. Cuando la chica que me estaba untando las piernas escuchó eso me dice:

-  Tú madre cada vez que viene dice lo mismo – sonríe con ese artefacto incandescente en la mano -. Dice que siempre vas en vaqueros y que te vistes de gótica cuando sales a la calle con tu marido.

-  Si, si… - escucho a mi madre alzar la voz mientras en la sala se hace el silencio -. ¡Ah! ¡Pero su marido está muy orgulloso cuando la ve así vestida! – levanta la voz para que la escuchen hasta en China, porque ya se había enterado la ciudad -. ¡Es que no se arregla!

Lo admito, esto es una batalla perdida entre ella y yo, a ella le molan los colores, a mi el negro, a ella le van las marcas, a mi me da igual con tal de que me guste, a ella le gustan los vestidos de última moda y diseño, yo visto igual años tras año, a mi madre le gusta el color del oro, a mi con algo de bisutería bonita y algo de plata de vez en cuando, me sobra.

Lo malo es que la cosa no queda ahí.

Cuando salgo de la sala de tortura, con dos kilos menos, me encuentro que me están preparando la parte de la manicura para arreglarme los pies y las manos. ¡La mato! Pienso yo, pero tampoco puedo quejarme, ella es la que invita.

Ya me habían torturado físicamente, aunque realmente lo de hacerse la cera no es que sea para chillar como una descosida como otros afirman. Ahora tocaba la de avasallamiento a la inteligencia y al conocimiento de la prensa rosa.

-       ¿Habéis visto que la tal y pascual se ha liado con yo no se quién que es novia de Pepito y le ha puesto los cuernos? – dice una.

-       Siiii…. – dice otra - ¡Qué poca vergüenza! ¡Por dios!

-       Lene, ¿Estas viendo la serie esta nueva que echan el canal 1823? – me dice la peluquera muy emocionada. Creo que estaba intentando que me integrara en el grupo -. Estoy superenchufada.

-       La última serie que vi fue la segunda temporada de “The Walking Dead” – le digo para que me deje en paz, o eso pensaba yo.

-       Esas series son horribles – me contesta mientras me corta el pelo -. Un niño ha matado a su madre – mira al techo - ¿O ha sido a su padre? Creo… Porque veía esa serie en la tele.

-       Por esa regla de tres yo soy una asesina en serie – le respondo mientras pienso para mis adentros algo cuál será el nivel intelectual media de la sala. Y eso que yo tampoco soy una lumbreras -. ¡Ni se te ocurra cortarme el flequillo! – le digo medio chillando mientras veo como sus tijeras amenazan con perfilarme la desgracia que me hizo hace dos meses.

-       Pero si te queda muy bonito – me dice intentando continuar con la mutilación capilar.

-       No es práctico, molesta y no me gusta – le insisto y le ordeno, es mi pelo.

-       ¿Qué horóscopo eres Lene? – me pregunta como cada vez que voy y le digo que no ha algo (la última discusión fue sobre el cambia el color del tinte de mi pelo a algo más claro que el negro.)

-       Cáncer – responde mi madre antes que yo -. Y si se planta en que no es que no, a mi hija no hay quien le haga cambiar de opinión.

-       ¡Los cáncer son muy suyos y con mucho carácter! – me dice la peluquera mientras estoy pensando en la memez que acababa de decirme.

Estoy viva.

Todavía no he encontrado una peluquería donde no me pregunten cosas sobre la prensa rosa o se den ciertas conversaciones donde quieran integrarme y no entienda de lo qué demonios me están hablando. En esos momentos pienso dónde demonios está la cámara oculta.

Triunfé en que no me habían cortado el flequillo y… nada más, perdí toda la mañana con las manías de hacerme una cosa detrás de otras que mi madre consideraba necesarias, y yo también pero podía realizar el trabajo yo solita en casa, como siempre.


Eso sí, acabé como siempre, con la cabeza hecha un bombo y preguntándome porqué demonios acabo en esa peluquería. Aunque para eso último tengo respuesta, son todas iguales, por lo menos las de mi barrio. Ya hasta la próxima vez que necesite “un arreglo” que espero que tarde, por lo menos en casa no tengo que escuchar la vida de quien no me importa, cosas sobre horóscopos o pelearme con alguien sobre cuál es mi mejor aspecto, así que creo que seguiré haciéndomelo yo misma.

Al menos una lagartija me alegró el día, pero esa es otra historia.

