ELABORAR UNA IDENTIDAD ES UN PRIVILEGIO QUE SÓLO EJERCEN AQUELLOS QUE TIENEN LA POSIBILIDAD DE ELEGIR Y QUE LUEGO MANTIENEN EL ESFUERZO DE PENSAR.




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6 de marzo de 2009

GORROS CARMESÍ (VI)

HASTA SIEMPRE MI ÁNGEL


Tras unos minutos interminables de pasión desenfrenada, la fierecilla dormía junto a él o eso pensaba. Parecía tan relajada. Estaba en un estado de letargo, a lo lejos el sol amenazaba con salir desde el horizonte, pero la habitación continuaba en una perpetua oscuridad.


Acarició su cara, a modo de despedida, mientras intentaba alcanzar el bote con formol que había acabado en la mesilla opuesta a la suya. Sin embargo, a penas hubo alcanzado su objetivo, aquel ángel dormido abrió los ojos para volverse una leona, esta vez quería más guerra. Sonrió, mostrando solo el lado derecho de su cara mientras ella introducía y sacaba los dedos de su mano de unos labios rojos como el fuego. Entonces, se colocó sobre ella, retiró las sábanas e inició de nuevo sus trabajos amatorios. Aquella chica era todo pasión, una vagabunda en busca de un consuelo pasajero que le hiciera desvincularse del mundo que la rodeaba en realidad.


Entre cientos de avatares y posturas de penetración, la doncella acabó cabalgando sobre un caballo salvaje. Se movía igual que una serpiente sobre él. Rendida por el agotamiento, dejó que su grácil cuerpo tocara un torso desnudo y masculino. Estaba pletórico, sumido en el placer y el éxtasis, había dejado de pensar en su objetivo, por unos instantes. Unos labios carnosos y henchidos de sangre rozaron su garganta con pequeños mordiscos y susurros.


- Ahora cuéntame – le dijo una melodía en el oído.


No podía responder, no sabía a qué ese estaba refiriendo y tampoco podía hablar. El placer inundaba cada poro de su piel. Abrazándola fuertemente y levantando su cuerpo, casi en el aire, los movimientos de cadera se hicieron cada vez más bruscos. A pesar de todo, ella no gemía, no decía nada simplemente se mantenía quieta, tumbada sobre él y mordiendo cada resquicio de su piel.


- Ahora cuéntame – volvió a decir una canción con entonaciones de placer. – ¿Es así como matas a tus víctimas? – unos dientes mortíferos y afilados se introdujeron en su cuello interrumpiendo el momento del clímax.


Los ojos de él se abrieron de repente, no podía chillar, estaba helado por lo que acababa de escuchar. Notaba como la sangre fluía a borbotones por su cuello y mojaba las sábanas. Completamente paralizado, un cuerpo de mujer marmóleo se erguía frente a él.


- No te preocupes – le decía mientras acariciaba su cara. – No te volverás como yo – le sonríe mostrándole sus colmillos limpios. – A penas he bebido de tu sangre - acerca sus labios a los de él. – Eso te condena a muerte.


Mientras escuchaba, su corazón intentaba acelerar el ritmo para evitar la pérdida, luego se paró poco a poco, dejando un rostro desfigurado por la cara del terror nadando en un charco de flores rojas que descansaban sobre un fondo de seda blanco.

- ¿Cuánto lleva el cuerpo aquí inspector? – dice uno de los oficiales de policía.

- Unos días – responde. – Eso nos lo dirán con seguridad en el laboratorio.

- ¿Se sabe la causa de la muerte? – dice el fotógrafo.

- No – responde el inspector de policía mientras se coloca unos guantes. – Pero yo diría que ha visto al mismo demonio – Comenta mientras levanta un gorro carmesí de la cara del cadáver.

- ¿Y esa pintura? – dice uno de los mandos adjuntos.

- Puede que fuera un travesti – comenta colocando de nuevo el gorro sobre su cara. – Lo cierto es que sabíamos poco del comisario.

- ¡Pobre! Era un buen hombre – dice el fotógrafo.

- Cierto – dice el inspector encendiendo un cigarrillo. – Todos los buenos acaban igual - continúa con su argumento. – No había crimen que se le resistiera y estoy seguro que hubiera resuelto el de ese psicópata de los gorros.

- Puede que se lo haya cargado – dice uno de los policías. – Es su misma marca.