23 de agosto de 2014

DESPEDIDA Y VUELTA A EMPEZAR.

No me gusta hacer homenajes a título póstumo, aunque este casi podría decirse que lo es. Es angustiosa la espera cuando tus sentidos se llevan alerta las veinticuatro horas del día, esperando que el maldito teléfono suene para decirte que una de las personas más importantes de tu vida se ha ido para siempre.

Llevaba cuidándola unos meses, todas las mañanas iba a asearla, le hacía compañía y le contaba las perrerías que hacían mis dos niñas adoptivas (Joe, mi agapornis, y Laika, la perra que me adoptó hace unos meses.) Algunas de las historias que le contaba eran repetidas, pero le daba igual, no se acordaba, y se reía mucho con las travesuras de Joe, o de lo bien que evolucionaba Laika en casa, hablaba con la inseparable por teléfono y ella le contestaba con algunas de las palabras que sabe decir. Eso le alegraba las mañanas hasta que me iba.

Ha sido una enfermedad muy larga y dura, para ella y todas las personas que estamos a su alrededor. No quiero destacarme y decir que yo he sido la que ha sufrido más, pero si es cierto que la he visto consumirse día tras días, hasta que una mañana, la llamé para ver como estaba, justo antes de ir a darle el desayuno y me dijo que tenía muchas ganas de verme. “Mi ángel de la guarda”, me decía cada vez que escuchaba que abría la cerradura a las nueve de la mañana y lo último que me espiró antes de entrar en un estado de semiinconsciencia.

Mi abuela, era un bicho, una persona inquieta y curiosa que vivió en una época donde todo estaba mal visto para las mujeres, le gustaba mucho gastar bromas y era una maestra terrible, la peor que he conocido en mi vida, si le mostrabas algo, que ella consideraba que no estaba bien, en vez de mostrarte cómo se llevaba a cabo la tarea de forma correcta, deshacía tu trabajo y ella lo llevaba a cabo. Fijaros si valía poco para enseñar nada. Sin embargo, a mi me enseñó muchas cosas, gracias a ella, en gran parte soy una persona creativa, pinto, escribo, hago escultura, coso, se hacer ganchillo, punto de cruz, coser, encajes, abalorios, crear cosas únicas… Eso sí, la imaginación la ponía yo, ella jamás fue capaz de crear algo que estuviera dentro de su mente, sólo copiaba otros modelos, pero me dio los medios para llevar a cabo lo mi mente maquinaba.

Ahora entiendo el dicho este que dice “bicho malo nunca muere”, eso es cierto, ya que soy la única de la familia que ha salido a mi abuela en ese aspecto, la única que se interesó por pasar horas y horas junto a ella maquinando cosas para fabricar, coser o estampar. Nos pasábamos las noches, mientras que mis tías salían de marcha, haciendo muñecas de trapo, casas de juguete, con sus muebles incluidos, para mis muñecas, formando un armario de ensueño en miniatura, bañándonos en la piscina del patio, haciendo flores de porcelana rusa,…. En aquellos momentos la imaginación la poníamos nosotras y el tiempo se paraba a nuestro alrededor mientras disfrutábamos juntas.

Cuando era más pequeña, tengo el recuerdo de verla cosiendo (ella hacía una ropa preciosa), y, para entretenerme me daba un trozo de tela, yo lo deshacía hilo por hilo hasta que desparecía el retal, después me daba otro, pero la tela era más fuerte y difícil de deshilachar, cuando nos dábamos cuenta habían pasado las horas. Ella había cortado o cosido su proyecto de chaqueta, falda, blusa o lo que fuera y, delante de una pequeña niña de seis años, se encontraba una montaña de hilos de colores. Recogíamos e íbamos a preparar la cena, costillas a la plancha, que compraba todos los viernes sólo para su nieta. Ya que yo pasaba allí los fines de semana enteros.

Para mí, fue más que una abuela, ha sido mi segunda madre, alguien de quien pude aprender muchas cosas y que me mostró el mundo de una forma muy diferente al resto de adultos que me rodeaban. Yo era su primera nieta y ella era mi cómplice en mis andanzas. Nunca me regañó por verme con un martillo o una sierra, al contrario, dejaba lo que estuviera haciendo y se venía conmigo a mostrarme la mejor forma de coger la herramienta para que no me hiciera daño, me dejaba jugar con los clavos y las maderas viejas.