- Esto es una pista falsa – incide – Los psicópatas no cambian de perfil y a este le gusta matar mujeres…. Las desangra y las coloca en bonitos parajes – se da la vuelta. – Mira este cuarto… - señala las paredes. – Está destrozado y su último lugar de descanso…. – baja la cabeza y se dirige a la puerta. – El caso es que nunca lo sabremos – hace un gesto. – ¡Señores! Ese era el hombre más inquebrantable y noble que he conocido, esperemos que esté donde esté, haya acabado en un buen lugar.

27 de febrero de 2009

GORROS CARMESÍ (V)

BUENAS NOCHES AMOR.

Todo estaba en su punto, la comida era perfecta, llena de manjares, todos los que había podido desear una mujer, sin embargo no comió nada, a penas probó el vino. Allí sentada, con los ojos taciturnos y un gran cansancio se deslizó suavemente hacia una de las habitaciones.

- No te importará que duerma este día aquí ¿verdad? – dijo una melodía suave y melancólica mientras se adentraba por los pasillos. – Mañana hablaremos – dice ella entre susurros mientras su boca se abre dulcemente, acompañada por una mano marmólea.

Allí estaba, completamente solo, viendo como un frágil cuerpo penetraba en la habitación que tan sutilmente había preparado. La puerta estaba abierta, lista para que su visitante la descubriera nada más entrar, la cama, cubierta con sábanas de seda blanca, un bonito edredón de plumas y algunos adornos, hecho con flores naturales, hacían los menesteres de cualquier dama.

Él la miraba con ojos lascivos, ansiosos por probar una carne prohibida. Sería el último que lo haría, pero tendría que esperar. Al menos un par de días más, deseaba conocer aquel mundo interno que tanto intentaba ocultar tras una máscara de banalidades, descubrir algo más de su pasado, recrearse en el tipo de mujer que adornaría su siguiente obra maestra. A penas tenía apuntes en su cuaderno. Miles de fotos decoraban ya su álbum macabro. En este, documentaba paso por paso todo lo que conocía de las infelices que se cruzaban en su camino, cuanto tiempo habían tardado en morir, cómo había jugado con ellas, el dinero que invirtió en regalos, si los recicló de su anterior víctima, una puntuación, los errores cometidos, los informes de la prensa y, a modo de un fin de su escasa biografía, un hermoso poema de despedida coronado con un retrato de sus cuerpos ya colocados en su marco final.

Levantándose sin hacer ruido se aproximó a la ventana, desde allí contemplaba la salida del sol y el lugar exacto donde dejaría a la chica, era más bello aún cuando los primeros rayos acariciaban el verde suelo. En un devastador silencio, se internó hacia la habitación contigua, allí corrió uno de los marcos y miró a través del espejo. Al igual que un policía vigila a un presunto malhechor, este lo hacía con todas las mujeres que se atrevían a internarse en su guarida. No podía distinguir nada, las cortinas estaban completamente desplegadas y las persianas, cubrían todo resquicio de claridad. Al igual que en su casa, no dejaba entrar ningún resto de luz en su habitáculo. Cierto era que le hubiera encantado internarse entre esas cuatro paredes para descubrir algo más. La claridad no le gustaba o por lo menos le molestaba bastante, por su trabajo tenía el horario de sueño cambiado, poseía una educación exquisita y su forma de moverse era idéntica a la de un ángel, por lo menos eso le parecía a él. Su mano se atrevió a tocar el pomo de la puerta de la habitación de la dama. Un gran escalofrío recorrió su cuerpo cuando las yemas de su cuerpo osaron acariciar el duro acero. Desistió de su intento y se internó de nuevo en el salón contiguo. Sus pasos eran ligeros, como si algo le persiguiera en la oscuridad. Al fondo, un gran mueble, cargado de cajones y aberturas secretas le mostraba sus encantos ocultos, estos estaban formados por algunas bolsas para transfusiones, jeringas, agujas, succionadores, algo de formol, alcohol y algodón. Lo miró con ojos golosos y volvió a pedir que se ocultaran tras la sombra hasta que no llegar el momento.

A la caída de la tarde, la puerta de la habitación de invitados se abrió, no había nadie en la casa. La chica, carente de toda conciencia sobre lo que en aquel lugar se tramaba, se aventuró por la casa, necesitaba explorar un poco la guarida de su amante. Como cualquier niña curiosa asomaba la cabeza por todos los rincones. Pronto, descubrió las maravillosas vistas que la noche antes contemplaba su captor oculto. Quedó hipnotizada al ver la escena, los árboles cantaban al son del viento, la luna acariciaba las pequeñas colinas del horizonte, la hierva era verde y fresca, las flores, rojas como la sangre, adornaban la pradera en pequeños lunares indefinidos.