Pero las personas crecemos, y yo dejé de ir a casa de mi abuela a pasar los fines de semana para iniciar  mi vida como adolescente e integrarme, por decirlo de alguna manera, en el mundo de los adultos. A pesar de todo, siempre dejaba un día de la semana para ella. Incluso estando en la facultad, me levantaba el día que no tenía clase y la esperaba a que viniera a recogerme, siempre tan diligente con su carro aparecía muy temprano y nos íbamos a ver tiendas, la ayudaba a comprar, le encantaba ir a las tiendas de todo a un euro y yo disfrutaba con ella.

Lo cierto es que nos reíamos mucho juntas, y ahora se ha ido, todavía no ha sido enterrada pero lo peor está por llegar en pocas horas o pocos días, ya sólo nos queda esperar a que su cuerpo se rinda. Su mente no está con nosotros desde el día que me la encontré y di la voz de alarma, aunque de eso tampoco hace mucho. Sin embargo, estoy muy tranquila, tengo ganas de que acabe con su sufrimiento y se vaya en paz, ha sido una odisea larga y llena de dolores y penurias, en las que yo he estado presente, en todas y cada una de ellas. Sé que no leerá estas líneas, tampoco sabrá nada de ellas, pero necesitaba hacerle una última mención, sólo para ella, antes de que abandone definitivamente este mundo, plano, universo o donde quiera que estemos y su alma se pierda en las profundidades de la lógica y el conocimiento.

La echo de menos, demasiado, pero este sentimiento lo llevo desde el día que acabó postrada en una cama sin poder moverse. También la he llorado, tanto que ya solo tengo tranquilidad donde antes las tempestades arrasaban dentro de mi cerebro. Y me he despedido de ella, como pensaba que debía hacerlo, con un beso cálido en la frente y diciéndole hasta luego, ya que no se si la veré alguna vez dentro de muchos años. A mi ha sido a la única persona que le ha dejado darle un beso o cogerla de mano en la habitación del hospital, al resto los ha echado, ya que solo quiere estar tranquila y que haya alguien que no se retire de ella en ningún momento, bueno, eso era hasta hace relativamente el primer día de su agonía, ya no sabe quién está allí o deja de estar, a penas abre los ojos y un grito compulsivo le hace pedir agua de forma inconsciente.

Puede que haya formas mejores de fogar, pero esta es la mía, mi despedida pública donde el que quiera entender que entienda, y el que no que pase de largo en la maraña de páginas que es internet. Ahora empiezo una nueva época de mi vida, una en la que ella no estará y en la que recordaré su voz cada vez que de una puntada, coja la máquina de coser, pinte un cuadro, haga una escultura o realice alguna actividad de artesanía, eso se quedará para siempre conmigo.


Adiós cielo, hasta luego amor - fueron mis últimas palabras antes de que su mente abandonara este plano para elevarse sobre todos nosotros y ver la inmensidad del cosmos que la rodeaba.

24 de enero de 2014

COMIDA SANA. CONVERSACIONES DE ZANAHORIAS


Una de las cosas que más me fastidia hacer de mi vida diaria es ir al supermercado, sin embargo tengo la mala costumbre de comer todos los días.

Entrando por la puerta corredera empiezo a hacer memoria – primera parada sección de frutas y verduras – pienso un segundo antes de encaminar mis pasos hacia el sentido correcto.

-A ver – digo en voz baja para mí misma -. Brotes verdeeeesssss….. Estos no son los que le gustan al bichi – miro hacia otro sitio y sigo buscando afanosamente.

Sin darme cuenta, alguien se coloca a mi lado y comienza a hablar sobre las propiedades de las verduras o algo parecido (lo cierto es que podría haber estado hablando sobre el color sobre una nueva ameba, descubierta sobre una mierda de un raro espécimen de vaca, que no me hubiera enterado del tema.)

Por fin encuentro los brotes verdes para mi bichillo, cuando el chaval, por decirlo de alguna forma (tenía ya los huevos negros), coge otro paquete igual y me mira a los ojos:

-Es bueno cuidarse ¿verdad? – me dice sonriendo -. Porque se nota que tú te cuidas mucho, guapa.

“En qué mesa hemos comido tú yo juntos para que me digas eso” – pensaba mientras seguía soltando sandeces sobre lo bueno que es cuidarse y soltarme “piropos” sobre lo bien que se me veía.

-Estos brotes son bastante buenos – continúa sin notar que me importaba un bledo lo que me decía.

-Si yo no como esto – le respondo cortantemente.

-Pues no se nota – me dice con una risa sarcástica -. Para no comerlos tu cuerpo los transforma bastante bien.

“¡Ole tus cojones!” – pensé en ese momento -. “No, si creerá que soy una de esas que dice que no se cuida y se hincha a vomitar la comida y a ingerir un montón de porquerías bajas en calorías.”

-Son para el loro – respondí -. Y el todo lo que come lo transforma en mierda.

No hubo respuesta, solo un silencio espeso y profundo que permaneció segundos después de que enfilara el siguiente pasillo hacia la zona de caja, porque eso sí, yo puedo odiar ir al supermercado, pero a mi lorito no puede faltarle nada, y mucho menos, verdura fresca para el día.

23 de enero de 2014

¡QUE VOY A SER DE MAYOR!

Cuando crezca voy a ser…

Esta frase la hemos dicho todos, yo quería ser veterinaria, periodista o estudiar bellas artes, pero sólo uno de estas metas se cumplió en parte, ya que mi profesión está muy lejos de parecerse a un médico de animales, un informador o una artista. No me ha ido mal, de veterinaria improvisada he hecho algunas veces con mis mascotas y con las de los demás, y no con malos resultados, podría decirse; de periodista, ¡bueno!, podría decir que me quité el gusanillo hace mucho tiempo y que es un mundo fascinante. ¿Y de la profesión de bellas artes? Hago mis pinitos con la pintura y la escultura, modelo y creo algunas cosas, pero nada más, simplemente es algo que me ha fascinado desde pequeña y que no me dejaron hacer por diversos motivos (entre ellos era la típica frase de padres de: “eso no tiene futuro”.)

Aunque no se puede decir que sea una insatisfecha con lo que hago, todo lo contrario. Sin embargo, llega un momento en que te paras a pensar qué demonios has hecho con tu vida y qué ha pasado para llegar al punto donde te encuentras. Me prometieron que si estudiaba el día de mañana tendría un buen coche, una casa grande, una familia perfecta, un sueldo estupendo y, lo más importante, un trabajo garantizado de por vida (y yo, junto con otros millones de niños y niñas de mi generación, nos lo creímos). Y la cosa pintaba aún mejor, no llegaríamos a los treinta años, antes de conseguir todos estos objetivos.

Bonitas promesas las que nos hacían ¿verdad? Nos enseñaron a sembrar hoy para recoger mañana. Todo esto se tradujo, en mi caso, en unas maratones diarias entre el colegio, el conservatorio (sólo fui unos meses, no me gustaba), las clases de pintura (eso si que lo aprovechaba), de baile, el karate, las clases de idiomas  y las miles de horas encerrada entre las cuatro paredes de mi cuarto para hacer los deberes y memorizar nombres de ríos, afluentes, provincias, siglos, reyes, acontecimientos, etc. Todo ello mezclado con la insufrible catequesis de los viernes, momento que disfrutaba porque era el único día de la semana que podía jugar un rato y si soy sincera, las hubiera cambiado por cualquier otra cosa con tal de no aguantar a la ex - monja que nos la daba.

Soltera, casada, viuda o rica.

Ha pasado el tiempo, ya no soy una chiquilla ingenua, pero tampoco soy la más avispada de este mundo, sin embargo, tengo las suficientes miras para comprobar que nada de esto se ha cumplido. No tengo un trabajo de por vida, un sueldo bien remunerado que me permita vivir con desahogo, una casa grande (de todas formas es mucho que limpiar) o un buen coche (lo cierto es que no me gusta conducir, aunque tengo el carnet), lo de la familia perfecta tienes que buscarlo tú, no depende de tus logros laborales, pero de algo puedo estar muy segura, mi título universitario está criando polvo dentro de su forro.

Esto podría suponer un déficit en mi autoestima y la caída inevitable en una tremenda depresión, como le ha supuesto a muchas y muchos como yo, pero me ha supuesto otras cosas, el pararme a pensar lo que he conseguido y lo que soy, detener el mundo y darme cuenta que muchas de las cosas que he hecho o logrado no han sido por motus propio, sino porque a mis padres les convencieron que me vendría muy bien para el futuro (fijaros si me ha venido bien que tengo un currículum de tres páginas y media sólo en estudios. De la experiencia laboral, mejor no hablemos), aunque historiales como el mío habrá miles.