- Ya te has despertado – le dice una voz masculina desde la otra punta de la habitación.

- Si – le responde sobresaltada. – He dormido mucho – continúa mientras sus brazos corren una bata semitransparente dejada por su anfitrión a modo de regalo. – Estaba muy cansada – le sonríe dulcemente.
En pocos segundos desaparece de la habitación y vuelve al rato vestida, unos pantalones negros, acompañados de una bonita camiseta de espalda descubierta, unos tacones altos y finos, todo del mismo color, y unas joyas plateadas, hacen los menesteres de la chica, por supuesto no se olvida de colocarse su complemento preferido, una bonita gorra de tela azabache. La visión es espectacular desde el otro lado del pasillo donde él, sentado en una gran butaca disfruta de la vista con una copa en la mano, está eufórico, esa será su noche. Sin tener que devolverla para que no sospechen de su desaparición, en lo alto de un paraje deshabitado y lejos de los ojos de intrusos, puede comenzar su juego. Sin embargo algo le sorprende, su corazón se acelera cada vez más y más, sus manos sueltan la copa que derrama parte de su contenido antes de romperse en mil pedazos. La sudoración de su cuerpo se dispara.

Cuando se recupera del shock se da cuenta de todo, ella lo ha besado apasionadamente provocando que se manche el suelo y ahora, aquella carita de rasgos sutiles, lo mira con unos ojos delineados de negro y unos labios rojos semidescoloridos, producto del choque con los suyos. Está sentada en sus rodillas y le invita sin mediar palabra a probar aquel colchón comparado especialmente para ella. La suerte vuelve a sonreírle.

“Comienza el juego” – se dice a sí mismo mientras una diablesa de arranca la camisa antes de tumbarlo en la cama. Entre caricias y besos, una mano masculina saca un tarro con una etiqueta, en ella puede leerse dulce sueños. Intenta descubrir también un pañuelo, pero es imposible, aquella fierecilla no le deja llevar a cabo sus intenciones, tendrá que prepararlo cuando el agotamiento la obligue a descansar junto a él.

20 de febrero de 2009

GORROS CARMESÍ. (IV)

¿A QUÉ SABEN LAS ALAS DE UN ÁNGEL?

Aquella iba a ser su noche, ya había conversado bastante. Su víctima se planteaba aún más enigmática de lo que era en un principio, sus conversaciones, vacías en apariencia, ocultaban un rico mundo interior que no podía ocultar, sabía más de lo que intentaba enseñar. A pesar de todo, parecía que no conocía otra vida lejos de aquel antro, de vida nocturna y con pocos amigos, se encerraba en aquellas paredes sin dar signo alguno de vida cuando el sol aparecía por el horizonte, algunos movimientos se veían a través de las ventanas cubiertas con telas opacas.



En cambio, sus ojos, parecían ver mucho más allá de lo que cualquier mortal pudiera desear. Estaban cansados de forzarse por la luz de los focos y ansiaban un atisbo de libertad, expresivos y grandes, era muy difícil mantener la mirada. Tenía poca información sobre ella, no sabía como iba a reaccionar ante ciertas circunstancias, a pesar de todo, el hambre por el alma de aquella pequeña niña desvalida, le hacia acelerarse cada vez más. En otros tiempos, con otras chicas, ya había perpetrado su plan. Sin embargo, los conocimientos a cerca de ella, eran casi tan escasos como al principio. Era reservada, no hablaba de su vida íntima jamás, cierto era que él era un extraño más de los muchos que se le acercaban noche tras noche, pero esta vez era ella la que había dado el primer paso, algo tenía que interesarle. Al menos, eso parecía. Espectáculo tras espectáculo miraba por toda la sala para buscar a su caballero, este, amablemente, reservaba una silla a su lado y pedía una copa justo antes de que llegara. Compartían la velada y, a la misma hora de siempre, bien entrada la madrugada, se iba sin dejar un solo rastro. Nunca le dio el teléfono, una dirección, o cualquier otra seña que pudiera indicarle dónde vivía, la única veraciada, que podía considerar, eran los días de la semana que descansaba, ocasión que él aprovechaba para vigilarla por su barrio. quería conocer su forma de moverse cuando no tenía que ira a trabajar. Sin embargo, esta no difería mucho de su vida laboral.