¡Soy una campeona! No he obtenido los resultados deseados, pero eso no me quita mérito, nadie puede negarme mis metas logradas, mis horas de estudios, las lágrimas que he soltado por el camino, las horas sin dormir que jamás recuperaré, los codos resecos de tanto hincarlos sobre el escritorio, los millones de folios escritos, los litros y litros de café a altas horas de la madrugada para mantenerse despierto, el no haber salido o saber qué era una noche de fiesta hasta que no fui bastante mayor, la subida de la miopía y los dolores tremendos de cabeza y de ojos delante de un folio donde las palabras se arremolinaban, eso no puede negarme nadie que lo he hecho. Por eso no puedo pensar que he perdido, porque logrado todo aquello que me propuse y más todavía, porque hice lo que se suponía que debía haber hecho en aquel tiempo. Que subsisto de mala manera negándome a irme de mi país, si cierto (eso ha sido mi decisión.)

Ahora me toca a mí decidir.

Si este no es el momento ¿cuándo lo será? Nunca, esa es mi respuesta cada vez que me hago esta pregunta. Me enseñaron a ser buena, callada y obediente, porque era lo correcto en esos momentos, lo malo es que vengo de un lugar donde también me enseñaron a pensar.

La parte oscura de tener mucho tiempo libre es que te paras a pensar (otros a recrearse en sus propias miserias), miras hacia atrás y ves como lo que te habían prometido no se ha cumplido. Ahí es dónde te paras a memorizar lo qué has hecho. Vi como era todo lo que mis padres querían que fuera, pero no lo que yo deseaba ser, la decisión fue fácil, aunque no el camino a seguir, ahora tendría que pelear contra viento y marea para conseguirlo, y esto implicaba cambiar partes de mi educación, aquellas que tendría que identificar, destruir y remodelar desde cero. Tendría que luchar por conseguir unas nuevas metas y vivir con las consecuencias de los actos que había decidido.


Ahora si sé lo que voy a ser de mayor, voy a convertirme en artista, escritora de textos inéditos, escultora de sueños y voy a tirar abajo todo aquello que me inculcaron y que no me gusta, para volver a renacer de las cenizas. Es difícil, pero tengo tiempo, el suficiente hasta que encuentre un trabajo que me tenga lo bastante ocupada y me deje lo suficientemente cansada para no luchar, acomodarme y no me deje ganas de pensar.

9 de enero de 2014

¡ME IMPORTA UNA MIERDA!


Permanecer inalterable.

Y es que hay cosas que no cambian aunque lo desees con todas tus fuerzas, como adquirir informaciones no deseadas por parte del vecindario o ver en la tele titulares que son prescindibles, por decirlo de alguna forma.

No, mucho más lejos de la realidad, ni me acerco a los programas de cotilleo donde todo el mundo cuenta con quién se han acostado o lo que han hecho durante lo que ellos llaman el acto sexual o los encuentros íntimos, cosa que me interesa más bien nada. Aunque esto último también podría entrar en esta categoría.
Lo malo de esta vida es que todo está lleno de información no deseada, aunque inevitable, como puede ser el enterarte en la tienda lo que pide la o el que va delante de ti, aquello que gritan en los mercadillos o las ofertas que tienen los camiones que venden patatas (quien dice patatas, dice melones, sandías, tomates, forro de sillas, las ofertas del eskay, o cómo demonios se escriba eso, para tapizar tus sillas, etc.)Esto ocurre un día sí y otro también, por las calles de mi barrio, pero hay que ganarse la vida de alguna forma y no todos tienen la suficiente liquidez para montar un negocio, tener intermediarios y demás requisitos.

Sin embargo, dejando a un lado, todo lo que puede ser pasable, tolerable y necesario para la supervivencia de las personas (que ya bastante mal lo estamos pasando todos), hay otro tipo de información que no teníamos porqué conocer bajo ningún concepto.

¡Efectivamente! Me refiero a lo que pertenece a la vida propia de cada individuo y que te trae al fresco, por no decirlo de otra forma, si esta persona o personas, no forman parte de tu círculo de amigos, porque ciertamente, si son conocidos te importa un poco más si es un desconocido, pero tiene mucho menos interés si es alguien que te importa.

Darle de comer a la gente.

Esta frase la escucho varias veces a lo largo del mes y es cierto, el cotilleo forma parte de aquellas personas que no pueden evitar nutrirse de las desgracias ajenas (todavía no me han contado uno que sea por bien de alguien o, si es algo bueno sobre una persona, la interlocutora o interlocutor no lo decía en un tono muy alegre) y ciertamente tiene razón. Parece que nadie vive si no escucha un buen chisme y algunos si no lo crean, ciertamente todo el mundo posee intereses propios y algunas informaciones no deseadas pueden ser más suculentas para uno que para otros.

¡Hay demasiada gente aburrida en este mundo! Porque decir mucha sería quedarme corta en este aspecto, si estamos demasiado aburridos para pararnos a pensar qué demonios podemos hacer con nuestras vidas más que pasar el tiempo viendo la televisión (nunca en canales constructivos [me vale cualquiera que no tenga como única programación los cotilleos]) y regocijarnos en las desgracias de los contertulios, porque últimamente no hablan más que de ellos mismos.

Lo malo de esto es que por las mañanas hay que hacer cosas, sobre todo mientras empiezan los eternos programas o esos “documentales” si pueden llamarse así, que dicen haber revolucionado el mundo de los mismos con su nuevo formato, que no consta de otra cosa que dar muy poca información, meter cotilleo y morbo por el centro y centrarse poco en el tema, ya que realmente no existe el mismo y que visto uno vistos todos, porque ya no son documentales únicos que explican o cuentan sucesor propios, nuevos descubrimientos o la mecánica del mundo, simplemente son seriales sobre lo mismo una y otra y otra y otra vez que no hacen más que matar el aburrimiento de pura agonía.

Centrándonos en el tema de la entradilla, volvemos a lo más mundano que podemos encontrar y es tu propio barrio, tus propios vecinos y conocidos. Cuando no te para alguien que ni siquiera saludas por la calle para contarte algo urgentemente, otra habla a grito pelado para que todo el que pase por el lugar coja perfectamente la información (lo peor de todo esto es que hay personas que se paran a escuchar con atención.) Eso es darle de comer a la gente, ¡a ver si se mueren de una indigestión!

Nos centramos en la escena.

Todo ocurrió un día de esta semana, después de que los comercios reabrieran sus puertas tras la bonanza del fin de año, hasta hace unos días los carros iban llenos de cosas caras y ahora sólo se veían caldos de paquete y avíos para el puchero.

Para concretar un poco más la escena, he de añadir que odio ese supermercado a más no poder, siempre está lleno de gente, los pasillos son muy estrechos y parece que a todos los empleados han tenido que hacer un curso sobre como despreciar al cliente e ignorarlo cuando pasan por caja y, si esto no es posible, hacerle el mayor desprecio posible. ¡Vamos! Que voy sólo cuando no tengo más remedio, porque es unan bomba de relojería para mi persona.

Os describo la escena: estaba en la cola aguantando a una señora que me contaba lo mal que está la vida y cómo los jóvenes de hoy día no queremos trabajar, mientras otra maruja, que conoce a mi familia, me increpaba el porqué no quería traer familia (¡claro, cómo ya tengo una edad! Según ellas, y en sus tiempos se traía familia antes.)

A una le sonreía con cara de asco y a la otra le pregunté para cuando le venía bien que lo trajera, ya que tan interesada estaba en ello que a lo mejor quería mantenérmelo o criarlo ella, por lo que los  monólogos acabaron más bien pronto. Así que se hizo el silencio por dos de mis frentes, pero quedaban otros dos, de buenas a primeras veo a la cajera, mientras está pasando mi compra y tratándola como un montón de trapos sucios, gritándole a la compañera que le faltaba la regla desde navidad y que le tenía que haber bajado ya.

-  Son 15,40 – me dice sonriendo.

-  Aquí tiene – le doy el dinero y espero mi cambio pacientemente.

Tras una demora en la que tuve que aguantar a la otra comentándole que a lo mejor estaba embarazada y que ojalá fuera así con lo que había estado buscando ese momento (no se puede ser más hipócrita, ya que se le veía en la cara a la compañera) se digna a dirigirme la palabra.

-  Aquí tienes – me dice.

-  Gracias – cojo mi cambio y me lo guardo en el bolsillo -. Una cosa más – le digo-. Me importa una mierda lo que te pase – le respondo antes de irme por la puerta pensando por qué demonios no pongo una hoja de reclamaciones cuando voy.


¡Eso señoras y señores! Es darle de comer a la gente, contar cosas a viva voz que no le importan a nadie para que las marujas y marujos (existen), que se encuentran allí en ese momento, lo vayan comentando por el barrio.