Deseaba tanto tocar su pelo, rozar sus labios con la yema de sus dedos, apretar su cuello. Miles de veces se había imaginado el cuadro que tenía reservado para ella, ya tenía el lugar donde dejar su cuerpo, era un sitio especial. Los árboles cantaban dulces melodías cuando el aire pasaba entre sus ramas, el césped era verde y miles de flores rojas decoraban los alrededores. Era perfecto para un cuerpo tan bonito como el suyo.

Como siempre, acudió a su cita, allí estaba aquella visera blanca que escondía un rostro perfecto, sus labios pronunciaban aquella preciosa melodía que escapaba de su garganta y, como de costumbre, tomó asiento al lado de su caballero. Conversaban por unas horas y luego, tras unas risas y alguna que otra insinuación, se despedían hasta el día siguiente. Pero esta vez no, nadie la echaría de menos, por lo menos en unos cuantos días. No tendría que volver a aquel antro hasta la semana siguiente y, esa era su oportunidad. Salió al aparcamiento y allí, a lo lejos, cubierto por las sombras, un bonito coche con una margarita azul, reposaba al amparo de unos arbustos mal podados. Vigilaba cada paso que daba, no quería que nadie le viera acercarse, sigilosamente se agachó unos coches antes y pinchó las ruedas del vehículo de su víctima. Ahora no podría llegar a casa. Como si no hubiera roto un plato en su vida, se colocó en un punto estratégico y aguardó a que todos salieran. Una hora más tarde, el aparcamiento estaba desierto, en casi completa oscuridad y cubierto por miles de ruidos. Este sólo era acompañado por el llanto de una chica, melodioso y frustrado por no poder llegar a casa.

Allí estaba, sentada en el asiento del pasajero, con la puerta abierta y llorando desesperadamente. Sus medias, rotas tras posarse en el suelo, dejaban ver una piel blanca y brillante, sus mechones caían ocultando las manos que, como delicadas cortinas, limpiaban las lágrimas derramadas por aquella criatura.

- Te llevo a casa – dijo aquel extraño a su víctima mientras le tendía la mano.


Ni una palabra, sólo levantó la vista sonriendo al ver que era él, cogió su mano y lo acompañó hasta el asiento de su coche. No le dio ninguna dirección, ni siquiera habló, simplemente se acomodó y cerró los ojos, estaba muy cansada.
- Te llevaré a comer algo – le dijo de nuevo su conductor improvisado.


De nuevo no hubo respuesta, se dejó llevar por las circunstancias. No podía creer lo que estaba pasando, otras chicas se habían echo más de rogar, aunque en su largo recorrido de víctimas, había visto casi de todo. Aquel ángel falto de cariño, prefería pasar la noche con un extraño antes que sola, lo sabía, se lo había dado a entender muchas veces, pero no podía creerse que fuera con él. Cierto es que en aquellos lugares y viendo su vida, no le extrañaba mucho. Por ello tomó camino directo hacia su guarida, una casa situada en las afueras de la ciudad.

Tras más de media hora conduciendo, apareció de entre los árboles. Era de tamaño mediano, pintada con colores oscuros y muy alejada de cualquier lugar habitado. Desde allí nadie la escucharía, no había salida. Sin embargo, no le importó, por lo menos, eso parecía. Una mano cortés le invitó a pasar al interior, aquella noche la dejaría descansar y jugaría un poco con ella antes de hacer nada. La puerta giró sus bisagras tras su amo. Al otro lado, una gran mesa repleta de manjares se postraba ante ella.

13 de febrero de 2009

GORROS CARMESÍ. (III)

UN GOLPE DE SUERTE.

Durante varios minutos estuvo buscando aquel coche de formas redondas, recordaba perfectamente la matrícula, el color, el modelo,…. A un paso anormalmente reducido, el motor de su vehículo rondaba por las calles circundantes al bloque de pisos de su presa, sin embargo, no podía dejar de admirar el paisaje, de día todo era completamente diferente, las sombras habían guardado sus figuras en habitaciones oscuras, aguardando al descanso de Helio para poder volver a crear un ambiente de misterio y desorientación.

Volvió a mirar la calle, ambas aceras, completamente repletas de coches, sólo se veían interrumpidas por alguna que otra señal de prohibido el estacionamiento. En silencio, aquellos gigantes mecánicos, aguardaban a sus dueños en silencio, como si el tiempo no pasara por ellos, mirando el trasero de su compañero, sin a penas molestarse por los golpes o arañazos recibidos por los paseantes. A lo lejos, muy cerca del estacionamiento de la noche anterior lo halló, su objetivo estaba fijado justo delante de la salida de coches de un garaje privado de múltiples aparcamientos. Listo – pensaba para sus adentros, el paso más difícil lo había hecho ya, sólo le quedaba buscar un lugar donde guarecer su máquina y esperar. A pocos metros de distancia, justo en la acera opuesta, un pequeño lugar aguardaba entre las sombras de un sauce llorón. Algunas de las hojas rozaban el techo metálico y la humedad del ambiente hacía volver a recordar momentos sólo pasados de noche.

En un paseo de reconocimiento, se aseguró que ese era su objetivo, la margarita de su matrícula lo delataba, no era muy grande, pero lo suficiente como para darle una cierta particularidad. Retornó a su habitación improvisada y, aguardando la noche, esperó pacientemente a que la luna se mostrara en todo su esplendor. Podía llevársela esa misma noche, si se le antojaba, pero ansiaba conocer su vida. Demasiada poca ostentación para ser una prostituta de lujo y, sin embargo, vestía excesivamente bien para hacer las calles como una cualquiera. Algo tenía como cierto en todo lo que había podido averiguar de ella, que trabajaba de noche y vivía sola, eso despertaba su curiosidad más que nada en el mundo, hacia ya dieciséis años que no se sentía así. Lo recordaba perfectamente, aquella niña fue su primera víctima; las primeras sensaciones volvían a aflorar inundando su cuerpo, despertando más aún, si cabía, su instinto de depredador. Esperaba que su cuerpo se electrizara de la misma forma que entonces, pero no cometería los mismos errores. A cada inocente, que pasaba por sus manos, mejoraba sus formas. Esta vez no tendría que mejorar nada. Sería todo perfecto, su mejor trabajo, aquel que le daría un nombre para la eternidad.

Bajó del coche y se dirigió a compara algunas cosas, entre ellas, una gorra. Los regalos que les había ofrecido a las otras eran puras baratijas, pero ella se merecía algo mejor, más caprichos, fantásticos mimos y, por supuesto, las mejores drogas y jeringas que pudiera encontrar, aunque esto último lo dejaría para última hora, arreglándolo con algunas llamadas. Si por algo destacaba era por dejar sus cuerpos completamente limpios de su elixir; aquello provocaba una piel marmólea que, junto con unos ojos pintados de negro y un pintalabios rojo, destacaban las facciones de aquellas muñecas sin vida. Las dejaba a todas en un bonito paraje, completando su tétrico cuadro que, horas después sería conocido y visto por toda la población.

A la caída de la media noche, el ruido de unos tacones, rompían el silencio sepulcral de la calle. La esperó al inicio del callejón, cerca de su vehículo. Cuando las luces de su objetivo se prendieron, como dos ráfagas de fuego, dando el toque de salida, giró la llave del contacto y la siguió de lejos. La carretera era estrecha, sin asfaltar y las piedras del suelo meneaban el coche de forma casi continua, a pocos metros de aquel camino un garito de madera y luces de neón se erguía ante él. Aquel antro pertenecía a una de las múltiples paradas donde los miles de viajeros de la carretera hacían parada, a estos se la unían los rezagados de las urbes. Su clientela compuesta casi exclusivamente por hombres, daba gritos a las múltiples gogos que allí se retorcían en la barra. No era un club de alterne, demasiado alejado de la visión de cualquiera que pasara por la vía más cercana, allí había que llegar conociendo el camino, nadie estaba en ese lugar por casualidad. Las camareras, altas y esbeltas, se movían rápidamente para satisfacer a la clientela, pero de ella ni rastro. Cierto es que se hubiera podido conformar con cualquiera de las chichas que allí se encontraban, bellas como ninguna, le hacía sospechar porqué tantos hombres acudían a ver un espectáculo un tanto soso y aburrido, lleno de talentos, que más valía la pena no haber descubierto nunca.

Estaba perdiendo los nervios, el coche de ella estaba fuera, pero ni rastro. ¿Dónde estaba? La sudoración y el pánico comenzaron a apoderarse de él cuando la música paró. Allí estaba, la pequeña visera blanca hizo su aparición. El espectáculo consistía en una especie de mezcla de baile rock y malabares, se movía como una especie de bailarina de clásico, a destiempo, pero causaba furor. Aquellos movimientos con las mazas prendidas en fuego y sus mayas apretadas, no dejaban cabida para menudeces como esa. La presentaron como la estrella que jamás se apagaba, aunque eso pronto tendría remedio – pensaba para sí mientras veía su manejo con el fuego.

Después de media hora, aquella pequeña niña vestida de blanco y lentejuelas, se postró en la barra, estaba junto a él, en el único hueco que había.

- Un poco se absenta – dice una voz dulce a un ángel pelirrojo tras una barra de madera.

- Todavía te queda una entrada – responde aquella diablesa de ojos mágicos.

- Eso es problema mío – añade la inocente presa molesta.

- Como quieras – la camarera se encoje de hombros y sirve la diabólica bebida.

A pesar de sus palabras, su tono y su estado de ánimo, aquella melodía no perdía su precioso tono. Se dio la vuelta y le sonrió, la respuesta no se hizo esperar, un alma solitaria que encuentra una muestra de afecto en un ambiente ostil, responde amablemente a su invitación para conversar. ¿De qué? Pensaba él mientras su grácil cuerpo se colocaba junto a él. La respuesta era sencilla, sabría que no había ido a parar a aquel sitio por casualidad, allí no se llega por haberse perdido, mucho menos si no te lo han contado. ¿Entonces? Entablaría una conversación normal, la suerte le sonreía, se había fijado en él.

Su plan estaba listo, la conversación a pedir de boca, las mentiras más sutiles y encantadoras se servirían en pequeñas partes, igual que los mejores manjares. Actuaría lentamente, pero para ello tendría que volver noche tras noche. Sería fácil, su plan estaba urdido en muy pocos segundos.

Un frenético brillo destacó en sus ojos al pasar ese pensamiento, la chica seguía sonriendo, pensaría que sería por ella y, en cierta medida lo era.

- Hola.

30 de enero de 2009

GORROS CARMESÍ. (II)

DULCE MELODÍA.


Durante varios días la estuvo siguiendo, como cada día, aquella figura torneada y cubierta por completo, salía a la caída del sol. Entonces comenzaba su camino, había días en los que su ruta era la de ir a comprar algunos alimentos, otros, simplemente quedaba con alguna amiga para conversar, cenar o tomar café.

Entonces es cuando su camino comenzaba en la distancia, no deseaba que se percatar de su presencia, aún no, todavía no estaba seguro de lo que haría con ella, pero la intriga le perseguía donde quiera que fuese. Como un animal nocturno, esa chiquilla se aventuraba en la soledad de la noche, al abrigo de una ciudad no apta para solitarios, sin embargo, no tenía miedo, o eso pretendía dar a entender, pues unos pasos ligueros y continuos, unidos a unos movimientos inquietos de su cabeza hacia los lados y una vigilancia constante sobre todas las sombras que se cruzaban en su camino, la delataban a cada paso que daba.

Aquel hombre la seguía con un paso incansable, después de varias semanas había permanecido impasible en aquella calle, la rondaba por las mañanas y miraba firmemente aquella pequeña ventana que sólo levantaba sus persianas al caer la noche. Cuando Helio aún se mantenía visible, estas estaban cerradas como una gran cárcel, a penas se notaba algún movimientos tras aquellos cristales semiopacos de su piso. Esa noche tomó una decisión, esperaría un poco más en el portal tras su regreso, la vida de aquella niña no podía ser tan monótona como aparentaba, una simple salida de un par de horas no era todo lo que la rodeaba, por lo que, tras su vuelta esperó.

Inquietante y nervioso, miraba el reloj, las doce. Hacía ya treinta minutos que se había vuelto a adentrar en su refugio, pero estaban pasando como una eternidad, ¿qué secretos escondería? Tras la sombra de una farola apagada, vigilaba incansable aquella puerta metálica y oxidada.

El ruido de sus bisagras era inconfundible, como un enorme gigante de hierro, cansado por el paso de los días, se quejaba cada vez que la cambiaban de posición. Falsa alarma, era sólo una de las muchas ocupantes del edificio que salía al frío de la noche para pasear a su mascota, estaba muy absorto mirando aquel can, pequeño y con un abriguito de lazos, movía su apéndice trasero alegre de salir por a tomar unas pocas gotas de aire. Su dueña se postraba inquieta y, en un movimiento reflejo, miró hacia la penumbra donde se escondía. Parándose unos instantes, se paralizó. Sabía que no podía verle, pero su instinto de depredador le hizo pararse en seco. No quería levantar la mínima sospecha de que rondaba por aquellas calles y, mucho menos, que había vuelto a la carga, tras su última victima.

Era consciente de que la prensa y la televisión habían puesto en alerta a toda la población, por suerte nadie, que él supiera, le había visto la cara. Sin embargo, todo eso aumentaba la desconfianza de cualquier mujer. Todas se dignaban a considerarse como nuevas posibles presas de aquel hombre.

Pasados unos segundos, un escalofrío recorrió el cuerpo de aquella señora, se agarró un poco más el abrigo y volvió muy rápido hacia su casa. Como un sexo sentido, algo le avisaba del peligro y sabía que aquella noche no era como las demás.

Una llave metálica intentaba penetrar la abertura de una cerradura, el intento fue fallido, los nervios y el pensar que estaba en peligro, le impedían atinar aquella herramientas. Algo la tranquilizó por unos instantes. Una voz dulce y cálida envuelta en telas blancas. Era ella, estaba seguro, sólo había podido escucharla la primera vez que la vislumbró tras el ocaso, pero lo suficiente para poder recordar una melodía única en el mundo.

Un fantasma blanco se adentraba por los callejones de la ciudad, todo estaba oscuro y la luz de las farolas no era suficiente para despertar tranquilidad en el cuerpo de ningún mortal que se atreviera a cruzarlos. El recorrido comenzó entonces, unos tacones altos y rojos, destacaban tras unas medias de licra y un abrigo blanco, el gorro y la bufanda a juego, no desorientaron a su perseguidor. Este la seguía con ojos golosos, las manos le sudaban y estaba dispuesto a cogerla en ese mismo momento.

¿Qué le pasaba? Paró unos instantes, no era su forma de actuar frente a sus juguetes. Le encantaba jugar con aquellas muñecas tan frágiles y bonitas que el destino le ofrecía, era como si aquella inoportuna mujer le hubiera puesto nervioso y creyera que tendría que adelantar los acontecimientos. ¡No! – chilló para sus adentros. Esta muchacha merecía algo más, deseaba deleitarse con ella y embriagarse con sus aromas antes de darle el fin que se merecía. Pero ¿dónde va? Quizás esa sería una buena oportunidad para poderse acercar a ella. Estaba loco, un desconocido entrándole en mitad de la noche a una chica solitaria, lo tomarían como un violador o un ladrón de poca monta, es más, pondría a la población en alerta y no deseaba aquello.

Sus pasos pararon en seco a pocos metros del vehículo, lo suficiente para quedarse con el color, el modelo y la matrícula del mismo. Dejó que unas largas piernas se introdujeran en él mientras recogía su abrigo hacia el interior, arrancara el coche y se marchara hacia su incierto destino. Volvería pronto, muy pronto, lo haría bien y disfrutaría con ella, tanto que no descubriría lo que estaría sucediendo hasta el final. Si eso es lo mejor – volvió a pensar para sus adentros mientras observaba unas luces rojas alejarse por un río de asfalto.

Estaba obsesionado con aquella mujer, en otra época, a las alturas que estaba, ya habría tomado contacto con ella, tendría más información pero algo le impedía tomar cartas en el asunto antes de tiempo. Deseaba saborear cada instante que pudiera estar con ella, contarle aquellas mentiras empalagosas que tanto le gustaban a todas y, sobre todo, disfrutar de una noche pasional antes de poner fin toda su existencia.

Tendría que tomarse su tiempo, por un momento, le dio igual que le llevara más del necesario. Le daba una punzada en el corazón, deseaba saborearla como un buen vino cuando despierta todos los sentidos, una vez llegado al paladar. Por ello, no podía precipitarse, aquella misteriosa chiquilla, había despertado en él una curiosidad expectante, alargaría el momento todo lo que le fuera posible, sin prisas, sin nervios, sin adelantarse a los acontecimientos. Volvería, en a penas un día a esperar de nuevo su salida nocturna, pronto muy pronto.

23 de enero de 2009

GORROS CARMESÍ.

UN NUEVO DESCUBRIMIENTO.

- Póngale el sombrero en la cara – fue lo último que escuchó el asesino de boca del comisario tras firma la hoja de permiso para retirar el cadáver.

Apenas hacía unos días que se la había llevado cuando aquel cuerpo completamente desnudo yacía sobre un césped verde, tras él, un gran paisaje de árboles resaltaban la hermosura de una masa humana desangrada.
Era lo único que dejaba junto a su víctima, un sombrero completamente nuevo colocado en la cabeza de las muchachas, eran todas jóvenes, de entre 18 y 23 años, con una estatura media y de belleza radiante, sin embargo, esta mutaba cuando les colocaba aquella prenda de vestir. Sus rostros se transformaban ocultando sus bonitas facciones y dejando entrever su verdadera apariencia, por lo menos eso pensaba. Se volvían feas, no en el sentido visual de la palabra. Aquel individuo parecía vislumbrar el alma de toda aquella que se atreviera a portarlos; su mirada cambia – afirmaba cuando sus ojos malévolos osaban mirar las ventanas del alma de todas aquellas muñecas de porcelana. No podía evitarlo. Incluso, después de muertas, aquellas fragantes doncellas perdidas e incautas, daban su verdadero corazón tras aquellos trozos de materiales cosidos.

Su última víctima no se hizo esperar mucho tras el hallazgo del último cuerpo, como todas las mañanas paseaba por el parque de la ciudad antes de adentrarse en las urbes. Las calles grises y frías delataban miles de colores oscuros. Algunos comentarios inoportunos de vecinos y los gritos de los tenderos anunciando su mercancía, le hacían latir el corazón en busca de alguna nueva amante que le sirviera hasta que su corazón dejara de desearla viva. ¿Cómo sería esta vez? pensaba para sus adentros mientras unos ojos gologos desmenuzaban la población circundante. Pero en esta ocasión no la encontró entre las calles llenas de multitudes matinales.

Era ya entrada la tarde, casi a la caída del sol cuando un perfume, unido a una dulce voz llamó su atención. Ni siquiera iba dirigida a él, esta vez tendría que acercarse aún más a ella, miró hacia todos lados, pero lo único que vio fue un abriguito de color negro, bajo él, unas botas altas del mismo color, hacían un ruido sordo y acompasado con cada movimiento de sus pies, más arriba una bufanda azabache, ondeaba al viento sus largos brazos protegiendo una espalda desvalida y, tan sólo unos centímetros más arriba,… No había nada que le sirviera de referencia, una simple gorra de tela, a conjunto con el resto de prendas, tapaba cualquier indicio de que aquella figura fuera reconocible días posteriores, sin embargo algo le dijo que la siguiera. Estaba lleno de curiosidad sobre aquella criatura que le había brindado el destino, como a las otras. Sin embargo esta tenía algo que el resto no, una cubierta en la cabeza. Ya no sería difícil convencerla de que se la pusiera para la primera noche, como hacía con las otras. A pesar de todo, estaba molesto, no podía escogerla sin el misterio de ver su cara antes de vislumbrar su verdadera alma.

Un pesado halo de incertezas cubrió su mente, tenía que maquinar algo para verla por primera vez sin aquella prenda, su fetiche oculto estaba a la vista de todo el mundo. Pasaría a otra víctima – pensó. No le merecía la pena matarse por una más, pero esta le había dado un pálpito en el corazón, igual que el resto de mujeres que habían pasado por su alcoba años antes, tenía todos los ingredientes ¿Todos? No, sus muñecas se reconocían por ser mujeres bellas y atractivas, llenas de vida y esta sólo carecía de uno de ellos, no había visto su cara. Pero aquella voz, llena de timidez y melancolía le había llenado todo. A pesar de todo, paró en seco y dío marcha atrás, buscaría otro blanco, necesitaba una nueva amiga y pronto, la impaciencia por aquello le hacía sudar mucho, aumentaba su ansiedad y, de pronto, todo paró. Había estado demasiado tiempo absorto en sus pensamientos ¿Dónde había ido? Daba igual, volvió sobre sus pasos y se desvaneció entre las penumbras que ofreciá la caída de la tarde.

Durante días estuvo rondando diferentes parajes, nada. Era imposible buscar, cada vez que encontraba algo nuevo en que entretenerse, la voz volvía unir la imagen de aquella pequeña figura y desistía de nuevo. La veía alejarse mientras lo llamaba, sus pasos eran acompasados y tranquilos. Por ello, sólo por ese insignificante motivo, decidió volver a rondar las calles donde la había visto por primera vez.

Buscó y buscó durante días, sin saber si era ella o no, se fijaba en la figura de todas las mujeres que se atrevían a pasar por su lado. Aquellas incautas habrían salido corriendo de saber a qué se estaban exponiendo. No había peligro, su obsesión se dirigía en una dirección, una figura negra que rondaba las calles de la ciudad, que se había desvanecido de la realidad para atormentar su mente como un fantasma.
Durante semanas aparecía puntualmente a la misma hora por la esquina donde escuchó la voz, hasta que por fin su espera tuvo éxito, la visera de su gorro, unido a una montura de pasta bastante gruesa, le impidió ver sus facciones, pero su figura trasera era inconfundible. Llevaba la misma ropa de abrigo que hacía semanas, por lo que fue muy sencillo saber que era ella, una simple duda le quedaba por resolver, tenía que escucharla.